Cogió la tarde el guión previsto y lo hizo trizas. No sé qué mano rompió el libreto, pero bien roto está. Nada previsible ocurrió, nada profetizado sucedió. Primero el tiempo. Al borde del fraude delictivo la lidia de los tres primeros toros. Tres lidias de guerra civil por capricho del huracán. A renglón seguido, ese mismo tornado firmó la paz con Esplá para dejarlo torear su último toro madrileño. Luego Esplá. Que no contaba. En el guión estaba escrito que iba a invitar a té y pastas porque ya no vuelve por aquí. En el libreto había mucho Morante y Castella y nada de ese veterano con aires de espadachín que ha manejado la escena de Madrid como el patio de su casa. No era tarde para seguir la huella que ha dejado cada toro duro y fuerte en el rostro de Esplá. Un surco por toro. Un paseíllo, una arruga. Un miedo un cabello al suelo. Roto en mil pedazos el libreto de todos los guiones previstos, Esplá añadió al mapa de su cara la arruga última de la sonrisa más dulce y apenada tras hacer la faena de su vida con el toro de su vida. Las despedidas no entran en las quinielas.
No hubo café ni tarta ni previsión posible. La corrida del señor Victoriano del Río, por ejemplo, tuvo cantares en los prólogos de ser menor al abrigo de un cartel con un veterano de guerra y un artista del arte. Buena manta para taparla. Pero fueron los hermanos mayores de la que torearon los toreros poderosos. Grande, amplia, astifina. Y dura. O muy dura. Difícil y exigente hasta para las mulillas por el volumen y peso que tuvo. El toreo tiene estas sorpresas. Y cuando pasan en Madrid, esta plaza convierte su alma de grandullón arisco en un osito de peluche. Tierno y abrazable. Fue la tarde improvisando su libreto desde que rompió el paseíllo, cuando Esplá saludó una ovación entrañable que casi hace que alguna lágrima hubiera seguido el camino de uno de los surcos que dibujan esas sonrisas que en el fondo son la única forma de no llorar. Salió Morante a aplaudir al del adiós en un gesto de torero que luego se repetiría tras la faena al cuarto y con el brindis del quinto. Los de sentimiento tienen querencia a lo sentimental.
En lo taurino la corrida fue fraude denunciable en la primera mitad: no era viento, era huracán. Esplá había tratado de pasar de muleta al primero abrigándose en las tablas. Toro grande, alto, manso, poco picado y de posibles en una faena todo corto: muletazo, ligazón, trazo. Salió el cuarto, un colorado hondo y de carnes más descolgadas, de salida más suave y brava y Esplá firmó un pacto secreto con el viento. Échate a un lado y ten respeto. Se durmió el toro en dos puyazos y el tercio de banderillas, lo fuerte del torero, había terminado con el último par en el suelo. Mal y buen augurio pues entonces comenzó la faena mejor toreada de este torero en esta plaza. Quien lo iba a decir, a un toro comercial. Comercial no, bravo y bueno.
Brindó faena y se salió a la segunda raya andándole por alto el toro, que ya había enseñado ser bueno y bravo y profundo. Como sin despedirse, bien colocado siempre, la muleta por delante, toque justo, embarcó las embestidas por el pitón derecho en dos tandas de muletazos ligados con esa forma tan suya de bajar la mano con la guapeza del trazo corto, pero con anotaciones a pie de libreto grandes. Los de pecho, un cambio de mano con sabor. Tan bueno fue el toro que embistió igual hacia adentro que hacia fuera tan cerquita de las tablas que un gramo de mansedumbre le hubiera animado a rajarse. Muy derechito, con la muleta en la zurda surgieron muletazos que el público vivió ya casi de pie. Mirabas a Esplá y era Bambino con veinte abriles. Y adornos, afarolados, y una estocada recibiendo y ya no importó aviso o dos descabellos. Un lío, un guión roto, una locura colectiva, una revelación, una recompensa, un adiós. Una Puerta Grande.
El único que fue fiel al guión fue Castella. Qué tío. Se salió a los medios en medio del huracán con un toro peligroso y astifino que le pudo echar mano más o menos unas veinte veces, las mismas que le puso la muleta por uno y otro pitón. Que miedo. Y miedo y cojones y valor en la importante faena que le hizo al sexto, toro de engañosa movilidad con el que fue generoso en un inicio de faena en la larga distancia con pases cambiados por la espalda. Por inercia, la tomaba el toro en el primer pase para rebotarse peligroso en el segundo y no querer seguirla en el tercero y el torero tragando paquete una y otra vez. Impresionante de valor, generosidad en la entrega que jamás tuvo el toro, desagradecido hasta el final: acobardado ante el poder del francés, que, va y lo pincha.
Son estas cosas que tiene la vida que la hace ser tan deseada. Justo cuando son otros los del libreto, las quinielas y los que tienes esa juventud y presente insultantes. Es entonces cuando si te echa una mano para volver a serlo por unos minutos, merece la pena cada surco de cada miedo y de cada toro duro. Dura corrida y el único toro bueno para Esplá. Tarde de jóvenes en lid y titulares para el veterano de la lidia. Es o no grande esta cosa que llamamos vida. Lo es. Como grandes fueron los dos toros de Morante. Uno, el segundo, manso incierto, de embestidas extrañas a oleadas. Y siempre hacia adentro o hacia el cuerpo. Con viento o sin viento toro canalla. Y con el mini castigo aliviado por un presidente que la cagó al cambiar el tercio a su aire. Mucho aire. El quinto apretó siempre hacia adentro, aparentó seguirla por el pitón izquierdo pero fue mentira. Un trincherazo, un cambio de mano y luego esa forma de quebrarlo por arriba con la muleta. Fue duro el lote y dura la corrida, quien lo iba a decir. A veces como con un fuego en el vientre. Menos uno. El toro de la vida de Esplá. El que le hizo ser amo y dueño de la tarde. Las despedidas tienen eso. Que no entran en las quinielas.
Plaza de toros de Las Ventas. Cuarto festejo de la Feria del Aniversario. No Hay Billetes. Toros de Victoriano del Río, de complicado comportamiento y con genio algunos a excepción del bravísimo cuarto, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Luis Francisco Esplá, silencio y dos orejas tras aviso; Morante de la Puebla, bronca y pitos y Sebastián Castella, silencio tras aviso en su lote.