mundotoro.com - 11 de julio de 2009 - 'La otra cara de la vida'
De nuevo la muerte. Imprevisiblemente previsible. La posibilidad de la muerte camina, oculta, paralela a nuestras vidas. Cada vez más oculta entre las paredes de los hospitales o las estadísticas frías. La muerte es la otra cara de la vida pues para morir se nace. Morir de muerte natural es el elogio que esta sociedad ha puesto en el raciocinio del ser humano. Sin caer en cuenta que la muerte natural puede ser absolutamente violenta y con formas inhumanas. Por ejemplo, no hay muerte más natural en oriente y en algunos países africanos que ser destrozado por una bomba o por un machete. Estadísticamente esta forma de morir es superior a cualquier acto bruto de la naturaleza, terremoto o desastre. Pero ¿qué es la muerte en un encierro de toros?
A los Sanfermines se acude de forma voluntaria. Una gran parte de los corredores de un encierro van a coger toro para sentir esa aventura eliminada de nuestra vida occidental. Parte tradición, parte sensación, parte riesgo. Pamplona es la oportunidad de la aventura, algo consustancial al ser humano. Visto el vídeo del trágico suceso, se puede hablar de un error en el joven corredor, desproteger su cabeza y cuello, semi sentado, dejándolo a merced de la altura natural de los pitones del toro en su galope. Pudo protegerse en el suelo y con los brazos. Pasó el toro como un rayo. Pudo ser un varetazo, un refilonazo, pero fue la muerte. Ese azar que casi nunca sucede, mezcla de error, fruto del instante, del segundo equivocado, de la consciencia de que puede pasar. Pasa pocas veces, pero hay que asumir que puede pasar. Por eso el encierro tiene esa leyenda y es la peregrinación del hombre de occidente hacia la aventura.
Saldrán debates, se hablará del horror, de la estupidez de esta muerte, de la necesidad de prohibir. Nada más alejado de la realidad y de nuestra verdad de seres humanos. Es el encierro voluntad. Es querencia. Es algo que la vida diaria occidental jamás dará. Quien no vaya a Pamplona no lo entenderá jamás. Prohibir un pálpito, una sensación, una pasión, en un mundo de hierros retorcidos en las carreteras, de banqueros que provocan suicidios legalmente, de guerras provocadas, de carrera de armas, de pestes sin vacunas, de hambre, de miedo, de tedio, de más de lo mismo, de adocenamiento, de pesebrismo, de claudicación, es prohibir esos últimos reductos que le quedan al ser humano para ser exactamente eso: un ser humano.
Todas las reacciones son admisibles tras la tragedia. Pero sólo quienes amaron, vivieron, abrazaron y participaron de la vida de este joven tienen derecho a buscar sentido, culpa, causas, iras, protestas, arrebatos…sólo ellos. El resto, sobre todo los medios de comunicación, deberían de ejercer un profundo ejercicio de respeto pues ahora, mucho nos tememos, un muerto puede ser el mejor producto para el negocio a través del debate estéril y el amarillismo. Ese es el ser humano que hay que lamentar. El depredador de morbo que llevamos dentro ya ha salido a los medios.