C.R.V
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Madrid (España).Un  mandato  bíblico del Génesis, Antiguo Testamento,  base de la ley natural del ser humano que exige prolongar la especie y hacerla evolucionar. No basta con alargar nuestro adn, es necesario evolucionarlo. En el toreo, como en la vida, hay más prolongación de especie que evolución. Esto último queda en manos de aquellos toreros capaces de modificar su sentimiento en una dirección: siempre un paso hacia adelante desde el punto de partida que fueron sus orígenes.  Algunos toreros son evolutivos, tienen un toreo sensible por inteligente, son buscadores de algo nuevo: crecen. Y el toreo crece con ellos

No se va a hablar aquí de El Juli, cuyo crecer se sucede casi a Golpe de Estado contra si mismo. El límite mostrado en Olivenzano tiene  horizonte  susceptible para la vista. Ni de Morante, que crece desde la sutilidad de un toreo que  logra la atención de todos en la formas, pero cuyo contenido es sólo apto para evolucionados. O Perera, cuyo valor crece en una especie de obstinación  por hacer más reducidos los ángulos de este triángulo: quieto, largo, cerca. O el de Talavante, que está a punto de saber que puede saber más, que puede que esté encontrando la forma de contar en la plaza las historias que siempre tuvo pero aún no encontró lenguaje para decirlas. No se habla aquí de ellos. Los que hemos visto en Olivenza. Y aún faltan por debutar este año otras figuras conocidas que se examinarán de lo mismo: de si crecen o no.

Lo bueno de los toreros buenos es que no se les pueda conocer, aunque se les pueda reconocer. Nadie sabe o conoce lo que está por crecer. En el toreo el Génesisy su mandato duermen tranquilos en lo de multiplicarse, hay muchos. En lo de crecer, hay desvela. Pero resulta que a veces, esa forma de ver el toreo con las lentes del prejuicio, nos lleva a no ver, o a negar, o a ningunear a algunos toreros que crecen. Muchísimo.  Toreros que están en la élite aunque no estén en la púrpura, que no es lo mismo. No hay más elitismo que lo que es superior en evolución, en el trayecto hacia adelante. Que no es velocidad. El toreo niega la velocidad en todo, en el toro y en su puesta en escena: jamás será una carera  de cien metros lisos. Dentro de la multiplicación de toreros existentes, todos pueden correr los cien metros lisos. Sobre todo el si el toro tiene la misma velocidad.

Pero los que crecen son otra historia.  A esos los buscas, los esperas, los ilusionas y hasta los piensas o tratas de intuir. Eso es lo bueno del toreo de estos toreros: logran la maravilla de hacerte pensar, de pensarlos. Te obligan al esfuerzo de cómo hacer para contarlos. Porque, insisto una vez más, se está contando a los toreros, y al toro, y al toreo, como se contaba hace dos siglos. Con un léxico decadente, agotado y anacrónico que ya no explica ni narra el toreo que crece, ni al toro que embiste,  ni a los toreros que crecen. Bravo/manso. Figura/no figura. Torista/toerista. Qué pereza. Pero, si este lenguaje sólo fuera algo caduco y no fuente, base, pilar y germen del prejuicio ramplón y de la agresividad contra el crecimiento, no pasaría nada. Pero ¿cómo contar lo que crece si usamos una narrativa que ya no crece?

Es decir. ¿Cómo contamos a Antonio Ferrera? ¿Cómo le decimos en un texto a su forma innegable de crecer, de evolucionar, de estar siempre al pie del deseo de experimentar? A veces no sabemos contar lo que, de verdad, cuenta. Ferrera.

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