La corrida de Luis Terrón ha salido mansa, rajada y con poco empuje. Más fijeza que codicia. Más nobleza que movilidad. Más mansedumbre que raza. No ha sido tampoco corrida con volumen; Con la excepción del cuajado animal que abrió, los cinco restantes tuvieron un remate más bien justo.
Las virtudes de Cartagena en el toro del triunfo fueron varias. Uno, carácter y aplomo para fijar de salida sobre Cuco, una embestida aquerenciada y entablerada. De hecho, ahí radicó gran parte del secreto mayor de Cartagena. Encelar, fijar y lidiar al toro para sacarlo de sus querencias y sujetarlo siempre en los medios. Sobre Maravilla levantó el ambiente y entusiasmó. Un delirio: por el riesgo, el ajuste, la precisión y la variedad entera de su labor. Primero, un violín. Después una batida. Trayendo, llevando y mandando. Espectacularidad y ritmo.
Con la faena en tono grande siguió la fiesta. Plena la entrega y la forma de sostener la tendencia a protestar del animal, sobre Júpiter. Ligazón, compromiso y una farpa atacando en corto que fue sublime. Bello el cite, la resolución y la batida entera al pitón contrario. Lo dicho, un lío. Muy gordo. Rubricó sobre Bisbal, con dos cortas al violín en un palmo y en el tercio. No volvió el animal a las tablas, nada más, que para doblar. De un pinchazo y un rejonazo de muerte espectacular. Dos orejas, un clamor.
Con el ambiente volcado, no renunció Sergio Galán acompañar al de Benidorm a hombros. Faltó poco. Frente al sexto, logró Galán una faena de las que se paladean por la exquisitez y la pureza del manejo y el concepto. El toro tuvo el poco gas de toda la corrida. Cambió Galán, con un rejón. Con Montoliu en consagrado maestro, dos farpas soberbias. Por atacar de frente. Por la despaciosidad de la ejecución. Con Vidrie se fue a distancia y llegando encima, resolvió con suficiencia. Rosas finales, adornos y un par a dos manos con las cortas sobre Fado, pletórico en los medios. Un rejón final entero pero trasero y la larga muerte, enfrió al tendido. Oreja de ley.
El propio Sergio Galán se había esforzado sobre Apolo –un bello caballo lusitano, perla – con su parado primero, con el que tuvo que meterse en los terrenos del animal, aguantando tarascadas. Labor entera de riesgo, rematado de forma discreta con los hierros finales. También Cartagena tuvo que tirar de oficio y vistosidad para hilvanar al emplazado segundo, una faena de pericia, echando los pechos y bocados de Magno sobre el toro. Resolvió a favor después sobre el siempre lúcido Pericalvo en balancines y adornos. Se pidió el trofeo, tras un rejonazo contrario con derrame.
Antonio Domecq cuajó una faena enjundiosa al noble pero mansito primero. Un toro hondo, de justa movilidad, que arreó de manso, con el que compuso una faena con golpes de entidad sobre Ruiseñor. De dentro a fuera, dos farpas. Exposición, sitio y riesgo. Apretó el jerezano, en las cercanías del animal. Abundante su querer y su entrega. Sobre Quilla, un par a dos manos con las cortas, un teléfono y un derroche final de torera actitud. Un gusto. Todo menos la precipitación a la hora de entrar a matar. Se vino abajo la cuestión.
Con el cuarto, de poco celo y escaso brío, el pequeño de los Domecq, derramó buen oficio y facilidad lidiadora. Con un raro caballo bayo, de nombre Cacao, dio ventajas a su oponente, dibujó con resuello y se gustó en un magnífico par a dos manos. Faltaron ganas de pelear en el de Terrón. Y volver a concretar con los hierros de muerte.
Plaza de toros de Las Ventas. Quinta corrida de la Feria del Aniversario. Lleno. Seis toros de Luis Terrón, desiguales de hechuras, faltos de raza; más manejables 1º, 5º y 6º. Antonio Domecq, silencio en su lote; Andy Cartagena, ovación con saludos tras petición y dos orejas y Sergio Galán, silencio y oreja.