EL CALLEJÓN DEL GATO

Al lado del ajo arriero y los metros cuadrados de papel albal donde se precintan y desprecintan los bocatas que se miden en metros cuadrados. Me pone tres metros y medio cuadrados de lomo con pimientos. Pa la meriendica. Coincidiendo con esas gotas de vino que la pericia del bebedor en bota no impide que se vayan fuera de los labios en posición de o de pez. Y de ahí al pecho. En el instante que se despliega un despegable que dice ‘independencia’ en eusquera y que se lo pasan paseando por encima, tendido a tendido, los mozos venidos de Teruel, Toledo, Camas, Lepe, Cenicientos.
Ay, qué divertido. Lidiada cuando se sentó dos varas por delante el tra(…)ro perfecto de una mejicana perfecta puesta allí por un ponedor de edad paternal y rólex de oro. La huesuda, grande, somnoliente corrida de Miura y su contexto, debería de ser contada por Max Estrella, el personaje de Luces de Bohemia, de Valle El Grande Inclán. La deformación de la grandeza.
A ratos. Puede que sólo sea a ratos, perdemos el norte y damos un salto genético atrás. Allí donde al sentido común de la evolución se le paró el reloj, y regresamos el toreo a las ramas de los árboles. Mantenerse fiel a tipos y hechuras: largos, altos, huesudos, zancudos, agalgados, tiene su punto de bohemia.
Y esas caras que de tan abiertas pierden el perfil que debe de tener un toro de lidia, como les sucedió a todos menos a cuarto y sexto. Llevar en el lomo todos los colores del campo como los llevaba el salinero quinto, tiene su bohemia.
Pero unida a la falta de raza y movilidad, a las medias embestidas defensivas, estamos pasando el toreo por los espejos cóncavos de El Callejón del Gato, como diría Max Estrella por Valle Inclán: ‘las imágenes bellas, en un espejo cóncavo, son absurdas’. Eso en la calle Huertas de Madrid, pasto del intelecto. En medio de la estrategia de la exageración que es San Fermín, es duro para la inteligencia apuntada a la evolución.
Fue corrida de peso y hueso, caras muy abiertas y sin perfiles y salvo el quinto, de media movilidad, y el sexto, listo y de mirada de retratista, no dijo nada. Ni metió medio dentro una vulgaridad agresiva para el toreo, incluso para el toreo que hoy no se permite, el de tocar los costados sobre las piernas. Buena para el encierro por sus amplias cunas de pitones no certeros p´alante, a la de Miura se la coloca en domingo para aliviar a la gran masa de los encierros. Otras veces tienen esa movilidad salvaje que emociona, pero hoy, ni eso. Padilla estuvo sobrado con la corrida, Rafaelillo supo sacar partido con el quinto antes de pinchar en exceso y Serafín Marín supo en su debut lo que es o puede ser una de Miura con un toro sin fuelle ni fuerza y otro listo y ágil.
En este Callejón del Gato en donde a veces metemos al toreo y su grandeza, Padilla es capitán general. Lanceó bien al torazo de 700 kilos que abrió corrida, quitó por navarras, le puso tres pares, uno al violín y fue paciente con la muleta, con el toro sin pasar y la cara arriba, y efectivo con la espada.
Igual que con el cuarto, con unos 160 kilos menos que el anterior y que salió con pies. Cumplió en varas (toda la corrida se quedó y se dejó pegar mucho en el peto), admitió un quite por faroles invertidos, y tres pares buenos del jerezano antes de pararse en la muleta. Eso mismo hizo el segundo en la tela de Rafaelillo, que se justificó en las cercanías de una cara con mucha cuna y ningún perfil. Y más o menos eso hizo el tercero, al que Serafín Marín trató de cuidarlo a su altura en medios peses a medias embestidas.
Todo el color del campo llevó en el lomo el quinto, recibido por una larga al hilo de las tablas de Rafaelillo. Siendo nada, el torazo medio se movió y por allí sacó el torero recursos de buscarle las vueltas por los dos pitones, sobre las piernas y los brazos, listo y capaz, antes de media estocada y rosario de pinchazos en hueso. El sexto, largo, alto, de morrillo chico y visible en cuello más largo aún y con la mirada viva envuelta en un ojal de perdiz, fue listo y rápido a la hora de medir. Serafín Marín estuvo mucho rato, pero sin atreverse a meterse con él, porque dio la impresión de ser de hule si lo hace. Como impresión dio esta tarde de habernos puesto de acuerdo para pasar al toreo por el Callejón del Gato, allí “donde los héroes clásicos, reflejado en los espejos cóncavos, dan el Esperpento”.
Plaza de toros de Pamplona. Sexto festejo de San Fermín. Lleno. Toros de Miura, grandes, sin perfil y deslucidos. Con más movilidad cuarto y quinto, que fueron los que más se dejaron dentro de un encierro de nulas opciones. Juan José Padilla, silencio y ovación tras petición; Rafael Rubio Rafaelillo, silencio y silencio tras aviso; y Serafín Marín, silencio en su lote.
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FOTOGRAFÍAS: MAURICIO BERHO