Faena de Ventura, en la plaza de toros de El Bibio I JOSÉ MIGUEL ARRUEGOlinea-punteada-firma1

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La empresa y Ventura decidieron regalar un sobrero, que lució el hierro de Guiomar Cortés de Moura y resultó excelente. Ventura lo recibió con la garrocha y en banderillas armó la mundial con ‘Fino’. A sus lomos galopó de costado con templada intensidad, recorriendo varias veces el anillo a milímetros de los pitones, quebrando por dentro con la grupa la embestida del ‘murube’ e incluso cambiándose de pitón en el galope. Un espectáculo al que puso la guinda ‘Dólar‘ con su cada vez más célebre par a dos manos sin cabezada. Las dos orejas después de un certero rejonazo fueron indiscutibles.
El quinto pareció la reencarnación de Ferdinand. Distraído, abanto y sin celo, oteó el callejón y midió las tablas con intención de fuga y cada vez que sintió el caballo cerca salió de estampida. El público formó un guirigay en el tendido pidiendo de forma airada su devolución, algo que el reglamento no contempla, pues el astado no tenía ningún defecto físico. La bronca se oía en Llanes cuando ‘Nazarí‘ hizo su aparición en el ruedo. Y su actuación, por el modo de encelar al animal, de jugar con su querencia, de pisarle los terrenos hasta hacerlo embestir, todo con elegancia y compás, lo consagró como el caballo más importante del momento. Estuvo soberbio.
Remató la faena ‘Lío‘, que en la distancia corta provocó al manso de ‘Romão‘ hasta provocar su arrancada y quebrarlo en un baldosín. Seguramente la lidia a caballo de más mérito de toda la temporada, no calibrada en su justa medida ni por el público, que pidió la oreja sin la pasión que la obra demandaba, ni por el palco, que tiró de reglamento en lugar de sensibilidad para recompensar la magnitud de lo que realizó Diego Ventura.
Diego Ventura malogró con los aceros una faena grande. Muy grande. Porque a la torería, la doma y la pureza de todo cuanto realiza, añade la reunión, la angostura en los embroques, y la emoción se multiplica. Se dejó llegar mucho al toro a lomos de ‘Importante‘, que hizo honor a su nombre, y después de cuadrar en la cara puso los pelos de punta al cónclave con sus piruetas. Porque no es lo mismo hacerlas en la playa de San Lorenzo que pasarse los pitones por los pechos del caballo. Con ‘Bronce‘ puso un par a dos manos, se inventó un par después de una elevada y cuando tenía las orejas en la mano, no encontró la muerte hasta la cuarta tentativa.