'Una Unión indiferente'

Lo peor que a uno le puede suceder es generar indiferencia. Mucho peor, incluso, que generar una crítica negativa y, por supuesto, peor que alcanzar un elogio. Elogio, critica, indiferencia. Por este orden y en esta decreciente degradación ha caminado la Unión de Criadores de Toros de Lidia, el santo y seña de los ganaderos de bravo cuyo historial es tan grande y vasto que, para conocerlo, habríamos de meternos de lleno en los ríos y valles de la geografía y en la historia y en la política de siglos atrás. Ahí le llegó el elogio, cuando eran la Fiesta. No hace tanto le llegó la crítica, negativa casi siempre. Socialmente asociados, eran considerados señoritos improductivos, y en el toreo, sospechosos de pitones y caídas. Pero mantenían el gran interés por ellos. Ahora está a diez minutos de provocar lo que nadie desea provocar.
La indiferencia. En la Unión de Criadores piensan que nadie repara en su rocambolesco proceso electoral, iniciado hace meses y que va a terminar con lo que tenía que haber empezado: la reforma absoluta de unos estatutos carpetovetónicos y apolillados. Llegados a esta línea, algunos de sus dirigentes dejarán de leer este artículo (leen poco, pero no como defecto, sino que concursan entre ellos por esta virtud), pero a este medio no le compete la tasa de alfabetización. Sólo decirles que, más que a ellos, a este medio le duele la indiferencia que la Unión ha provocado en el periodismo, en la sociedad, en los profesionales. Le duele, por respeto.
La UCTL debe respetarse a sí misma y eliminar este proceso arnichesco, consistente en la incapacidad de crear una lista acorde con los Estatutos, es decir, con candidatos que representen a todas las zonas ganaderas, con gentes de edad avanzada y sabios sin duda en campos no hábiles para el toro bravo (apenas lidian) empecinados en tener la presidencia, frente a un grupo muy activo en la producción, mercado y lidia, pero pusilánime y lento en decisiones. Con varios frentes abiertos y una clara pelea de bloqueos de candidaturas entre la mayoría de los ganaderos de Salamanca y otros de otras zonas. Esta historia, hace años, provocaría ríos de tinta en la prensa. Hoy da pereza.
La Unión, tal y como está planteada actualmente, es un cajón de sastre al que le quedan diez minutos para juntar el determinativo y el nominativo: de “de sastre” a “desastre”. ¿Porqué? Porque el toreo y el mercado ha evolucionado tanto que sus asociados tienen intereses comunes (sanitarios, normativos, etc…) pero otros casi contrapuestos, pues hay un grupo que lidia mucho, que necesita gestiones actuales, ágiles y directas; y otro que lidia poco. Y los intereses del mercado son, legítimos y, además, los que marcan la pauta. Una ganadería es un símbolo y una realidad. Como símbolo recoge historia, genealogía, trayectoria… Como realidad, es una empresa. Y los intereses de las empresas activas en mercado y demanda nada o poco tienen que ver con las ganaderías cuyo activo actual es sólo el símbolo. 
En la próxima Asamblea del día 25 comienza el proceso de desbloqueo con, suponemos, reforma de Estatutos (un laberinto nada pasional). Pero la Unión necesita ya una gran reforma de fondo. Una reforma que la haga actual, ágil y eficaz en el siglo XXI. Capaz de introducir al ganadero en la sociedad alejando lo que aún se piensa de él, que es un señorito o un rico nuevo del ladrillo o de pelotazos, y por tanto, da igual lo que le suceda. Mejorar su lectura social y política, mejorar su imagen, y decidir qué intereses comunes lo son y cuáles no y zanjar enfrentamientos que nacen, precisamente, de una realidad incuestionable. Que algunos ganaderos han manejado bien su patrimonio como símbolo y su realidad. Otros no. Y que nadie crea que es o La Unión o nada. Cuvillo no está en la Unión. Y algunos de los que lidian se salen de ella y no sufrirían tanto duelo. Mejor un divorcio que una Unión indiferente.
La Unión de Criadores de Toros de Lidia se gestó en un contexto social, político y económico que varía mucho de la actualidad. Tampoco sus asociados se encuentran en la situación que estaban los miembros originales, y la Fiesta del siglo XXI tampoco es la Fiesta de entonces. La Unión, por tanto, debe reformarse profundamente para ser una entidad fuerte y encajar en este contexto.