icono-sumario Castrar a millones de perros y gatos para que puedan convivir mejor en una casa humana, es maltrato o qué es

icono-sumario Ruego un cambio de discurso en las gentes de la tauromaquia

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C.R.V. > Madridlinea-pie-fotos-noticias

 

Los niños del año 2000 dirán que una granja es un lugar donde los pollos caminan. La frase no es mía, aunque me gustaría que lo fuera. La escribió George Bernard Shaw (Nobel de Literatura, 1925). Yo afirmo con otra. Los pollos del año 2100 dirán que una granja es un lugar donde los niños caminan. Ya. Estoy loco. Lo mismo dijeron de George. Pero, cada vez que pueda, diré en voz alta que no estamos presenciado un sesgado o limitado cerco a la tauromaquia, sino un calculado, preciso y estructurado negocio que necesita elevar al pollo al rango del niño. El de las mascotas. El más perverso, deshumanizado y artero negocio que haya ideado el ser humano contra el ser humano.

En redes sociales me escriben gentes que son, al mismo tiempo, aficionados al toro y dueños de una mascota familiar. No están de acuerdo con esta ecuación que denunciaré cada vez que pueda. Pero para mi es evidente. El otro día la presidenta de PACMA debatió con Ponce sobre lo mismo. Si toros sí o toros no. Si maltrato sí o maltrato no. Yo ruego que a estas asociaciones que piden el fin del toreo por razón de maltrato animal se les diga lo siguiente. Si castrar a millones de perros y gatos para que puedan convivir mejor en una casa humana, es maltrato o qué es. Si el reparto de recursos humanos de este país en el que gastamos más en mascotas y su bienestar que en los ocho millones de pobres que censa Cáritas, no es un maltrato al ser humano, una perversión del animalismo frente al humanismo. Rogaría ese debate.

El gran debate que a nadie le interesa. Y el toreo ha de comenzar a presentar ese debate pues se trata del asunto del futuro inmediato. Nos acusan de maltrato por una cuestión de moral o ética supuestamente superior, quienes achican y esconden esa misma ética y moral cuando se les plantea el debate de la mascota y su negocio. ¿Por qué razón? Esa doble moral, esa lengua de serpiente de doble rasero, es el gran debate de toda cuestión moral sobre los animales. Además, yo no acuso a una moral distinta a la mía. Eso es fascismo. La ética es una convicción privada. Prefiero la decencia a la moral, porque decencia es una cuestión pública. Decencia es el mismo rasero moral para todos los casos.

Decencia, no moral privada. Decencia que obliga a un ciudadano a no tolerar que haya nada ni nadie superior a las leyes. Las de este país y esta Constitución, que ampara la Tauromaquia. Ruego un cambio de discurso en las gentes de la tauromaquia hacia este polo, hacia este terreno, el que ellos mismos han elegido y manipulado. Usan una argumentación de estúpidos. Es tan evidente y tan fácil la argumentación de la tauromaquia, que me causa frustración que no se usen estos razonamientos frente a la opinión pública. Cicerón dio en el clavo al afirmar que un general estúpido puede ganar batallas cuando el general enemigo es más estúpido todavía.

Es como si en el fondo de nuestra impotencia hayamos encontrado un sentimiento de derrota y no rebeldía intelectual. Nos quitamos de nuevo la ropa cada noche como si nos quitáramos el cuerpo. Y no es lo mismo. Uno se puede desnudar de ropas, pero jamás entregar alma y cuerpo a nadie. Mucho menos a la clase política, sucesora de ninguna cultura y presta a la compra del voto a precio de incultura. Sobre la tauromaquia y la aportación positiva de esta generación de políticos resumo con otra frase: vuelvo a pensar en ti para volver a olvidarme de ti. Así ha sido en los años últimos.

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Me resisto a creer que, al final, la tauromaquia es más bella desde lo escrito que desde lo hecho. No quiero acusar de lo que se acusa a los poetas, a quien se les achaca haber hecho del amor una bella impostura: el que nos toca vivir siempre nos parece menos hermoso que el que leemos en sus poemas. Me resisto a creer que no podemos argumentar de forma talentosa que asistimos al odio extraño, a una especie de revancha extraña de una generación de políticos que pretenden hacer del toreo el plato frío donde se sirve lo vengado. No somos esa actividad franquista, elitista, de ricos o fachas. Somos la estela de Alberti y de Lorca. Estela que no siguen. Pero me resisto a ser la sirena que llora la espuma que deja un barco rumbo a su final.

Entendamos que es falso que el poder corrompa y que lo que sucede es que hay políticos que corrompen el poder. Entendamos que no es cierto que seamos maltratadores de animales, sino que somos maltratados por supuestos animalistas que consienten el maltrato a los animales. Entendamos eso y tendremos el argumento social que nos dará la victoria. No venceremos. Convenceremos. Dura más convencer que vencer. Si ellos ganan, sólo lo harán venciendo. Si ganamos nosotros, solo será convenciendo.

Por primera vez y veces consecutivas, sintamos el placer casi perverso de ser superiores por ser diferentes a ellos. Es difícil no sentirse superior cuando uno sufre a causa de la felicidad perversa del otro. Esta felicidad de quien nos prohíbe, ha de causarnos náusea. Con inteligencia. De la náusea, ya lo dijo Sartre, se ha de huir. Huir de sus argumentos, huir de sus debates, huir de su terreno, de su peste, de olor. Tengamos el nuestro de forma talentosa, dando la vuelta a su calcetín usado y manido.

No tratemos de explicar el tacto de una piel de mujer a un orangután, ni las delicias perfectamente encajadas de un beso a una marsopa. Es tan estéril como cansino. Y eso estamos haciendo. Observo una especie de odio sin sentido y el odio es la venganza del cobarde intimidado. Del ser inferior. Del insensible. Del maltratador cierto. Si es cierto que, como afirmaba José Luis Sampedro, vivimos tiempos de ignorancia en nuestros gestores, creo que estamos asistiendo en estos meses al terrible espectáculo de la ignorancia en acción.

Por tanto: ¿para qué hablar de Picasso a quien prefiere una fotocopia de un Picasso? Para qué hablar de un hogar a quien elige libremente una comuna. Dejemos de una vez ese debate de fronteras tan definidas que se ha convertido en un pleito de siglos entre quien no se explica y quien no se entiende. Mudos y sordos. Dejemos de explicarles qué es el toreo. Yo no sé que es. Hoy lo veo como algo que me transporta a un mundo que no es éste. Que me rescata. Un mundo donde el dolor existe, sí, pero me ensancha, me serena, me hace más culto, más tolerante, más humano. El río agitado que halla la paz del lago. Pero, ¿por qué explicar esto a quien cree ser dueño de todos los océanos?

Intuyo que ellos son felices pensando que en el 2100, un pollo soñará con esta granja: un lugar donde los niños caminan.