Don Gil y sus pollas I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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De todos los posibles oriundos de la palabra gilipollas, uno me enternece. Ese que cuentan que un tal Baltasar Gil Imón de la Mota (casi ná) fiscal en el reinado de Felipe Tres (III), se desmelenaba el hombre para colocar en buen matrimonio a sus hijas y los cortesanos se partían el c (eso) de él y de ellas: “ahí van Don Gil y sus pollas”. Gilipollas. Hago ver que, en caso de pasear el citado con solo una de las sus amadas hijas, la frase sería “ahí va Don Gil y su polla”. Por eso la aclaración del titular de este incordio para gilipollas.

Hago anotar a vuesas mercedes y a los imbéciles del revisionismo que en el S. XVII, pollas hacía referencia a las chicas jóvenes. Cuestión que anoto para la amplia gama de incultos, analfabetos y palanganeros del no saber, grupo ya mayoritario en este país llamado España, con permiso del carlista con cara de exceso de vino llamado Torrá.

Dice la RAE. Real Academia donde las haya, que gilipollas es malsonante palabra. Siendo fiel en grado máximo a tal Academia, propongo que lo malsonante sea depende. Porque llamados gilipollas algunos y algunas, es decir, “que es excesivamente tonto, estúpido o lelo”, es ad hoc de lo que son y ejercen de forma insistente. Díganme que son sino4, según informa ABC citando a la Agencia Ep, las asociaciones Libera y Fundación Franz Weber, cuya penúltima gilipollez, y que no decaiga, ha sido realizar una campaña de presión con recogida de 157.000 firmas para exigir un marco regulador que prohíba el maltrato animal de ponis, burros, caballos… en carruseles y tiovivos de Galicia. Manda carallo. Maltrato en los tiovivos.

Dicen que esos animales sufren agotamiento, obligados a dar vueltas y vueltas y escriben científicamente lo que soportan: “ruidos y golpes de menores y adultos”, daños musculares” y “padecimientos psíquicos”, cuestiones que vienen avaladas por AVATMA, esos nuevos cerebros de la veterinaria cuya denominación dice ser Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia. A todos estos entes, que juntos sirven para apañar media neurona, les hacen caso medios, gobiernos, partidos y demás afrodisíacos culturales ejemplarizantes.

Hace poco una dicen que escritora, Lucía Echevarría, se hizo un selfi de esos en los que probaba a la humanidad que lo de la bravura y la acometividad del toro bravo era mentira, poniendo su mano en el hocico de una vaca mansa en una bucólica montaña. Yo quiero que demuestre eso mismo de los tigres de Bengala. Acariciando a un gatito castrado. Eso, de libro, es “excesivamente tonto, estúpido o lelo”. Es decir, gilipollas. Y no malsonante. Aunque, pensando un ratito, lo de lelo mola. Leo. Pues va a ser que si. Lelo. Cumbre.