jueves, 24 de mayo de 2012
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Crónica de C.R.V.
DE MADRID AL INFIERNO

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El Cid. Madrid. 19.05.2011

El Cid corta una oreja en el décimo festejo de San Isidro a un toro de El Puerto de San Lorenzo.

Echo de menos a un Quevedo. En los toros. A un madrileño  por derecho. No a un chulapo que ronea de taurino porque cuerdas vocales fuertes le dio la naturaleza. Un Quevedo o mil para estas tardes que resumen esa esquizofrenia de Las Ventas, quizá el resumen del paludismo mental de la sociedad de hoy. Esta enésima resurrección de El Cid apelando a sus ancestros, la mano izquierda. Este enésimo y penúltimo ninguneo a lo grande y grandioso, Perera. Esta forma de tratar de imponer su  justicia una minoría. Esa forma de abanta estulticia a media sonrisa de la gran mayoría sin voz. Para ambos sectores, en la tarde de hoy, en la enhorabuena entregada con justicia a el El Cid y la enhorabuena robada a Perera, una frase del madrileño más madrileño de todos, Quevedo: “Donde hay poca justicia, es un peligro tener razón”

Lo de El Puerto se empeña en eso, en ser un puerto. La cima un año, el descenso en el siguiente. Cada cual tiene su sino. Desigual de tipo y a menos, con toros justos y dos devueltos, aunque siempre de buena condición,  la corrida se agarra con fuerza al cuarto, gran toro. Porque la calidad del primero no es suficiente para el coraje que se le pide en Madrid al toro. Uno feo de hechuras y de cara, lidiado en segundo lugar aunque anunciado como quinto, no fue agradecido en una faena de sinceridad brutal de Perera. Muy protestada, con esa contra insistente, la corrida se salvó en tres tandas con la izquierda de El Cid, único momento de magia: callar a la minoría inquisidora y hacer reaccionar a la mayoría inapetente. Pero, lejos de esta visión esquizofrénica de un  Madrid irreconocible, la tarde tuvo tres argumentos de gran festejo. Tres de fiesta de toros. Tres de espectáculo inigualable. 

Uno de ellos terminó en triunfo, caído en buenas y necesitadas manos, las de El Cid. Estaba la tarde metida en ruido de taberna y silencio de los corderos, cuando salió el cuarto toro. Un burraco entipado que se fue corrido a la primera vara, antes de una lidia espesa en el tercio de banderillas, derrube incluido en un cuarteo de Pirri. Siempre en medio de las protestas, embarrado el ambiente, enfangado el toro entre los gritos. Una jaula de grillos tras una tormenta. Como que nadie daba un céntimo por el toro, que embistió muy bien por el pitón derecho en tres tandas en las que El Cid ligó más que cogió el ritmo, cerrado en la segunda raya. Pero las tres siguientes con la izquierda le hicieron de nuevo reconocible. A él y a Madrid.

Tres de trazo mando y largo, de vuelo abierto, de dejarla puesta, rematadas con buenos pases de pecho. Quiso el torero que galopara hacia fuera al final de la faena, citando desde los medios, pero el terreno de los adentros ya se había marcado y fue entonces cuando volvió grupas hacia tablas antes de una estocada trasera. Oreja unánime a esa forma de torear de antaño, la seña de identidad del torero, jaleada como antaño, reconocida como siempre y con ese final de Madrid al cielo. Esa seña de identidad que se ninguneó a Perera, de forma tan injusta como irresponsable. Sobre todo en una faena, la que hizo al segundo bis de la corrida. 

Devuelto el titular, salió uno de esos que se encuentran al lado del portero del infierno. De pitones vueltos, acarnerado, degollado y zancudo, protestado de salida y chanceado hasta el final. Se fue al centro del ruedo el torero y le mandó el primer recado el toro en el primer pase para marcarle siempre midiendo antes de meter la cara y antes de intentar rajarse caminando de costado. Firme, jugándose en cada embroque la cornada, por un pitón y por otro, con el toro probando y midiendo, medio dormido y sin meterse en la muleta y, lo peor, sin poder apretarle. Porque entonces soltaba la cara. De figura del toreo. Todo entre los olés burlescos de los chulapones de siempre. Que injusto, que desagradable. Que feo es así el toreo. Y Madrid. Feo. 

Le echó mano el toro para tirarle cornadas con saña una y otra vez, lomo a lomo, de pitón a pitón para dejarlo desnudo y componerse con unos vaqueros.  Pinchazo, estocada, y rácana salida al tercio. Cumbre, Madrid. Hubo otra menos intensa, pero muy de verdad. Otro momento que da razón de ser al toreo, con el sobrero astifino de Carmen Segovia, que se le vino caminando a la muleta, Perera en el centro del ruedo, marcando distancia. Mide y prueba el toro siempre, y no duda el torero nunca. Desde cerca, Perera lo consintió tanto que lo llevó lejos y templado. Otra vez pinchazo y estocada y esta vez ni siquiera una salida al tercio. Esta vez, de Madrid…al infierno. Recuerdo ahora una frase de Montesquieu. Que, como los gritadores saben, fue lateral derecho del Atlético Aviación. “Una injusticia hecha a uno sólo, es una amenaza hecha a todos”.

Luque bien sin toros. A la espera de que le embista uno. Se le ve fresco y capaz, a pesar de que sólo pudo lucir en unos buenos lances al sexto de la tarde, de buena condición y nulo empuje. El sobrero de Salvador Domecq tuvo tanta presencia y cuajo como falta de embestidas. Todos tienen más tardes. Seguro que, para entonces, Madrid recupera el juicio. 
 
Plaza de Las Ventas. Décimo festejo de la Feria de San Isidro. Lleno. Cuatro toros de Puerto de San Lorenzo, de distinta presencia, con hechuras, y de buen juego en general. Destacaron primero y sobre todo el cuarto. Un sobrero de Salvador Domecq (3º) fuerte, serio y sin raza y otro de Carmen Segovia (5º) grande y deslucido. El Cid, silencio y oreja, Miguel Angel Perera, ovacion tras aviso y aplausos tras aviso, Daniel Luque, silencio en ambos. Saludaron en banderillas Joselito Gutierrez y Guillermo Barbero. 

 

 

 



  
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