jueves, 24 de mayo de 2012
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Crónica de C.R.V.
ESE HOMBRE QUE SE ROMPE FÁCILMENTE

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Ese hombre que se rompe fácilmente. Esa personalidad quebradiza y frágil. Esa forma de regresar permanentemente al abrigo  de la melancolía, de ausentarse  mirando al gusano convertirse en mariposa. Ese valor sin gestos de valor, esa ostentación de nada. Todos esos eses y los que nacen de una tendencia natural a la negación del ruido y la tormenta, es Alejandro Talavante. El hombre que se rompe fácilmente encubre, mima, alienta y mece al torero que rompe a torear fácilmente. Con la delicadeza de la seda, la profundidad de los pozos sin fondo y con el vuelo raso  de una muleta que llama, recoge, imanta y traslada la bravura hasta un poco más allá de los finales supuestos de los muletazos. Sólo desde los estados de inteligencia, cuando las claves de la fragilidad se juntan, se puede torear así: largo sin desponer el cuerpo,  hondo sin descomponer la muleta. 

Es el vuelo de una muleta la prolongación del cuerpo a través de manos y muñecas. Y todo ello la prolongación de lo que un torero siente. Así lo expresó Talavante en una faena de las que quedan así, como él: con la expresión de ver el milagro de la transmutración del gusano en mariposa. Con un toro de El Ventorrillo atacado, algo cuesta arriba de salida, castaño salpicado de expresión de hombre, y que parecía esconder el cuello, Talavante certificó el abandono de su esquizofrenia. Así lo expresa él, así se expresó en la plaza. Luego de un tumbo monumental al de aúpa y de un puyazo de aprobado, el toro se fue haciendo el fuerte. Bravo. De velocidad y de motor. De poder y no dudar. 

Nunca hizo gestos de valor Talavante. Menos ahora, alejado de esa tauromaquia reduccionista  de la  muleta pegada a la cadera, la que provoca el ay y no el óle. Ni un paso atrás en el inicio a  toro levantado cerca de las tablas, ni luego en los medios, en dos tandas con la derecha de adelantar, citar, embarcar, trasladar por abajo. Poder. Mucho. Y los remates, un cambio de mano cumbre, por donde el toro pareció aprender el camino de la profundidad. Uno se pregunta, a renglón seguido, cómo es posible reaccionar tan despacio y tan rápido al mismo tiempo luego de que el toro se le colara en el primer cite con la izquierda, para ligarle cinco naturales  en los que acertó en distancia, cite, toques, en enganchar, en llevar hasta atrás y por abajo, y en quedarse, compás abierto, muleta por delante, y ligar. 

Tres tandas de una belleza sólo comparable a la hondura de su trazo, donde, si, ni el cuerpo ni la muleta se descomponen. Hay toreros de trazo largo que descomponen el cuerpo a favor de la composición de la muleta y al revés hacen ciertos de arte, componen cuerpo y no tanto el engaño. Cuando ese hombre que se rompe fácilmente se rompe a torear, es cumbre: nada es forzado, ni el cuerpo ni el vuelo. Duró la calidad de la faena, larga, con el toro entregado, echando al final su agotada cara arriba antes de unas manoletinas ceñidas y un estocada de listo.- Al encuentro que este no es mi fuerte. Y el frágil partió la feria como la habría partido un rayo. Se pidió la vuelta al toro, gran toro. 

Hermosa corrida de ganadero rico. Sana y bien comida. Que alegría esos camiones de pienso. Honda y seria. Y el sexto, de ganadero muy rico: redondo casi. Se dejó hacer sin clase y a menos, con Talavante crecido. No fue ese toro bravo o de osibles. El primero, suelto del peto, grande y abierto de cara, fue pronto, vivo, repetidor, sin que El Cid pudiera estar nunca a gusto con él. Un toro que gustó en sus virtudes, que las tuvo. Muchas. Luego la corrida fue desgranando desde su hermosura su falta de clase. Deslucido el lote de Perera, muy generoso con su lote, Uno que pareció más de lo que era: se venía para quedarse siempre, y más en los segundos y terceros muletazos, por dentro. Valiente y dispuesto y sin aburrirse, bien el torero. Menos con la espada. El chorreado quinto marcó distancia al venirse andando a la muleta, luego metía la cara en recorrido corto pata, si intentaba ligarle, tirar derrotes. Le perdió pasos Perera acertadamente,  en una faena sin posibilidad de éxito.

El más soso, de celo escaso, fue el de El Cid, noble y pacífico, pero sin emoción. En esas tardes en las que el público sestea hasta que llegue el turno del favorecido, lo que pasa es irrelevante. Dicen que es la melancolía el estado de máxima creación, el estado natural de la inteligencia. Estado de los hombres frágiles, los que se rompen fácilmente a causa de una sensibilidad que provoca miradas hacia el infinito. Los hombres que se rompen así, si se ponen a torear, rompen con una dimensión que no se olvida. 
Plaza de Las Ventas. Octavo festejo de San Isidro. No hay billetes. Toros de El Ventorrillo, de distintas hechuras y comportamiento. Corrida hermosa y seria, en la que sobresalieron los toros lidiados en primer y tercer lugar. El Cid, pitos y silencio; Miguel Ángel Perera, silencio tras aviso y silencio; Alejandro Talavante, dos orejas y silencio tras aviso 

 

 



  
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