CAPERUCITA 'LA ROJA'

Existe una versión del cuento de Caperucita, La Roja, escrita por San Fermín. Es distinto al cuento que se cuenta, porque la que se come al Lobo es Caperucita. Con su pañuelico rojo, saliendo de casa con olor a jabón inocente. A los toros voy, abuelita, y luego al ver a La Roja. Ten cuidado hija mía, no hagas caso de los que te den caramelos, que son los peores. Y esa niña que se va a la calle y lo que busca es el chupachups de los lobos y regresa al hogar el 14J, algo así como a las seis de la mañana. Hecha felizmente unos zorros, y sin haber peligrado con los lobos. La Roja, Caperucita, se mueve ahora por Pamplona con la felicidad de estar en España con EñE, recuperada para la fiesta libre después de años de lobos y matones. A Pamplona no la conoce ahora ni la madre que la parió. Como a Caperucita al llegar a casa hecha unos zorros de felicidad cubierta luego de ver una fea corrida de Peñajara y un excelso partido de España con EñE.
Esa España con EñE de fútbol, que hace españoles a los nacionalismos de los lobos que ya nos se comen a las caperucitas: catalanes, vascos, andaluces, castellanos, manchegos, en la selección. Y en las calles de Iruña, unidos por el toro, todos esos, mezclados además con yankis, europeos rubios como las candelas, suramericanos, asiáticos, tres de Abu Dabi y uno de Togo. Gritó gol hasta Puigcercós, ese de Esquerra Republicana de Cataluña con EñE, que tiene cara de Topolino luego de perder la orquesta y tiene un apellido, que dicho ligero, te ahogas. Aquí se grita toro y se grita gol y lo que se debería de hacer era mandar una docena de Caperucitas navarras a Barcelona para que se coman al lobo. En fin, que ganó España con EñE, Caperucita no vuelve a casa y a su casa se fueron sin nada que contar Urdiales, Salvador Cortés y Luis Bolívar. Uno de la Rioja, un sevillano y un colombiano. Porque el toro une, pero, a veces, hace putadas. La de Peñajara, por ejemplo, que jaló tanto en el encierro, fue corrida fea, desigual de kilos, pasada de edad, y de baja casta. Menos uno.
Se vino en el lote de Cortés en una corrida de la que Caperucita le dijo a su abuela, yaya, no me veas que mal enlotada. Los dos mejores se los llevó el sevillano. Fue el tercero toro al que aún le cabían más kilos por su esqueleto, sardo, de pinta preciosa, con mucha plaza, algo basto de pezuña, pero bajo. De cara la tenía como Caperucita, mucha, pero enseñaba las palas por delante y no abría tanto como los otros cinco. Toro de fondo bueno y justo, humillada embestida, al que Cortés le inicio faena en la distancia, con pases por la espalda, que llamaron la atención del sol, pero que no era el más indicado para la condición del toro. Hubo dos tandas en las que el torero ligó pases estructurados de forma nada suave en toques, cites, corriendo la mano como si fuera el encierro. Luego se atemperó bien con la izquierda, con el toro embistiendo claro y largo y la faena siguió mezclando cosas buenas y malas. Pareció siempre que el torero se encontraba con la calidad del toro más que irla a buscar.
Lo mató de pinchazo y estocada. Ese toro, tercero, se enlotó con el sexto, obvio, que sin ser toro de hechuras (que quieres, esto es Pamplona), fue bajo y de los menos ofensivos por delante. Algo degollado y lavado de cara, el toro fue noble de condición pero con el fondo echo unos zorros, a decir de Caperucita, sin poder ni raza. Ese fue el defecto de la corrida, adolecer de lo que se supone tiene este hierro, casta. Luego no le ayudaron las hechuras. El primero de Urdiales, alto, zancudo y que nunca descolgó, se movió al principio por inercia, pero tirando gañafones, con la cara a su aire y volviéndola al cuerpo entre pase y pase. Porfió mucho y bien el torero, firme, con oficio y cabeza en una faena de merito. Como fue la que hizo al cuarto, el mas feo de cara de tan abierto, toro con peso, canal, cuajo, de feo estilo violento. A los dos los mato bien.
Bolívar lidió uno abierto de cara al que recibió con una larga de rodillas. Fue toro sin fondo. Sin peligro, hasta suave de intenciones, pero le costó un mundo seguir la muleta de tan escaso fondo que tuvo. Le puso Bolívar el empuje que le faltó al toro y lo mató de hábil estocada. El quinto fue un castaño feo y alto, con la mirada atenta de los toros chivatos, medidor y a la espera en banderillas y descastado y listo en la muleta. A este lo pinchó. Y se fueron corriendo a seguir por la tele lo que hacía España con EñE, que no fue otra cosa que torear de otra forma, esconderla y que no enganche, a los alemanes. Que se parecen mucho a esos rubios como las candelas con cara de pared encalada. Esos que van con caramelos de lobo a por las caperucitas de San Fermín. Que no tienen un pase. Menudas son.
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Plaza de toros de Pamplona. Tercer festejo de la Feria de San Fermín. Lleno total. Toros de Peñajara, grandes, en su mayoría feos de hechuras y de comportamiento a la defensiva por su falta de raza. El tercero, que acometió con clase y profundidad a las telas, fue el mejor. Diego Urdiales, silencio en ambos; Luis Bolívar, silencio y silencio; Salvador Cortés, ovación y silencio. Saludó Luis Mariscal tras banderillear al tercero.
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