C.R.V.
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Ya no se escriben cartas de amor con plumas de pájaro. Se mensajea, corto e  insistente, con la tinta virtual en una pantalla. Un hombre atraviesa el mundo en un segundo de norte a sur para declarar sus sentimientos….desde el asiento de un coche, a la espera del semáforo verde. Antes nuestros abuelos agarraban  un tren interminable o embarcaban, y entonces el amor olía a sal de mar y a velas de viento. Ya no repican las máquinas sus teclas de crónicas de toros hacia la linotipia. Se escriben veloces, como si lo importante fuera contar antes de que suceda. Amar. Torear. No es que no existan, es que los hicimos veloces. Hemos creado el mundo de los vértigos apresurados. Pero aún hay quien nos anima a escribir de amor, de sentimiento, de toros, con la caligrafía cuidadosa de pulso a compás que exige la  pluma de un pájaro. Morante de la Puebla.

El arte no pasa, sucede. Lo que sucedió fue, más allá de una vuelta tras una cornada, de una encerrona, de cada lidia de cada toro de una corrida sin una gran estrella, pero con mucha luz de Juan Pedro, es que alguien nos obligó a escribir con la mejor de las caligrafías desde la pluma de un pájaro. Sobre dos sentimientos: torería y creatividad. Escribir afirmando que la torería es arte por si sola y que la creatividad no es hacer cosas nuevas, sino hacerlas como si jamás nadie las hubiera hecho. La forma añeja  de parar a todos  los toros con los brazos arriba, el  torear a la verónica del segundo o el tercero, las medias toreadas apenas con medio capote, el toreo a dos manos de manos juntas y muñecas mágicas, las chicuelinas , incluso ese par genial sentado en una silla, chulesco y torero, para quebrar con una cortas, o la larga que le tiró al seto de rodillas…todo eso, no lo inventó Morante, pero las sucede o hace como si fueran hechas o sucedidas por primera vez.

Tuvo la corrida eso, que todo era primera vez. Y torería, que es eso que el desdén de lo fatuo, lo vulgar, arte en si mismo. Con un físico más liviano, sonrisa y buen aire desde el paseíllo a plaza reventada, la corrida tuvo un transcurrir de culto. Suerte con el primero, primer contacto, un toro noble y sin apretar con el que el torero reapareció con   una faena con la pretensión única de aperitivo de calidad a cuenta gotas. El segundo sacó carbón dentro de hechuras ideales (sobresaliente la elección de los toros, bajos, con cuello, perfiles de trapío y sienes estrechas) y fue en las fueras donde Morante se reencontró con su capote, a la verónica. Marrado en varas por el picador, fue toro exigente y con fondo, para romper por abajo pues iba por dentro en segundo o tercer pase por el lado derecho. Más claro al natural, por donde Morante dijo más hasta que se ancló para fajarse por abajo con la derecha, ates de un final donde un molinete nos trajo a Belmonte.

Mató eficaz. En realidad sólo un pinchazo, en el sexto, toro de ideales hechuras al que recibió con el arrebato de una larga de rodillas y una docena de verónicas hacia el centro del ruedo y luego un quite por Chicuelo con dos medias cumbres. Un par arriba fue caro, y el tercero, sentado en una silla, pierna cruzada sobre la otra, quebrando por dentro y con un par de cortas, de genio. Y la apertura de faena, brazo  en las tablas , dos trincheras de escándalo. Mucha capa por abajo le habían dado al toro, que se apagó pronto antes de que Morante saliera en hombros a compás de las palmas por bulerías.

Esos fueron principio y final. En medio, actos llenos de lo que es el toreo, incluso en la lidia del cuarto, que se pegó una  enorme y le duró lo que duran  cuatro naturales. Tuvo el tercero finura de cabos, algo zancudo pero no alto, cara para arriba y para delante, cuello, bravura y calidad, muy sangrado en varas. Ya había formado un lío con el capote, para torear dos manos, inicio de faena, reunidas con la yemas de los dedos y las muñecas a compás. Hubo como dos faenas, una en los medios, de calidad, pausa, trazo largo, reunión, y otra de una profundidad enorme en los terrenos de adentro, con un toreo al natural que no se detenía. Que pedazo de faena. Esa fue la más lenta, honda, pero la más exigente y fuerte la del olé más ronco, fue la que le hizo al quinto, toro de Parladé de carácter, al que ligó cuatro tandas con la derecha de ajuste firmeza, compromiso.

Por el pitón izquierdo el toro no le ayudó. Una faena de las de mérito y exposición que terminó con el toro metiendo la cara entre las manos, sin dejarle entrar a matar, hasta escuchar dos avisos. Ahí perdió alguna oreja, pero estas tardes no se cuentan con orejas. Apenas se pueden contar. Esa enciclopedia viva que es el toreo que sucede con Morante, allí donde confluyen Gallito, Belmonte. Pero todo nuevo, Todo hecho como si nadie lo hubiera hecho antes. Posiblemente porque esa forma de hacer o suceder el toreo, nazca de una pasión o de un propósito de creación. Que nos obliga de nuevo a escribir en tinta y con la pluma de un pájaro.

Plaza de toros de Ronda. Corrida goyesca. Cielo encapotado. Lleno de ‘No hay billetes’. Toros de Juan Pedro Domecq y uno (5º) de Parladé. Morante de la Puebla, que actuó en solitario, cosechó el siguiente balance: ovación, oreja, dos orejas, silencio, ovación tras dos avisos y ovación.

  

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