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Crónica de ÍÑIGO CRESPO
FAENA CARA DE URDIALES

El desgarro de un torero pidiendo paso. La verdad desnuda de un concepto imperecedero, señorial, valiente y caro. Frente a un Victorino que nada regaló. Una faena de las que marcan. Así ha sido la obra de Diego Urdiales frente al quinto toro de Victorino. De hombres y de toreros. Por delante, los vuelos del capote para lancear con compás, ganando terreno, llevando toreada la embestida del toro. Media docena de verónicas, jaleadas por su primor. Y después la faena. Gran faena. Si, señor. El toro tuvo la fijeza y el son del que quiere embestir pero sin enseñar que lo quiere hacer. La nobleza y el estilo del buen ‘Víctorino’ pero sin regalar ni una embestida.
Diego Urdiales se fue a los medios y brindó a Vista Alegre. La plaza que año tras año exclama al toreo que aquí hay torero. Lo hizo el lunes frente a la corrida de Fuente Ymbro y lo ha proclamado esta tarde frente a ese quinto de Victorino. Despacioso en las formas, conceptual en sus modos, asentado en la arena. Seguridad plena. Sin agobiar, buscando el fondo que se encuentra cuando se pisa de manera tan formidable los terrenos a los toros y se coloca donde los animales embisten. Largos los muletazos, por la mano derecha. Y eternos por la izquierda. Con la capacidad de asentar la planta y sacar la muleta en el momento debido y tirar de él. Rugió entonces la plaza. Encaje, sitio, valor, poder y el tesoro mismo de la entrega. Fueron de uno en uno, no cabía otra. Esa era la manera de que se entregara el toro y que fluyera la profundidad. Se dejó ir el de Arnedo en la que ha podido ser una de las faenas de su vida.
El último tramo de la obra fue caro de verdad. Toreo caro de un torero caro. Cruzado, echando los vuelos, enganchando por delante, llevando sometida la embestida del Victorino. Arrebatadora faena de Diego Urdiales. No se amilanó cuando el animal mostró las indecisiones propias del toro bravo. Quietud y corazón. Sabor. Faena de dos orejas. Estaba en efervescencia Bilbao cuando agarró la espada. La empujaron todos. En el primer ataque, con un fugaz instante, salió el diestro con la banda de la taleguilla partida en dos. Volvió a pinchar y dejó una estocada. Lunar para Diego Urdiales. Estas son las faenas que hay que coronar y las tardes donde las orejas se deben cortar. La vuelta al ruedo fue de clamor y la faena quedará. Ahí queda. Gran faena.
El propio Urdiales se había encontrado por delante con el único toro malo de verdad de una corrida variada y con personalidad de Victorino Martín. El de Galapagar ha lidiado un encierro de indómito carácter, de las que exigen por encastada y por poderosa. Nada sencilla resolver, ni buscar las claves, ni las teclas que había que tocar para extraer rédito.
Bueno y bravo el tercero, un toro vivo, listo, que humilló una barbaridad y que por potencia fue el mejor y más importante de la tarde. Con movilidad y temperamento el cuarto, que se prestó a estar siempre donde se le requirió y que no se entregó nunca. Como no se entregó el sexto ni lo hizo el primero. Corrida peleona en varas, los animales de Victorino mostraron la entereza de su fondo, cumpliendo en los petos.
Luís Bolívar le cortó una oreja al tercero, un toro que le hizo hacer un esfuerzo. Buena y notable su primera serie de naturales, donde corrió por abajo la mano y el toro mostró su elasticidad y su manera de humillar. No carburó desde entonces la faena, intercalando muletazos limpios con otros donde al sentir la franela el animal, se violentaba. Bolívar puso esfuerzo y tiró la moneda de la decisión, para extraer muletazos y exprimir en trenza al toro. Determinante fue la buena estocada para pasear la oreja. Volvió a esforzarse con verdad frente al sexto, que se movió pero nunca acabó de entregarse ni de emplearse ni de descolgar. Dio la cara el colombiano. No es poco.
Juan José Padilla fue más Padilla que nunca. Banderilleó con facultades y criterio al primero, un toro mansito que apretó para adentro y al que cuajó una faena de tenacidad. Y le cortó una oreja de torero capaz al cuarto. Lo recibió con una larga de rodillas, le toreó con vibrantes lances a la verónica, rematadas con una larga vistosa. Tres pares como tres soles, al clásico estilo Padilla. Y una faena de administrar al principio para atacar al final. Sin dobleces, dándolo todo a carta cabal. Dinamismo puro, de frenética condición. Buenas las series en redondo, tapando el viaje para que llegara la ligazón. Sabiduría para sacar los brazos en el momento oportuno, para poner por delante su ardor y su corazón de león. Contundencia con la espada. Y oreja. Nuevo apéndice del jerezano en uno de sus feudos. Lo sigue siendo.
| Plaza de toros de Bilbao. Novena de las Corridas Generales. Más de media entrada. Toros de Victorino Martín, bien presentados, variada de hechuras, con un toro bueno y bravo, el tercero, otro con movilidad y de buen juego, el cuarto y otro con fondo pero agarrado al piso, el quinto. No tuvieron clase ni primero ni sexto, una prenda y alimaña el segundo. Juan José Padilla, silencio y oreja; Diego Urdiales, silencio y vuelta al ruedo; y Luis Bolívar, oreja y saludos tras aviso. |
FOTOS: MAURICIO BERHO
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