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El toreo no se explica. En el toreo, se cree o no se cree. Se cree en él con furia, con bala, con seda, con pasión. Se cree incluso con desaliento. Hasta el derrotado de torear no pretende explicar el toreo. Cree en él. Hay expertos que tratan de explicar el arte: la rima, el verso, el trazo del pincel, la luz, los volúmenes. Puede que ese arte sea explicable. Incluso puede que no haya que creeren la pintura o la literatura. Quizá basta con explicar. Pero no es el caso del toreo. Por dos razones sencillas. Una, porque en el toreo el verso escrito no se puede escribir de nuevo. El muletazo trazado no tiene goma de borrar. En el toreo se escriben rimas sin derecho a rectificar. El toreo es un teclado sin la tecla “Supr”.

Y,  por ser así, por ser arte donde no hay esperanza de un bis, un espera que me salió mal, el toreo es el único arte que deja margen a la posibilidad de la sangre. Un mal verso no sufre in situ el castigo de la herida. En el toreo, un mal verso se paga con sangre. Es más, en el toreo, lo que iguala a todos, a los más nuevos, a los más viejos, a los más exitosos, a los más desconocidos, de un país u otro… es la posibilidad de la herida. Y la posibilidad de la muerte.

La sangre vertida por Alejandro Amayaen Tijuana, en la frontera noroeste entre Estados Unidos y México, y la derramada por Alvaro García en la plaza francesa de Samadet, son idénticas. Inexplicablemente idénticas. Creíblemente idénticas. Dolorosamente iguales. Tienen el mismo color con el que se pinta el dolor, la misma densidad con la que se pega al bordado de las taleguillas y deja el mismo rastro de volver a empezar en la arena. Tiene la misma necesidad de bisturí, el mismo colgar de sueros, las mismas batas verdes, el mismo mirar errado que tienen los ojos al despertar de la anestesia. ¿Es o no es igual?

Igual a pesar de la insistencia médica de la desigualdad de grupos sanguíneos. Un médico trata de explicar la sangre. El torero cree en ella. El toreo cree en ella porque en ella está la justicia de ley no escrita de lo igualitario, la crueldad de lo igualitario y el dolor de lo igualitario: cuerno, pitón, muslo, carne, venas, herida. Igualan aAlejandro Amaya, un matador de alternativa con sus carnes ya alertadas, con un niño disfrazado de hombre que debutada con picadores, con las manos vacías de experiencia y los sueños llenos de toreo de Álvaro García.

La sangre iguala al más valiente, al más rico, al más bello. También iguala a éstos  con el  más cobarde, el más pobre, el más feo. Los hace iguales. Pero, además, en el arte del toreo, todos se igualan ante la posibilidad de la muerte. No en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. En el tremendo azar cabalístico de poder encontrarla camino de su arte. Por un verso mal rimado, por un trazo sin pulso.
 
Por esa razón, el toreo, así nos empeñemos miles de años, no se puede explicar ni definir ni contar. Se cree en él o no se cree en élY se cree a ciegas o no hay medias tintas. Sin un espera o a ver qué o de qué modo. Podemos explicar, sí, que todo vivo puede ser amenazado de muerte. Pero, como escribió Carlos Fuentes, los toreros deberían sufrir amenazas de inmortalidad

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