viernes, 10 de febrero de 2012
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Crónica de DANIEL VENTURA
LA BRIZNA QUE ESCAPA AL OLVIDO

Estaba ya La Maestranza volcando la mirada hacia el Guadalquivir y más allá, hacia la Jauja de la Feria, con esos ojos lánguidos del que se arrepiente de su elección y cae en la cuenta de que es demasiado tarde para tomar otra, y se encuentra besando labios feos, cargando maletas ajenas, limpiando cacas o así. Estaban ya adormeciéndose las miradas, y las pestañas dejaban atrás su natural donaire para ser telón espeso. Estaban ya amustiándose las flores florecidas en los cabellos luminosos. No hay peor abono que el aburrimiento. Se abandonaba La Maestranza a la molicie, cuando El Fandi pegó una voz y quebró el letargo. Salían por toriles los de Torrestrella, nobles, sin malicia pero a medias. Correctos como esos chicos de polo abrochado hasta el bigote y flequillo en curva, chicos de exquisito modal que les gustan mucho a las madres, pero poco (o poco tiempo) a las hijas. Por la razón obvia: el empuje, su falta.

El único que lo tuvo fue el sexto, precisamente el toro del que Fandi estuvo a punto de cortar una oreja. Toro largo de movimientos vivaces: chico de polo desabrochado. El Fandi se dedicó en banderillas a demostrarle quién era más vivaz, y dejó tras de sí los aplausos encendidos a la salida de un tercio destellante como una deflagración. El toro se desplazaba, con la precipitación de los chicos incorrectos. Ya con los rehiletes, El Fandi lo había notado. En la muleta, trató de aprovecharlo. Le daba la espalda, se iba lejos y lo llamaba desde allá, retador; el toro se venía y casi sin darse cuenta tenía la testuz metida en la muleta. Así edificó El Fandi el cogollo de su trasteo. Series de cuatro muletazos, no demasiado profundos, pero enjuagados y grácilmente hilvanados. El toro seguía moviéndose, y se encontraba siempre el trapo, ese canto de sirena. Por el izquierdo, la inelegancia era brusquedad. Fandi lo afrontó con robustez y logró una serie; sólo una pero suficiente para sintetizar su actitud: entereza, decisión, empeño. Fue esa una serie breve, pero importante; despertó la música antes de acabar. Reverberaba ya en los tendidos la resolución de El Fandi cuando éste volvió sobre la mano derecha, logró otra tanda y buscó la espada. El pinchazo primero no mató al toro, y frustró el vuelo de los pañuelos que le habrían dado una oreja. Su trasteo, aún sin premio, había rescatado la tarde; era la brizna que escapa al olvido.

Porque había poco más en el cepillo de los niños buenos. Si acaso, el tercio de banderillas del mismo Fandi ante el tercero, un negro meano bonito y pronto al que cogió de la mano y llevó al espectáculo. O el comienzo de faena a ese mismo toro, en muchas cosas parecido al de la faena del sexto: el toro moviéndose sin tamboleos y el torero esperándolo lejos con la muleta como escudo y llamamiento. Se venía el toro y le pasaba como a su hermano: la inercia le impedía ver que tenía la cabeza metida ya en un muletazo. Y otro. Y otro. Con una diferencia, y es que éste tercero soportaba aún menos la bajura que el sexto, y cuando sentía que iba demasiado humillado, daba un cabezazo desesperado, como buscando aire. El Fandi acertó a matarlo al segundo intento. Mención merece un cañón que se engatilla.

El Cordobés, que tiene flequillo y ademán de pillo, no pudo esta tarde siquiera travesear. El Torrestrella que abrió plaza, blandito y casi siempre embestidor de medianías, le sirvió para una faena pulcra, con algunos muletazos de trazo justo, pero desapasionada. El toro habría permanecido impávido ante el salto de la rana. El Cordobés lo supo, y se vio forzado a hacer oídos sordos de las peticiones que se derramaban desde los tendidos. El cuarto humilló más que sus hermanos, aunque se le acabó a El Cordobés en la franela antes de que el asunto tomase forma y todo quedó ahí. Rivera Ordóñez actuaba en segundo lugar, y en segundo lugar lidió un “torrestrella” cuellicorto que llegó al tercio final sin ganas de diatriba. A pesar de ello, y de que por el izquierdo miraba atemorizante, metía la cara por el derecho, siempre que se encontró frente por frente la muleta de Rivera Ordóñez a la salida de cada pase. Rivera acertó con la tizona a la tercera. El quinto fue un sobrero de Toros de La Plata, que salió al albero sevillano después de que la Presidencia devolviese al titular por adivinarle debilidades. Este de La Plata clavó los pitones en el suelo nada más salir, se elevó con rotundidad y cayó a plomo, castigándose seriamente. Llegó a la muleta inservible, y a su caída todavía pensaban todos, hasta los niños bien, en el Real de la Feria. Pero apareció Fandi, como se ha dicho.

Plaza de toros de La Maestranza. Decimosexto festejo de la Feria de Abril de Sevilla. Se han lidiado cinco toros de Torrestrella, aceptablemente presentados y nobles, a excepción del tercero, más áspero; y uno, como sobrero en quinto lugar, de Toros de La Plata, muy parado. Destacó el sexto, con movilidad. Recibieron en el arrastre: silencio, silencio, silencio, silencio, pitos y silencio. El Cordobés, silencio y silencio; Rivera Ordóñez, silencio y silencio y El Fandi, ovación y ovación.

 



  
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