jueves, 24 de mayo de 2012
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Crónica de IÑIGO CRESPO
EL TORO DE LAS DOCE

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Querían una corrida seria, armada y que pesara y Adolfo Martín ha traído una corrida seria, armada y que ha pesado. Sin problemas. Escarmentado con lo ocurrido el año pasado en San Isidro, Adolfo Martín tiró por la calle de en medio y volvió a Madrid con una corrida que no tuviese ningún problema a las doce del mediodía. Nada que reprochar. Es lo que hay. Empresa y ganadero apostaron por no sufrir en los reconocimientos previos, por no tener que explicar a nadie como es el toro tipo de este encaste ni que son las buenas hechuras aunque la báscula diga lo que diga. La dictadura de la tablilla lleva tiempo marcando la ley en la fiesta. Y hoy ha sido una de ellas.

No hay nada peor que tropezar dos veces en la misma piedra. Y Adolfo Martín no estaba dispuesto hacerlo. No había que fallar a las doce y se embarcó el toro de las doce. Sin mirar hechuras, libros, notas o tipos. Había que buscar seis toros que se aprobaran sin problemas y así se ha hecho. Qué nadie se llame a engaño. Ni ganadero ni empresa quisieron jugar a la ruleta rusa ni a las explicaciones. Seis toros de las doce y asunto resuelto.

Salieron a escena toros para ser aprobados. Bien presentados todos, serios y bien armados. Desiguales de tipos y algunos de ellos incluso fuera de tipo. Es lo que hay. El toro de las doce. En el campo - en la finca que Adolfo tiene en Miajadas- quedaron toros de excelentes hechuras, bajos, muy armados y serios. De los que enamoran por su expresión y que corresponden al tipo clásico de Albaserrada. Pero el toro de las doce no entiende de eso. Ni el reconocimiento tampoco. Y no hablemos la tablilla. En el campo quedaron dos números 9 que no se embarcaron por pesar uno 480 kilos y otro 500. Y también quedó un 86, que en la báscula dio 490.

No se la jugó Adolfo Martín. Se reseñaron seis toros para aprobar y se aprobaron. No es justo pero la entidad y la credibilidad del ganadero se ponen en juego a las doce. Y la fiabilidad de la empresa también. Otro revés sin atender a razones como el de la última vez que asomó Adolfo por Madrid no podía permitirse.

En escena un muestrario de pitones, edades a punto de cumplir y bastas hechuras. El toro de las doce. Dura de condición, cumplidora y desigualmente sangrada en varas, la corrida fue dramática en ocasiones, descastada otras, noble las menos y deslucida siempre. No dio juego y no fue brava, con excepción de un encastado y poderoso animal librado en cuarto lugar que sí tuvo raza, temperamento, exigente embestida y intenso viaje. Buen toro pero duro. De los de cara o cruz. De ida en vuelta en todo, Rafaelillo le dio réplica en una faena de las de tragar paquete y bajar la mano.

Y es que la épica de la tarde llevó la firma del murciano. Al encastado cuarto le toreó con descaro y solidez. Faena de sabio lidiador, Rafaelillo supo que el secreto mayor del toro no era otro que engancharlo por delante pero por abajo. No cabía la media altura. Cuando lo hizo, respondía el de Adolfo y la faena tomo aire y vuelo. Una serie en redondo y otra por la izquierda fueron buenas por valerosas. Paso al frente, muleta puesta y acción ganada. Toro de apuesta y fibra. Esfuerzo sincero. Se olía la oreja cuando la espada se fue al sótano en un metisaca que esfumó la gloria. Ovación justa para el toro y para el torero.

Otra ovación recogió Rafaelillo tras jugarse la vida frente a un primero que olía a hule. Peligroso, manso, orientado, desarrollando y midiendo. Desde que salió marcó que por el izquierdo no tenía ni un muletazo. Antes de darle en varas un formidable Romualdo Almodóvar, el toro a punto estuvo de hacer presa con el matador. Y lo hizo con el subalterno José Mora, al que hirió en el muslo y propinó una paliza descomunal.

Convencido de si mismo, el murciano tiró la moneda al aire. Mi vida en juego, debió pensar. Curtido en mil batallas, Rafaelillo dio con la tecla de enganchar y torear en línea. A duras penas resultó la cuestión por el derecho. Por el izquierdo, el toro era un puñal, una escopeta cargada que no permitió ni un movimiento. 

Antonio Barrera trató con mimo al segundo, un toro noble aunque descastado que no tuvo finales en sus embestidas. Mejores los primeros tramos que los segundos, Barrera supo tocar con los vuelos para traer toreada la embestida y a modo ligar en un palmo. Sobre ambas manos, el sevillano templó con pulso y suficiencia una faena de torero puesto. Tampoco el quinto fue mejor. En manos del Barrera la intención oscura del toro se vio mucho menos. Su falta de fuelle hizo que se defendiera incluso a la hora de revolverse. Con el carácter propio del lidiador, Barrera cumplió.

No tuvo resquicio alguno Serafín Marín con un lote malo. Topón y manso el tercero. Y sin estilo un sexto deslucido. Dos toros para aprobar a las doce. No cabía otra cosa. La tablilla impone su ley. Ninguno de los dos toros embistieron pero salvaron el honor a las doce. Eso es lo que importa, para algunos. ¿Hubieran sido mejores los dos 9 o el 86?. Nadie lo sabe. De mejores tipos y hechuras si. Pero mando el toro. De las doce.
 
Plaza de toros de Las Ventas. Último festejo de la Feria de Otoño. Lleno. Toros de Adolfo Martín. Corrida cinqueña, con dos toros cerca de los seis años, desiguales de presencia, serios y deslucidos en general por su falta de raza. El cuarto fue el único que dio opción. Rafaelillo, ovación y ovación tras aviso; Antonio Barrera, silencio en ambos; Serafín Marín, silencio en ambos
 


 



  
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