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Publicación: 27/07/2010 (11:26)
Recalificar la historia, matar al toreo.
Lo que vaya a suceder el día 28 de julio, pasó hace tiempo. Al toreo en Cataluña le ha sucedido lo inverosímil, como en el realismo mágico de García Márquez, donde la muerte se anunciaba antes de suceder. Es una forma literaria de escribir su epitafio, de conceder al muerto el final honorable de una vida grandiosa. El toreo en Cataluña ha sido un genio mágico, libre, honesto, leal y culto, el rastro de la propia historia que incomoda, el símbolo de lo que no se pude domesticar. Es un genio que habla un lenguaje superior al catalán y al castellano y al francés, que se escribe con la tinta de la memoria y que sirve para que un tipo de la Gran Vía, otro de Canaletas y otro que pasea por Ceret, se den la mano. Algo así, alguien así, causa estragos en una política tan dedicada a fraccionar y parcelar éticas, morales, culturas, lenguas, economías…esa política que vive de parcelar playas sin mar en donde montar el chiringuito de un país del que se dijo que fue el ladrillo su mayor avaricia, cuando en realidad la avaricia es la parcela de la que se fueron apropiando, poniendo su banderita, el hierro, esos partidos llamados nacionalistas que no son, en esencia, otra cosa que recalificadores de la historia.
En esa finca del tres por ciento recaudado sobre cada ladrillo puesto en la que muchos políticos convirtieron a Cataluña, en esa recalificación nacionalista de su pasado y de su cultura, se anunció la muerte del toreo. Por eso, lo que se vote o no se vote el día 28J en su Parlamento, es un libro que ya está en las librerías, cuyo contenido es el final continuado de una reinvención de la historia catalana que comenzó en el primer Gobierno de la Generalitat prohibiendo las plazas portátiles. Iban despacio. Pero, en la última década, enfermaron de pura prisa y les dio por hacer vértigo de la reescritura de su pasado. Abracadabra. Desde que Zapatero pidió a Maragall y al PSC el apoyo para ser secretario general del PSOE contra la trinchera de los barones históricos del partido, y por tanto candidato a presidente de España, comenzó esa diarrea de acciones. Hubo pacto. Pacto de desespañolización con un ingrediente que irrita aún más, que quien hable de desespañolización es reo de fascio.
Este apoyo tuvo y tiene un precio: animar al vértigo del chiringuitismo, avanzar a hacia un encaje distinto entre Cataluña y España, por el método de hacer la luna, zizagueando en la noche una emboscada contra el vaquero que vigila la manada. La Constitución. Ha habido tanta emboscada, tanto disparo de francotirador, que han necesitado de una cortina de humo, de maniobras de distracción sobre asuntos que ni le van ni le vienen, ni desvelan ni alteran el corazón o la barriga de un sólo catalán. Fútbol y toros. Franco. España. Ellos. Al mismo tiempo, se propusieron desespañolizar elevando al cielo a la selección nacional de Cataluña, y acabar con el toro. Por cuestión de señas de identidad y desentidad. Para recalificar. La Eurocopa y el Mundial ha esterilizado la infección en el fútbol. Pero al genio del toro le inyectaron veneno letal de muerte lenta.
Primero modificaron en 2004 su Ley de Defensa de los Animales, recalificando la libertad de toros a los guettos de las plazas ya construidas. Darlos extramuros, era pecado. La clase política compró la voluntad del propietario del emblema taurino, la Monumental de Barcelona, plaza que se vendió o se cedió hace años, en un pacto a la sombra, anunciando la muerte del toreo al pasear su féretro sin el muerto dentro. Se agilizó la tramitación de una ILP liderada por un argentino de apellido siciliano, Anselmi, en un rocambole histérico e histórico. Y cuando algún periodista señaló con el dedo la catalanidad del sujeto, El Colegio de Periodistas de Cataluña le mandó una advertencia deontológica amedrentadora, cuyo precedente es la censura previa. Escrito nada exquisito y en catalán que aún conserva un servidor, mientras la clase política rechazaba una ILP sobre vivienda y otra sobre transgénicos. A todo esto, la sociedad taurina, tan atada por las administraciones, tan desestructurada, y tan ocupada en sobrevivir, desleida y con arcaísmos en sus instituciones, ni cayó ni cae en la cuenta de que esta historia tiene un final escrito desde hace décadas. Se dedicaron a pasear bajo palio a los santos, Picasso, Goya, pidiendo la lluvia que nunca les llegó.
Esta reescritura de la historia y del pasado de Cataluña, esta forma de buscar un encaje que permite la recalificación y la parcela, esta imposición de lo mío para desaforar a lo nuestro, este catetismo mezclado con cierto complejo de inferioridad y la ausencia de argumentos políticos ciertos, envenenó al genio que es el toreo. Lo enfermó del mal de la muerte anunciada, y lo está haciendo matar y morir, morir y matar, de una forma tan canalla que este año, los franco catalanes nacionalistas de Ceret y Perpignan, nacionalistas en sentimiento catalán no separador, cantaron El Segaors como cada tarde de su pasado histórico. Que, es, en parte, su feria de toros. Esos franceses catalanes son los que mejor y más dignidad están dando a la muerte violenta del genio que es el toreo en Cataluña, al que, además de darle muerte, le han quitado su dignidad de enfermo envenenado con acusaciones de maltratadotes, violentos, asesinos, degenerados. Se puede matar. Y se pude morir. Pero lo peor, lo más vil, es la argumentación falsa y cainita que trata de quitar la dignidad a quien tiene los días contados porque se está reescribiendo una historia en la que no tienen cabida. Eso, si no lo remedia un milagro nacido de los hombres y las mujeres que nos ha tocado vivir un tiempo político y social en el que recalificar la historia tiene un bonus. Y la promesa de una parcela con chiringuito en un pedazo nacionalizado de playa sin mar.