EL NIÑO YA CARGA
Hola, Pepe recién venido de Las Ventas del Espíritu Aburrido. Hola, Manoli. Qué me cuentas hoy, mi hombre. Te cuento sobre la ropa crecedera, allá por los sesenta. Setenta, como mucho. Se compraba holgada, Manoli, y servía para más adelante, que solía ser otro invierno. Y luego se le daba el pase al hermano. A la hermana no valía. Se notaba, claro. Ese bajo de pantalón con más rayas que el fondo de un pantano, ese color gris marengo que se volvía gris piedra de Las Ventas. Cuando se daba el estirón no había dios que calculara lo crecedero, y entonces enseñabas los tobillos. Y a eso de los quince ya no te valían porque comenzabas a cargar. El niño ya carga, Manoli, es que no te das cuenta. Los niños cargan ahora pronto. Un día no los ves y al siguiente son de la talla de Marín o de De Mora. Eso los niños, que se nos hacen grandes y nosotros viejos así que cargan. Los toros también. Lo de Contreras. Mira que ha crecido eso, Manoli. Eran así y ahora son asao. Qué grandes son los contreras que eran pequeños. Te acuerdas de 'Bastonito', Manoli. No me voy a acordar. Lumbre. A propósito de lumbre, te calientas tu la cena, Pepe, que hoy regresas de la plaza con la melancolía en blanco y negro.
Lo de Contreras era chico. Aquí mismo tenía dificultades para sacar un lote completo. La corrida de hoy, sinuosamente en escalera, tuvo toros cercanos a los seiscientos, que, como se sabe, era ese coche redondo y terciado de la clase media de cuando el blanco y negro. Hoy, después de ese paseíllo con la mirada puesta en la barretina de Serafín Marín y la senyera a modo de capote de paseo, salió una corrida sorprendente en peso, alzada, cuajo y hasta pitones. Algo debe de quedar de esa sangre de toro terciado y bueno, pero lo que se lidió en Las Ventas fue amplio por fuera y escaso por dentro, de raza, de clase, de empuje. Una corrida deslucidilla con un toro mansurroncete pero de buena calidad y profundidad, el segundo, que embistió por afuera por el pitón izquierdo repitiendo con profundidad y buen son. El primero era alto, huesudo, estrecho y manejable sin más. Los dos últimos, de edad y cuajo, Uno sin fondo ni fuelle y el otro se vino abajo tras los primeros compases de faena. El tercero fue el más en tipo por bajo y hechuras, pero apenas tuvo alguna inercia aprovechable.
Serafín Marín se plantó en los madriles reivindicando libertad para el toreo en Cataluña, provocando alguna protesta. Preguntados los que protestaban si era por ignorancia o por indiferencia, respondieron ni lo sé, ni me importa. Luego salió un toro zancudo y alto, muy crecedero, pero nada lleno, que desarmó a De Mora de salida, que se dejó pegar en varas y que, a su aire y a su altura, se dejó sin pujanza. Tandas cortas, pidiendo el toro pederle pasos, hueco, porque, en corto, se afligía más. Una de esas faenas sin sustancia ni eco, antes de matarlo de una estupenda estocada, lo mismo que hizo al finalizar la faena al cuarto, toro de mejores hechuras, y que prometió lo que no cumplió. Quizá no ayudó el inicio de rodillas del torero, pues el toro pedía ritmo. Se le vino rebotado en las siguientes tandas en una faena deslucida, empecinada y con el espadazo reseñado.
De los seis, el pitón izquierdo del segundo, fue lo mejor. Mansito el castaño, se abría por afuera en los vuelos de la muleta de Marín, sin irse, largo, por abajo y con buen son humillado. El torero se acopló en una buena tanda. No intentó dosificar al toro y le ligó muchos pases, de mitad de faena en adelante con más tropiezos de los deseados. En éste pudo remontar el catalán. No el quinto, toro fuerte y de cara abierta, con embestidas entre claudicantes y sin romper para adelante. Y si el pitón izquierdo del segundo fue lo mejor de la corrida crecedera de Ibán, el de hechuras justas por bajo y entipado quizá fue el tercero, toro de buen aire, dañado en una voltereta, al que Bolívar le inició faena con el cartucho de pescado. Rebrincado a la defensiva comenzó el toro, mejor en el primer pase que en los siguientes, cuando comenzaba a quedarse corto. Por el pitón derecho se quedaba mirando al torero entre pase y pase, sin romper hacia delante. El sexto fue el gran crecedero por volumen y trapío. Peleó bien en varas y se lo dejó llegar de largo el colombiano. Esa inercia fue lo mejor del toro, que se vino bien en los inicios de los pases, pero que nunca tiró de verdad para adelante. Toro crecido y de edad de una corrida crecida. Lo crecedero a veces tiene estas cosas, que resulta como la genialidad de un vecino de Pepe y Manoli, que vendió el coche para comprar gasolina.
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Plaza de toros de Las Ventas. Decimoquinto festejo de la Feria de San Isidro. Casi lleno. Toros de Baltasar Ibán, de distintas hechuras y volumen y faltos de raza y chispa. Sobresalió el segundo, que embistió con calidad y clase por el pitón izquierdo. Eugenio de Mora, ovación tras aviso y ovación; Serafín Marín, ovación y silencio; Luis Bolívar, silencio y silencio tras aviso.
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