'ENTABLANDO UNA CONVERSACIÓN'
La corrida fue sin terminar, por hacer. Mansa. Los mansos son toros como improvisados, al azar de lo que luego suceda: o se dejan o huyen o se defienden o se detienen. Son toros fracasados que no saben de su fracaso. Les faltó tanta bravura, fueron tan descastados, tan sin hacer por dentro, que fueron toros con la vocación aquerenciada de las tablas. Buscaron las maderas como lugar de refugio como el flojo busca el subsidio en euros y la sombra de una tapia. Toros carpinteros. Y, ya se sabe, que el colmo de un carpintero es entablar una conversación. Ese lenguaje que es el toreo necesita de dos y los de Gavira fueron esencialmente mal hablados. Pero, dentro de esa forma carpintera de negar la gramática, dos toros se sabían las vocales y medio alfabeto, los de Talavante. De los de Morante, uno fue mudo y otro hablaba en sánscrito, y a Luque le tocó uno tartamudo y otro que dijo hola y adiós. O sea, que, con algunos uno se podía defender. Incluso sin saber inglés.
Se te viene encima un grupo de guiris desubicados al pie de la Torre del Oro, con las chancletas supurando agua y ese poncho lila de a euro y medio hecho jirones, la cara que te deja el exceso de pescao frito, casi siempre de cazón en adobo, y te preguntan a su modo por La Maestranza. Allí enfrente, hombre. Puedes tardar media hora en hacerte comprender, o medio minuto o no te entiendes nunca. Sobre todo si te empeñas en mirar el mapa que te enseñan, ici, here, ... Porque los guiris miran más el mapa que a Sevilla. Eso le decía el toro de Talavante, segundo de la tarde, bonito, bajo, estrechito de sienes. Y de calidad. Iba con el mapa y la cuadrilla del torero se entiende malamente con el mapa, porque el here estaba muy claro, allí mismo, y le pegaron el rodeo de cien capotazos y muy malos. Era tan definido el toro, tan claro y con esa declaración de que iba a durar lo justo, que fue un pecado no cruzarle la acera.
Luego Talavante lo administró fuerte. Tras un inicio por alto, dos tandas con la derecha tuvieron fuste, pero castigo excesivo. Buenas pero muy castigadoras para el toro y cuando se echó la muleta a la izquierda, el toro la tomó bien pero le costó ligarlos. En parte porque ya no había ici, here, en parte porque Talavante lo citaba empecinado, sin aliviarle dando un paso hacia atrás. Y lo mató mal. Talavante es un caso de merodeador del casi. Estar a punto de. Cuenta con la espera, el respeto y una gran cualidad: tiene un concepto bueno, el trazo del muletazo es bueno, ahora más largo, más encajado del cuerpo, pero le falta estructura a tan buen concepto. El quinto, uno de esos Gaviras estrechos de sienes y finos, se declaró manso y de querencia clara. Se iba a su aire, pero al pasar metía y colocaba la cara cumbre. Un rato largo se tiró el toreo tratando de sujetarlo por la plaza, uno, dos muletazos y me voy.
Y cuando el toro llegó al ici, here, rompió a embestir bien. Se trataba de ganarle siempre el paso, la acción, buscarle para que no se fuera. Y le pegó pases largos, limpios y ligados. A veces el toro se le abría tanto que el torero estaba descruzado al límite, él en Dos Hermanas y el toro en la Puerta la Carne, y se le venía en los vuelos. Si le gana el paso, la faena gana en peso. Y, de nuevo, mal con la espada. O sea, casi. Y el casi en esto del toreo es como el ¡huy! del tiro al plato. Los otros toros fueron distintos, incluso en tipo, porque de los lotes, el más bonito fue el del extremeño.
Morante, que habla poco y torea cumbre, intentó un diálogo breve con un toro feo, corto de cuello, manso y que embestía hablando en cirílico, con la cara por las nubes. Y no llevaba mapa de ruta. El cuarto sacó el lenguaje de los marineros con resaca o el grupo de lituanos repleto de rebujito: genio, violencia al final de los muletazos, con derrotes por arriba. Y mirón. Un matasiete de taberna. Le planteó el diálogo Morante con firmeza de piernas, admitiendo el riesgo y sin perder el aplomo de la compostura. Gritaba el toro y él hablaba bajito. Faena de apuesta, de riesgo, que no fue muy tenida en cuenta.
Un sobrero botijito, bajo, gordito, manso y desrazado, no le habló a Luque. Un mudo. De sexto se encontró con un burraco metido en años al que lanceó bien a pies juntos, galleó con gracia por chicuelinas, quitó de esa suerte rematando con una larga despaciosa. No fue el Luque vencido por los elementos del Domingo madrileño de Pascua, sino torero de buena actitud. Pero el toro sólo sabía dos palabras: hola y adiós. A la que le pegaba un pase, metía la cara para irse. Y en las tablas, su lugar de preferencia, sacó genio y mal estilo. Cuando eso sucede, ya puedes saber latín que no te vas a entender. Ni con el mapa en la mano. Lo mató de una buena estocada y a la calle, por donde te encuentras a esos guiris del alma que vienen desde lugares tan lejanos y extraños que se piensan que en Sevilla no lleve nunca y que todos somos gitanos y le damos al cante desde la hora del gallo. Y esos pies. Por favor. Esos pies.
| Plaza de toros de La Maestranza. Noveno festejo de la Feria de Abril de Sevilla. Con lleno de no hay billetes en tarde ventosa se han lidiado toros de Gavira (3º bis), desigualmente presentados. Primero, soso y brusco; segundo, bueno; tercero, cuarto y quinto, mansurrones. En el arrastre obtuvieron respectivamente: silencio, palmas, pitos, silencio, pitos y pitos. Morante de la Puebla, silencio y silencio; Alejandro Talavante, ovación tras leve petición y ovación y; Daniel Luque, silencio y ovación. |