lunes, 28 de julio de 2014
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Crónica de IRENE MARTÍN MOYA
RUMORES DEL MEDITERRÁNEO

 

Por el mar Mediterráneo navegaron rumores que llegaron al Guadalquivir. 'Traigo lo que añoran tus dos orillas'- dijo el mar- 'un triunfo de El Juli en Domingo de Resurrección. Te lo llevo adornado de gotas de la  creación de Talavante y la fe de Perera, al que tampoco verás.' Brilló El Juli en Málaga, más acero que diamante, más arrebatador y luchador en una temporada vestida a la contra para él. Hasta dicen que los rugidos de El Juli alcanzaron al río Manzanares, o fueron los de las olas del Mediterráneo, y es que tuvo lugar un Domingo de Resurrección en el que ni las dos orillas del río Guadalquivir sirvieron para que Sevilla no sintiera celos de Málaga y su mar. La de Cuvillo, dice el mismo mar, estuvo en el límite de la presentación, y sólo destacó el  tercero, con un pitón izquierdo extraordinario. Tuvo ritmo la embestida del cuarto. Miguel Ángel Perera sorteó el peor lote. Sobre los toros,  el Guadalquivir rabiaba: 'justo lo que veré es lo que no me he perdido'.

Fuerza y garra, oleaje y tempestad se combinaron con serenidad, temple y una despaciosidad propia de un mar en calma. Más que nunca se oyó la voz de El Juli y más que nunca gritó  su muleta con pulso y mando. Sorteó en primer lugar un animal de buenas hechuras que manseó. Lo mantuvo engañado en la muleta dejándosela puesta. Tres series por el pitón derecho muy compactas precedieron a series al natural de mano baja con mucha profundidad. El astado que tuvo nobleza, sometido en la muleta fue a más así como la composición de la faena adornada con unos preciosos molinetes envueltos en los tobillos. El estoconazo final sirvió para coronar la faena de lujo. Extrañamente aunque hubo petición de la segunda oreja no fue tan unánime y sin duda la faena era de dos orejas. Esa fue la primera ola que llegó a la orilla de la playa, tapando todos esos agujeros que aparecen en la arena cuando el agua se recoge, dejándola lisa, sin argumentos a la contra.
 
No sería la última ola puesto que el tsunami era todavía más fuerte. Haciendo creíble lo increíble, Juli supo conducir la embestida del cuarto de la tarde, capacho y serio que no tuvo recorrido,  pero sí ritmo. Hizo un quite muy vistoso Perera que tuvo su momento de mayor lucimiento por tafalleras y gaoneras. Ya con la muleta, el madrileño combinó muletazos al compás del toro con otros a ralentí culminando su obra con una serie de circulares sin moverse del sitio y dejándose pasar al astado muy cerca. Ratificó su poder y mando, hubo emoción y arrollo, mucha rabia contenida expuesta desde el brindis inicial al público porque El Juli se mereció abrir la Puerta Grande. Cayó la estocada atrás y fue suficiente para que el doble premio pareciera excesivo. Un empeño de ponerle una presa a este mar que no cesará en su conquista.
 
Precisamente por el resplandor de lo que sucedió primer, no fue la de Perera al segundo, una faena de diamante. El público pidió la oreja  y cierto es que el extremeño tuvo la capacidad de exprimir al máximo la condición del segundo,  cornicorto y largo,  áspero y complicado. Protestó en varas y en banderillas y luego tampoco se empleó con total confianza en la muleta soltando mucho el cuello. A Perera le tocó la marejadilla y le plantó cara. Comenzó la faena en los medios ligando muletazos con decisión y culminó su obra pegándose un arrimón de los que hacen recordar el cartel de relumbrón que se vio en la Malagueta. Hubo momentos de peligro y también hubo que resaltar el espadazo final. El palco no atendió la petición de oreja y Perera, tras haber capeado el temporal luchando contra la marea dio una vuelta al ruedo. 'No lo verás' insistía el Mediterráneo a las aguas del Guadalquivir.
 
Y apareció Talavante. Y su caja de sorpresas. Algo por lo que no tiene que sentir envidia el Guadalquivir, pues allí la llevará. Moviendo el capote con soltura, salió muy decidido combinando verónicas con chicuelinas en el saludo. 'Ah pero lo que no verás -decía el Mediterráneo- será el quite de El Juli'. Soberbias chicuelinas. El tercero, bien armado y en tipo, fue un animal de los que emocionan por su embestida al galope y Talavante aprovechó esa inercia para citarlo en los medios con estatuarios y sorprendió con un pase cambiado que hizo exclamar a los tendidos de tal manera que se dice que incluso él mismo se sorprendió puesto que no hubo remate de serie. ‘Ahí queda eso’ pareció decir. A eso le sucedieron otras tandas  muchas con ese toque sorprendente, marca de la casa. Faena variada, original y completa en la que los muletazos de trazo largo se fundían con muletazos en los que sólo utilizaba el pico de la muleta pasando el brazo por la espalda. El toro tuvo un pitón izquierdo extraordinario, con recorrido y clase, y en él se recreó Talavante al final. Cerró con bernadinas ejecutadas con mucho gusto y torería. Fue una lástima que pinchara en dos ocasiones una faena tan carismática y bella que estuvo a la altura del doble trofeo. A lo mejor es el punto a favor de Sevilla donde quizás gocen del triunfo numérico de Talavante.
 
El sexto, el de mayor volumen y menor cornamenta, no tuvo la clase típica de los de Cuvillo y por ello pudo ser que el acople entre torero y toro no terminara de ser rotundo. La labor de Talavante ya fue más a la usanza, más seria y menos adornada que también llegó a los tendidos y que de no haber sido por la espada habría optado al premio. El quinto fue el menos toro de la corrida por caja y se salvó por su seriedad. Un astado sin fuerza y parado,  al que Perera le logró arrancar algún muletazo a base de insistirle en exceso. 
 
Todo ello lo llevó el mar Mediterráneo hasta el río Guadalquivir, sede indiscutible por muchos del Domingo de Resurrección. Al mar Mediterráneo, se preguntarán, lo llevaron unas cuantas gaviotas que no dudaron en posarse sobre el ruedo de la Malagueta durante la corrida. Ellas tampoco quisieron perdérsela. Málaga lo tuvo, a un Juli incomparable, y Sevilla tendrá que esperar este año.

 











  
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