'EL DESTINO TIENE ESTAS COSAS'
Allí donde está el dolor, está también lo que lo alivia. A la vera misma del llanto, el manto que abriga el desconsuelo. Así fue Sevilla esta tarde, muy hombre y muy mujer a la vez. Esa sensibilidad de los que han mamao el toreo, de los que lo llevan en el ADN de tantas generaciones que miraron a tantos toreros en esta plaza. Como en el caso del padre muerto, ése que quiso ser torero y que vivió orgulloso al saber que su hijo logró el oro que el no pudo alcanzar. Y eso lo entendió Sevilla.
Porque aquí aún importa cada intrahistoria, cada latido de cada corazón, cada estado de ánimo del torero. Esa forma de arropar el dolor de un hombre vestido de luces, con los mejores y más cabales, sólo se da aquí, como sólo aquí se huele, se ve, se palpa y se escucha el toreo. Esa preferia pura acunó el llanto por el padre muerto. Luego vino el destino, esa moneda al aire de cualquier viento torpe que nadie maneja. Dos toros de Rincón, corrida acorde con la tarde, muy cabal de hechuras, muy hombre por delante, se prestaron al toreo, segundo y tercero. A Antonio Barrera el destino le tenía preparado el sinsabor de uno mortecino y un sobrero batasuno de Conde de La Maza. Pero esas son cosas que ni esta Sevilla templada y medida puede arreglar.
La tarde enseñó y escondió el agua. Leve. Como enseñó la corrida las puntas astifinas, para adelante siempre, pero bajos de cruz y agujas salvo el primero, alto y descastado. Sacó nervio del malo el quinto, y la endeblez del sexto, lavado de cara y con aspecto de estar aún en primaria, lo dejó en ser inferior, pero no tuvo mala condición. Entre castaño y colorado fue, astiblanco, lo mismo que el segundo, toro de veinte pases de calidad y que el tercero, bravo y pronto. Buen toro el cuarto, de la misma capa, que se mancilló partiéndose por la cepa la cuerna al derrotar en un burladero. Saltó un sobrero de Conde de la Maza que fue peor de lo que parecía, quizá animado por el fario contrario del ir y venir de ese chubasquero amarillo de la dama de mi izquierda. Siete conté en la plaza. Y uno se pone a mi vera. El más canario chillón. Un día que no sea hoy les contaré el arte de colocarse los chubasqueros. Y de abrir/cerrar los paraguas. Pero hoy no toca.
De los toros del destino, uno para Bolívar y otro para Cortés. Cantaron sus bondades desde la expresión, hocico por delante, galope, hasta las hechuras, bajos de cruz, cortos de manos, serios de cara. Lanceó bien Bolívar, mejor por el pitón izquierdo, antes de que el toro fuera pronto y con la cara abajo a pelear en el peto, pero siempre apuntó cierta debilidad. O poca duración. Por eso es tan importante la estructura de las faenas. Terrenos.
En el capote de El Jeringa el toro lo hizo superior a un par de metros de la segunda raya. Después de un inicio de faena de dudosa intención: quiso sacarlo por arriba primero, luego darle mucha distancia en el cite, decidió torearlo en los terrenos de adentro.
Dos tandas con la derecha fueron ligadas, sin dosificar al toro, fuertes por ser por abajo. Atacó mucho el colombiano y, cuando lo sacó al tercio, el toro estaba en la cuesta debajo de su fondo. Hubo música en la faena, corta, haciéndose esperar. El quinto fue toro de nervio, muy complicado, correoso. Era en el anterior.
Galopó mucho y bien, de bravo, el tercero. Se apretó con la cara abajo en el peto y se le vino como tranco resuelto y claro a Mariscal, que le puso dos estupendos pares de banderillas. Salvador Cortés se había ido a portagayola, con la decisión de siempre. Y en la muleta se lo dejó venir en la distancia larga. Ahí el toro empujó mucho, apretó al final de los pases y, con la izquierda, le sorprendió, llevando la iniciativa. Más cerrado, cuando el toro perdió el brío, surgieron tandas mas despaciosas por el pitón derecho, tres. Respondió bien el toro, de menos clase pero más fondo y bravura que el anterior. Lo mató bien el torero, pero fue toro que ofreció más. También se fue a portagayola en el sexto, aguantando firme el parón de salida del toro, que tuvo buena condición pero que, si le bajaba la mano, perdía las suyas y, a su aire, se venía pronto y rebotado. Quizá también era en el anterior.
Luego del minuto de silencio, sonó una ovación con sabor a respeto. Con el respeto de la mano apetada en la suya de los hombres, y la protección del abrazo materno en las palmas de mujeres. Barrera tuvo eso y poco más. Zancudo, con la cara por arriba, el primero se le vino al cuerpo dos veces. Firme de brazos y piernas, paciente él y el público, poco a poco fue tomándole distancias, pulso y enganche. Con la mano derecha y con la izquierda, despacio, al son cansino del toro. Toreó como se debía y podía torear al toro y lo mató por derecho, despacio y por arriba.
El sobrero de Conde la Maza, al que saludó con una larga y comenzó faena con un pase cambiado por la espalda, le tiró cornadas una y otra vez a la altura del corbatín. Cosas del destino que no tienen alivio. Lo que alivia el dolor del padre muerto es esa plaza de cabales que aún necesitan saber de cada intimidad, de cada intrahistoria, de cada suceso que les pasa a esos hombres que se visten de luces. Forman parte de su vida. Como formó parte de la del padre de un torero que se fue para siempre horas antes de la hora definitiva. Y a la hora en punto estuvo el torero para liarse el capote de paseo, dejando a un lado el dolor, para regresar de nuevo a su lado, cuando los vencejos de luto sobrevolaban el albero húmedo de lluvia. Y de llanto. Para darle el adiós definitivo en esas cosas duras que tiene el destino para medir a los hombres.
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Plaza de toros de La Maestranza de Sevilla. Sexto festejo de la Feria de Abril. Se han lidiado cinco toros de El Torreón, bien hechos y serios. Destacaron el bravo tercero y el segundo, que tuvo calidad. Desrazado el primero. Incierto el quinto y endeble el sexto. Un sobrero de Conde de la Maza en cuarto lugar, grande y con peligro. Obtuvieron el siguiente resultado en el arrastre: silencio, silencio, aplausos, pitos, silencio y silencio. Antonio Barrera, ovación con saludos y silencio; Luis Bolívar, ovación con saludos y silencio; Salvador Cortés, ovación con saludos y silencio. Al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento de José Manuel Barrera Murillo, padre de Antonio Barrera. Se desmonteró tras parear al tercero Luis Mariscal.
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