LA MANO DE DIOS

Este milagro nos olvida el salario mínimo, las caries que no podemos pagar al dentista, los malogrados sueños de no ser y no tener, el paso del tiempo, perro, que convirtió a esa que era puro talle en talla especial y a ese que era melena azabache en un roncador calvo de carácter inverosímil. Llegado ese milagro, abrazamos al enemigo en público. Prestamos el alma sin esperar que nos la regresen. Olvidamos que somos proscritos. Este es el efecto de la mano de Dios. La consecuencia del movimiento de las muñecas de Dios, que ahora las tiene Morante. Estaba la tarde en un sin sentido de fracturas múltiples, con un artista reconvertido a la fuerza en noble actitud, Juan Mora, y con una corrida bajo la sospecha certificada de la escasez, cuando Dios nos echó una mano a través de Su mano, propiedad de Morante.
En esta España del milagreo, el único espectáculo capaz de jesusear es el del toreo. Somos la reserva espiritual de nuestro occidente. Un toro burraquito que enseñaba las puntas y no la clase, uno con aspecto de novillo para siempre, el segundo, uno tercero con hechuras pero desrazadito, que pagó los pecados de los anteriores y los del Cid y no que era toro de feo gusto en tipo y trapío, alto y de sienes minúsculas metieron al bendito público en un frenesí de rezos. En los dos toros restantes. Apareció entonces la mano de Dios con una faena venida desde donde no existe el sexo, de allá donde dice que son los ángeles, y aún hubo un toro, un jabonero de sienes estrechas y astifinos pitones, bizco y excelente en son y profundidad. Maravilla. Y Media faena de gran tono de El Cid.
Ya había hecho Morante tener fe al público bueno que cree en los milagros con la intención del toreo de capa al descrito segundo y luego de un inicio de faena a dos manos, toreando al toro en ayudados por arriba, por abajo, cambios de mano, el de pecho y farol. Apuntó a verse esa mano por entre la cubierta de la plaza, pero sólo apuntó, pues al toro le faltó clase y bravura, sobre todo por el izquierdo. La medianía ahuyenta a los dioses. Fue salir el quinto y comenzar a ver toro. Por hechuras, sobre todo. Sin definirse de salida, negado para la capa, rompió a bueno. Mejor en los inicios que en los finales, pero a mejor y durando y mejor por el pitón derecho. Le caminó torero Morante hacia los medios para comenzar a poner mano y muñecas al milagro, primero de reconfortar, segundo de regresar la fe.
Con la naturalidad de quien puede hacer milagros, encajado sin aspavientos, suelto de brazos y mecido de cintura y pecho, surgió el toreo en varias tandas con la derecha de trazo lento, compás, ritmo. Los remates variados a modo de cada tanda. Una con la derecha rayó la perfección inexistente en este arte, y cuando el toro pareció reponer por el pitón derecho, le alcanzó el sitio para dejar tres naturales soberbios. Y un cierre de faena a dos manos y con dos trincheras de algodón. Pinchazo, estocada atrás.
Esa mano que nos echó Dios con su mano fue el prólogo al toro de la tarde. De escaso bagaje en el caballo, fue pronto, claro, fijo y profundo. El Cid tuvo media faena de nota alta, a través de esa generosidad de dejarlo venir y lucirlo, ligando los pases, erguida la figura a veces, suelto y creíble. Se echó la mano a la izquierda, la que fue de Dios tantas tardes y el acople se difuminó. Luego acortó distancias y quizá el toro aún pedía mas espacio en los cites. Nadie pidió las dos orejas como nadie pidió la vuelta para el gran toro. Pero se concedieron por tutelaje del presidente. Habiendo Dios, pregunto qué pinta un tutor. El primero de El Cid, escasito de cuerpo, con buenas hechuras, pagó los platos rotos de los dos anteriores en protestas continuadas. No era de mala condición, sino con la cara suelta y difícil de remontar.
Juan Mora reconvertido en coraje, en actitud, en querer. En tres toros, pues regaló uno. El mejor de los tres fue el que abrió plaza, sin ser nada del otro mundo, mejor por el derecho. Esa forma de salirse afuera toreando fue una apertura de sello, cara y de torero. Muy esperado Mora. Y alguna serie acompañando con el cuerpo en una faena a menos con el toro a menos. El cuarto no era ni grande ni chico sino de feo gusto. Desclasado y sin raza, y el sobrero, correcto de presencia, agarradito al piso y deslucido, con el que se arrimó, porfió, se esforzó y se justificó. Lo que justificó la fe fue la Mano que Dios ha prestado a Morante. Esa que obra el milagro y que hace que del negro pasemos al blanco sin pasar por el gris. Milagros. Puede que el toreo sea milagrear. Pero dejar tanto en manos de los milagros es crear una religión riesgosa. La mano de Dios un día nos puede dar un meco. Esos algunos toros, señores.