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Es en el campo, pisando la hierba que pisan las vacas que han ganado en la tienta el derecho a poseerla, donde esta sociedad derrite sus argumentos. Todo es útil aquí. Naturalmente útil, sensiblemente útil, hermosamente útil. El árbol que ya estaba antes del becerro y de la vaca, asienta la tierra, la atrapa con sus raíces, detiene al sol, es hogar de aves. La hierba sólo lo es si hay lluvia. Sólo el agua calma la sed. Hay un reparto de terreno que equilibra querencias y existencia. Hay un ciclo vital del día y la noche, de nacer y morir, de sol y de luna. Todo es útil acá, gente de ciudad. Gentes temerosas del temor cuyo miedo ha nacido antes de todo terror. Justo cuando nos enseñaron que nacer era gratis. Cuando nos creímos que una forma de vida nos es regalada en el parto doloroso de una madre.

Hicimos un país en el que su bandera sólo es para el fútbol y en la victoria. Una sociedad en la que ocultar la muerte es mejorar la vida. Esconder la sangre es negar la herida. No ver sufrir es un nirvana de anestesia. País que desarrolló las caricias y los elogios para enterrar a los muertos que lapidamos en vida. Hemos hecho un país gato, país perro, país mascota, país de derechos en palabras envasadas al vacío. País de silencio de corderos. Hemos hecho un país sombra. A este país le hemos quitado el sol. País que esconde al campo, traidor de la espuela, secuestrador de la rienda. País que metió en la cárcel del olvido a lo que no quepa en un twitter. País que ocultó que sufrir es prepararse para el terror.

No basta con no odiar para no ser odiado. Idiotas. Urbanitas. Perroflautas. Políticos del bienestar que es malestar. No basta con escribir derechos sin pelearlos. Sin crear seres humanos sensibles y solidarios preparados para la guerra que siempre llega. Un hombre un voto no basta. Un hombre, un hermano, dos manos, un cuerpo, una mente, un corazón, un cuerpo, una sangre igualitaria. Un hombre un voto, idiotas, sí, pero decenas de huesos que se quiebran y crujen, que se sueldan y vuelven a caminar. País perfume sin olor a hombre. Eso nos ha pasado. Seguid prohibiendo al campo. Seguid persiguiendo lo que nos fue dado y conquistado como natural por y para el animal más hermoso del planeta: el ser humano. Continuad en esa descreencia que consiste en llamar violencia a lo natural y terminaremos haciendo un país de mascotas. Seres humanos mascotas.

Seguid haciéndonos pensar que algo hemos hecho. Que cada vez que nos matan, nos torturan, nos hieren, algo habremos hecho. Habéis creado una sociedad donde la víctima es la culpable. Como la Tauromaquia, culpable de señalar con el dedo a una caricatura de almíbar de un país que necesita urgente una transfusión de verdad, un chute de realidad, una sobredosis de rebeldía. Un país que al orgullo de serlo lo llama violencia. País confort, país asambleario, país de la palabra sin actos. Aquí nos ha tocado vivir. No basta con lo que nos dejaron los que nos precedieron. No basta con el dolor de parto, éste no nos exime de nuestro sufrimiento natural.

El que hace que tengamos la posibilidad de ser hombres. Ser grandes. Somos raíces sacadas de la tierra para echar raíces de nuevo. Llevamos el eco de las luchas de los nuestros. Nuevos idiotas, sí, idiotas nuevos nacidos en el bienestarismo. Somos parientes del abuelo que sintió las heladas en los huesos y de las abuelas que moldearon el pan con sus manos de grietas y surcos. Imbéciles. No caímos de pie en este mundo por azar. No somos el comando salvador de perritos que van a ser los mejores amigos de los hombres. Cínicos. Incultos. Nada es gratis. Somos el presente de un pasado de espuela, de espada, de corazón, de campo, de vaca, de toro. Borrad eso y seremos un país de temor, una sociedad de miedo. Un pueblo derrotado.

Desde el campo se escribe: ciudad de águilas disecadas, de árboles en fila, de flores que no huelen. Ciudad de alcantarillas que observan nuestros pasos, ciudad de dolor inmóvil, de olor detenido, ciudad de amores aplazados, ciudad de piedad quieta, de ancianos prematuros, ciudad mueca de vida, ciudad de los adioses continuados, de ‘te quieros’ de cartón, ciudad de calles diseñadas para no rozarnos las manos al pasar, ciudad hora punta, ciudad sin mirarnos a los ojos. Ciudad de párpados domesticados, de miradas reiteradas. Ciudad perro y hueso de corazones famélicos. Ciudad de pasados fatigados. Ciudad de futuro en conserva.

Pensemos. Existe el enemigo porque existe el amigo. Cada hombre y mujer de tu lengua es tu hermano, no lo es el gato ni el loro. Sangramos porque nacemos. Morimos porque nos curamos. Y es aquí, en el campo, en las extensiones aisladas de esas ciudades sin cultura, ciudades mirada de pájaro enjaulado, donde esta sociedad derrite sus argumentos. Que son excusas para no luchar. No basta con nacer para tener derechos. porque no basta con amar para ser amados. Ni basta no odiar para que no nos odien.