jueves, 24 de mayo de 2012
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Crónica de DANIEL VENTURA
CONVICCIONES

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La convicción es el nervio de la acción. Es la que dirige el esfuerzo y lo convierte en provechoso. Incluso los malvados son más malvados cuando son convencidamente malvados. La convicción es la que dice 'Vas a llegar allí' y llegas. Por más arañazos, por más sinsabores. Por más cornadas. Adivinan bien: al toreo mismo lo mueve la convicción. Una encrucijada de convicciones fue la tarde de hoy en Zaragoza. Aquí se ha lidiado una corrida notable de Celestino Cuadri, con toros exigentes, enrazados, nobles, con calidad y otros toros de nota algo menor, como los dos últimos. Una corrida que ha de verse como el fruto de una convicción, la del ganadero Fernando Cuadri, elegantemente emperrado en aportar a la fiesta con un hierro que conserva esencias sin trogloditismo. O la convicción de Javier Castaño, un torero de capacidad y temple que ha soportado con entereza un paseo largo por el mediolvido empresarial y mediático. O la de ese Paulita que toreaba hoy su primera del año y que, como la convicción no es inefable, tuvo que soportar el trago amargo de ver cómo no salían las cosas. La convicción de Juan José Padilla, a quien todos tributaron una tarde más un recuerdo cariñoso.

Convicción hizo falta para no dejarse engañar por el tercio de banderillas y caos que protagonizó el primero. Fue un negro zaíno bonito, astifino, serio con un determinado modo de pedir las cosas: la muleta adelantada, administrado el pulso. Así logró Castaño que la siguiese con largura en un par de tandas sobre el derecho. Cuando abandonó ese método, el toro paró, miró y deslució. Era exigente el de Cuadri y Castaño estuvo a la altura en todo, menos en la estocada. Fue precisamente la espada la que dio al garete una faena notable frente al mejor de toda la corrida: el cuarto. Otro toro serio, largo, de encornadura imponente sin ser exagerada. Un toro que fue tres veces al caballo y las tres lo hizo con alegría. Un toro que galopó también en un tercio de banderillas de emoción y éxito: los tres subordinados saludaron.

Un toro que duró en la muleta menos de lo que se ansiaba, pero lo suficiente para enseñar su nobleza, su acometividad, su calidad. Su carnet de bravo toro. Lo suficiente también para que Castaño diese forma a un trasteo de inteligencia y temple. Le dio distancia, lo embarcó, lo templó y lo llevó atrás. Todo limpio y armonioso, aunque las tandas fuesen breves. Cuatro y el broche. También por el izquierdo la tomó el toro francamente y por abajo, antes de apagarse y de obligar al salmantino a acortar la distancia para que no se acortase la emoción. La obra estaba hecha, y toda entera se cayó en una sucesión triste de entradas con la espada.

La espada precisamente había sido la culpable de que la faena de Paulita frente al segundo quedase en poco más que un silencio. Había sido toro de exigencia y raza decrecientes. Le pegaron poco, y Paulita, que había mecido el capote con limpia suavidad, tuvo que vérselas con todo su poder. Apretaba y transmitía y el zaragozano supo echarle los vuelos para evitar violencias y conseguir beldades: muletazos largos con el toro entregado. Una estocada fea con avaricia lo neutralizó todo. El quinto, tan serio como todos los demás, perdió lo poco que tenía en un tercio de banderillas alargado innecesariamente por el Presidente, y llegó al último tercio sin recorrido apenas. Y sin clase ni transmisión. Paulita lo intentó todo, a toda altura y por todo lado. Pero no hubo manera de darle relieve. Y en su cara se vio el amargor de ver pasar en blanco la única tarde del año. La convicción tiene también momentos de flaqueza.

El tercero fue más pacífico que los dos que lo habían precedido. Más medido de fuerzas, sí, pero más suave y hasta más enclasado. Llevaba en las puntas que enseñaba una petición: dame pulso y temple. Iván García se los dio, aunque intermitentemente, en faena de corte digno y cierre lustroso: tres ayudados por alto y una trincherilla. El sexto fue el de peor nota. El más grande, el más pesado y el más sosón. Imponente pero mudo. El madrileño insistió, insistió y volvió a insistir. Tanta insistencia puso como el toro en no decir nada. Sólo estaba García obedeciendo a su convicción, que obliga.

Plaza de toros de Zaragoza. Décima de la Feria del Pilar. Media plaza. Toros de Celestino Cuadri, parejos de hechuras y de interesante juego en líneas generales. Exigentes y encastados los dos primeros; bueno el 3º, sobresaliente el 4º, peores los dos últimos. Javier Castaño, silencio y ovación; Paulita, ovación y silencio e Iván García, silencio y silencio.

 



  
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