mundotoro.com - 13 de abril de 2010 - 'Un ruego a los rejoneadores'

Casi dos décadas de evolución imparable del rejoneo merecen una reflexión. Primero en las causas, luego en las consecuencias. Tras la heterodoxia popular y de fuerza incontenible del desparecido Ginés Cartagena, con la irrupción del un rejoneador del norte que mamó de las fuentes portuguesas del toreo a caballo, Hermoso de Mendoza, este espectáculo se fue haciendo cada día más complejo. Más exigente. Más perfecto. La doma ha llegado a una perfección inverosímil. La elección y selección de las razas, de los tipos, la especialización por tercios es tan milimétrica que el rejoneo es hoy un espectáculo que viviría al margen del toreo de a pie.
Para esta evolución se echó mano de un encaste casi abandonado por los toreros de luces, históricamente entroncado con el toreo de ritmo y calidad, el de Murube. Tiene ese toro el son y el tranco más definido, más suave y más continuado de todos. Y a ese son evolucionó el rejoneo: terrenos, distancias, acoplamiento de velocidades y ritmos entre el son del toro y el tranco del caballo. Cuando este toro se para, apenas se defiende con peligro. Puede que el manso se ponga por delante, pero el malo de murube, hasta parado, se deja llegar. Tanto que estos grandes del rejoneo tienen ya caballos especializados para llegar al imán detenido, al toro parado, al rajado. Y esa virtud, esa grandeza, comienza a ser el problema. Para que rejoneo no sea involucionista sino evolucionista, hay que darle casta a ese toro, o ir a por otros encastes. Así de sencillo.
Mucho toro buscando las tablas de salida, mucho toreo por los adentros, mucha capacidad de llegar, pero con un toro que disminuye el riesgo, y la emoción la ha de poner sólo el caballo y el caballero. Los mejores de la historia, sin duda. Es el momento justo de dar ese paso, de echarle más raza y bravura. Llegados a este punto de excelencia, los Ventura, Hermoso, Cartagena, Galán, Leonardo, …deben reflexionar sobre esto. Y sobre la propia lidia. Si se quieren asemejar al toreo a pie deben de tener en cuenta de que , a pie, cada toro tiene su faena. Castigo justo y pases justos.
A un toro de veinte muletazos pegarle cuarenta es ningunearlo y dejar al azar la suerte que más daño nos hace, la de matar. Pinchazo va y viene con el toro moribundo y detenido, sin un grado de alma para acometer. A caballo lo mismo. No todos tienen que tener encima de su lomo el mismo número de banderillas ni por bemoles atacarle con las rosas o las cortas por una cuestión de cubrir números y expedientes. Tarde tras tarde vemos a esos rejoneadores pasar una y otra vez armados en la rueda final frente a toro indolente y sangrante próximo a tablas. No hay arte, ni dignidad para el toro, algo que se quiso evitar desterrando las colleras. Y luego, el rosario de pinchazos, el pie a tierra, el descabello reiterado. O se reflexiona sobre ello o, muchas veces estaremos dando la razón a quienes nos acusas de crueldad, pues la pericia, el riesgo o como se quiera llamar, no siempre está dentro del terreno de la lógica del ser humano. Es decir, del arte. Y el toreo, o es arte, o es muy poco.