viernes, 10 de febrero de 2012
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Crónica de C.R.V.
UN RAFAELICIDIO

Muñoz Infante no cometió infanticidio. Cometió un Rafaelicidio, que quiere decir, buscarle la ruina a Rafaelillo. Estos hombres de palco trajeado y gesto de emperador romano deben de tener pagada la hipoteca y se gastan poco en ir a los toros, incluso en días de asueto. Por esa razón supuesta pueden buscarle la ruina a más de uno. La ruina, pasajera o para quedarse, es no salir por la Puerta Grande cuando a, dos puntos, tanto se necesita y b, dos puntos, uno se la ha ganado. Que Rafaelillo la necesita es algo tan evidente como que el señor presidente tiene sobrepeso. Que se la ganó puede entrar en el próximo Debate sobre el estado de la Nación, pero la petición tras el arrastre del primero era suficiente. Uno no entiende cómo la mayoría suficiente vale para gobernar un país y no para dar una oreja. Será que, desde las alturas se pierde el suelo y los pies y el norte y el sentido de lo que cuesta intentar salir de la ruina. Se lo pregunten a Joselillo, a quien el marrajo sexto le tiró un joselillicidio buscándole otra ruina. La del hule.

Un día de éstos se pondrá fin al problema del viento en Las Ventas. Pongamos… en el año 3218 Después de Cristo. Ese día,  los descendientes de Rafaelillo, que habrán ganado en envergadura por la ley natural y la desaparición del gluten podrán  ponerse delante de uno de Dolores Aguirre sin que le meneen  a capricho las telas. Y ese día, los descendientes de Infante, que  ya no tendrán sobrepeso porque estará prohibido hacer barquitos con el pan,  no buscarán la ruina de nadie. Aquí paz y después gloria. (Me parece que me estoy buscando la ruina.)

Pero, antes del San Isidro de ese año bucólico, toca hablar de un torero que hoy le pegó un puntapié al diminutivo por decisión, actitud, aplomo y, sí, por torear. A un toro mansurrón, fuerte y con poder, el primero, y a otro de suaves embestidas con tendencia a rajarse. El lote bueno de una corrida incompleta de Dolores Aguirre, avacada de tipo, exenta de cuajo,  que echó uno más manejable, uno malo y otro peor que malo, el sexto. Éste, el más toro, salió con intenciones de ruina y le pegó una cornada fuerte a Joselillo cuando se la puso con la izquierda. Qué miedo.

Vareado, feo de tipo, suelto de carnes,  de capotes y petos, el primero pasó por los engaños a su aire, pero, a la que se quedó sólo con Rafaelillo, cogió el celo que no tenía gracias a un inicio de faena de piernas flexionadas y muletazos en línea y para adelante. Imán. Se fue a los medios el torero y se la puso a pesar del viento, firme de piernas y brazos, con el toro brincando cuando no iba enganchado, muy rebotado por arriba. Fue la firmeza del torero la que suavizó esa descomposición incorrecta del toro, ligando los muletazos y finalizando las tandas con remates y cambios de mano toreros. Tuvo la faena emoción, firmeza, un desarme al pisarle la muleta en un viaje a los adentros.  En una tanda con la izquierda se le cerró el toro y el torero lo sacó para ligarle otra con la derecha de trazo bajo. Emocionante la embestida del toro y decisión del torero antes de una estocada y petición suficiente.

La faena al cuarto, un chorreado avacado y de hueso, abierto por delante, mansurrón de salida, tuvo el interés del toreo más suave, de mejorar las formas, los embroques, erguir la figura. Fue toro más suave, menos exigente y Rafaelillo pudo torear a gusto en una faena que creció a medida que crecían los olés y los pases con las dos manos, remates del desdén, cambios de mano. Listo el torero, cuando el toro miró a tablas en los viajes hacia adentro, le tapó siempre la huida, y el de Dolores sólo vio tela y no madera. Dejó arriba un pinchazo y la faena, de dos orejas, se quedó en una. Lo peor, esa vuelta de capote de brega que tiró al suelo al toro. Que algo se notó. Fuera aparte de este incidente, recurso que no gusta en Madrid, lo que hizo el torero fue de nota, de Puerta Grande, de ganarse la salida del ostracismo, de buscarse mejor la vida y no una ruina.

Fue el lote de la corrida. Añadiendo un toro más, el tercero, que tuvo un pitón derecho potable y bueno el izquierdo. Con esa condición de mansote, al borde de irse a la querencia, embistió bien en los medios en la muleta de Joselillo, que tomó precauciones poco adecuadas para el toro que embiste. Y a la que se puso firme y algo más cerrado, en el tercio,  el toro acortó viaje y se abroncó, pero tuvo muletazos suficientes para algo más. Asomó la espada antes de un segundo embroque acertado. El sexto fue puro macho en presencia, lleno, fuerte, bien comido y de cuajo. Se empeñaron en verlo bravo: ponlo de lejos, y lo que hizo el toro fue apretar para dentro con poder y derribo, pero marcando querencia en los adentros y poniéndose de mal estilo e ideas.

A la que se la puso el torero con la izquierda lo cazó con saña, le derrotó arriba y abajo y pegó una cornada que pudo ser más grave. Ese fue el toro malo evidente. El segundo también empujó apretando  para adentro luego de salir herido del hierro del picador de puerta. Y en la muleta compró parcela cerca de las rayas y le dijo no a Fernando Cruz, que luego se empeñó en estar mucho tiempo delante del de Fernando Peña, apagado y cansino. Una ruina de lote. Un fernandicidio involuntario. Es decir, mala suerte.  Como la de Joselillo. Cosas de Dios o Diosidencias. La ruina de Rafaelillo viene de las alturas. Que toman el lugar de Dios, pero que ni se le parecen.

Plaza de Las Ventas. Cuarta de la Feria de San Isidro. Cinco toros de Dolores Aguirre, buenos primero, tercero y cuarto, que fue el mejor.  El resto, mansos y con peligro. Uno de Fernando Peña en quinto lugar, deslucido. Rafaelillo, vuelta al ruedo tras aviso, oreja y silencio en el que mató por Joselillo, Fernando Cruz, silencio y Joselillo, silencio tras aviso y cogido. 

Parte médico de Joselillo: Herida de veinte cm. en tercio superior cara interna del muslo derecho que contusiona nervio ciático. Contusión en hombro derecho. Pronóstico grave. Firmado Dr. Máximo García Padrós.



  
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