ESE HOMBRE DE LA TEBA VERDE
Mi amiga de Madrid, la que entró en la crónica del aceite de oliva (Soto) me llama con la felicidad de los escondidos. Se ha echado novio. Rural, dice. De esos con los carrillos colorados, le teba verde, manos de dos hectáreas y cartera repleta de B. Billetes. Su marido, me narra, amenaza con llegarse este viernes. Que va a ser entonces de ella sin olor a campo, sin esa pasión a escondidas, y sin subvención. Y sin el color colorado de los carrillos bien dibujados del hombre que tiene llena la cartera de B en color negro.
Una especie en extinción. El colorado, y el castaño, y el berrendo en colorado se extinguen en las pintas de los toros en un campo muy lleno de negro. En Alcurrucén hay mucho toro colorado. Cinco de esa pinta se enlotaron, con sus variantes, muy sevillanos. Con hechuras para la feria. Eran mayoría y se esperaba un repaso genético respecto al buen son del escasito primero, único negro. Pero sólo el tercero le superó en embestidas. Con ellas, un torero que apenas deja de ruborizarse en colorado las mejillas, hizo lo mejor de una tarde de mucho colorín y colorado. Pinchó Pinar a éste y al descastado sexto. Pero es candidato a crédito.
La voy a llamar. A mi amiga. Olvídate del viernes, que te queda un día de por medio y un día da mucho de si y de no. Que tienes suerte de tener un subvencionador. No como Rubén Pinar, que la criatura no ha tenido para poner ni un clavo en la pared. Y ahí anda, a ver si la fortuna le va cambiando. De la bonita y destacadita corrida de Alcurrucén, suelta de capotes, abanta, de raza corta y escasa, le tocó uno bueno, estrecho de sienes, fino y de buena mirada, no como ese novio tuyo, que seguro que abre las sienes y es bruto de embestida. Que os gusta ahora un bruto rural a las de Madrid (d). Un étnico, le decís. Pues a Pinar se le frenó el toro de salida, pero humillando mucho y se salió suelto del peto en el primer encuentro, luego cumplió. De esos toros que, bien entendidos, podía romper. Y ahí tienes a este torero, que se entendió bien desde las dos primeras tandas con la derecha, ligadas, más reunidas que otras veces, limpias de trazo y por abajo.
Era toro para enganchar, sin inercia, de embestida profunda y entregada, que tu novio seguro es de los que se viene de lejos y se van por pura cuestión de velocidades. Y para martirizar querencias. Una vez lo citó perpendicular a las tablas y el toro casi le arrolla camino de su casa. En paralelo siempre fue otro y luego de una tanda con la derecha rematada con un cambio de mano hacia los adentros, se fue a por la espada. Quizá a la faena le faltó ese algo más después de cinco tandas, pero, sobre todo, acertar con la espada. Con el descabello tuvo el ansia torpe de la juventud, eso que no tiene tu novio, que ni es joven ni tiene ansia. Ese hombretón de teba verde y manos de parasol debe de tener la misma condición que el sexto. Buena fachada, casta mínima y viaje corto y con la cara por las nubes. A la altura de lo tuyo, querida amiga. Por encima del palo de la muleta llevó la cara el colorado y Pinar no se aburrió. Es decir, que le buscó las vueltas con gran voluntad, mucho tiempo, antes de no acertar con la espada, que con esa anda como tu rural de carrillos colorados, fijo. Eso le voy a decir mañana mismo.
A Curro Díaz, un torero que es la antípoda de Pinar, el cartel, amiga, era algo rarito o combinado con gusto dudoso, le embistió el negro. Fue el más estrecho y de menos canal, mansito pero muy claro y noble. Se coloca mejor, le gana el paso, y le puede formar un lío, porque tiene ese gusto y ese embroque que tu novio de billete en negro no tiene, que es hombre de choque y en las sevillanas pega aletazos como los molinos de vientos de La Mancha. Fue bueno el toro y duró lo suficiente y hubo pasajes de toreo bonito con la derecha. Y, emparejado con el negro, un colorado entipado que fue noble, tuvo menos fondo, repitió menos, se abrió en las embestidas que el torero no siempre fue a buscar entre pase y pase. Menor nota, menor emoción, pero no fue malo. A los dos se tiró por derecho. Y ahora dime si ese armario rural de dos cuerpos se puede tirar por derecho a algún lado que no sea el ron cola. Porque seguro que bebe ron cola.
En fin. Los dos de Matías Tejela fueron los más deslucidos y complicados. Nada que hacer. El segundo tiró la cara arriba si iba obligado y a su aire se movió poco y con aspereza. Y, mira, tenías que haber visto el berrendo en colorado, carifosco y calzado que salió de quinto. Una pintura, pero sin romper, agarrado al piso, sin tirar para adelante ni una vez, como ese hombretón tuyo, que no rompe por derecho ni empujado por lo que tu le insinúas desde el camino que va desde el mentón hasta el lugar donde se te quedaba, de chica, la medallita de la virgen que te regalaron en la primera comunión. Así le voy a decir. Fresca. Pero ni los colores le voy a sacar. Ustedes no se imaginan cómo es mi amiga, capaz de conseguir un subvencionador en este año de crisis, que, unida al mal gusto, es capaz de dejar calvas en la mismísima Maestranza un miércoles de farolillos.
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Plaza de toros de La Maestranza. Decimocuarto festejo de la Feria de Abril de Sevilla. Se han lidiado toros de Alcurrucén, bien presentados y justos de raza, a excepción del 3º, bueno. Obtuvieron en el arrastre: silencio, silencio, palmas, silencio, silencio y silencio. Curro Díaz, ovación y silencio; Matías Tejela, silencio y silencio; Rubén Pinar, vuelta al ruedo y ovación tras aviso.
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