mundotoro.com - 4 de noviembre
La temporada 2008 ha experimentado una reducción del número de festejos que, si bien no es drástica, es, cuando menos, perceptible. La razón de este retraimiento en la oferta de festejos se ha buscado, acertadamente, en la crisis económica general por la que atraviesa el pais. La lectura básica que puede hacerse es que la crisis ha provocado, con sus inseguridades y sus estrecheces, una mayor timidez a la hora de ofertar festejos. La lectura crítica, que al fin y a la postre, resulta ser siempre la más útil, es bastante más contundente: la crisis está llevando a cabo un proceso de saneamiento que el estamento empresario-industrial taurino no ha sabido llevar a cabo. Está despiojando o desparasitando el sector, diríamos si hablásemos en plata.
Esta afirmación puede herir a priori muchas sensibilidades, pero parece claro que todos en el mundo taurino sabemos que los triunfos se miden también en función del lugar en el que se produzcan. "¿Cómo es que se daban, si eran tan dañinos?", podría preguntar un ingenuo avezado. Se daban porque mecanismos ajenos a la viabilidad empresarial, a la legalidad e incluso a la honestidad, los convertían en beneficiosos para alguna de las partes: la competencia desleal y a la baja, así como el tristemente célebre "túnel" (esto es, cobrar por debajo de lo estipulado), han de verse, pues, como los recursos de determinados empresarios.
El efecto más beneficioso de la crisis sobre el sector parece obvio. Ha supuesto un tajo profundo en la trayectoria de una pescadilla obcecada en morderse la cola. La crisis ha evitado que se celebrase un número amplio de festejos que, duela a quien duela, no tenían, ni empresarial ni artísticamente, razón de ser. Desde el punto de vista empresarial se trataba de festejos que carecían de una demanda suficiente como para hacer viable, o rentable, su oferta. Desde el punto de vista artístico, estamos hablando de unos festejos en los que el triunfo de un torero, o de los tres, no tenía apenas repercusión. No tenían ni tienen credibilidad.
El empresariado taurino podría compararse actualmente con el escalafón. En cabeza, un grupo, por desgracia reducido, que representa la élite en cuanto a solidez, solvencia y profesionalidad en lo que se refiere a los negocios taurinos, dicho sea "negocios" sin ningún matiz negativo. Por detrás de ellos, una triste constelación de individuos que se hacen cargo, al año, de más de 600 festejos y cuya profesionalidad no deja lugar a dudas: no la tienen. Así, en el empresariado conviven dos grupos cuyos intereses son solamente divergentes en los pocos casos en los que no son antagónicos. La crisis ha hecho su trabajo sacudiendo el polvo; ahora toca a estos empresarios serios y cumplidores desterrar de sus asociaciones, sin mayor tardanza, a todos aquellos que han convertido al toreo en un producto de calidad dudable.
La crisis ha tenido otro efecto benéfico: aún sin datos oficiales, se han celabrado más becerradas y novilladas sin picadores. Este es un buen dato, porque señala un proceso necesario que no se estaba produciendo: la racionalización de la "carrera" taurina o, lo que es lo mismo, la buena costumbre de empezar por el principio. El aumento del mercado de las becerradas y las novilladas sin picadores conlleva la lidia de un mayor número de astados menores de cuatro años y, por ende, una selección ganadera más exhaustiva, lógica y natural. Dicen los románticos que algo se menciona cuando se añora; digamos todos "profesionalidad".