Diario de CRV desde México I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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El ser más necesitado del ismo ‘nacionalista’ o ‘nacionalismo’, no es el ser humano. Es el árbol, condenado a vivir y morir allí donde lo plantaron. El ser humano cambia, viaja, camina, se pregunta, ve mundo, percibe naciones, pueblos, culturas, amores. Ningún zopilote se posa en nuestras ramas u hombros mientras somos vivos. Si lo hace en las de los árboles, en el mezquite o cualquier otro. No tienen alma para alejar a los carroñeros. Los árboles del Jardín de San Marcos en Aguascalientes, son los mismos que vi hace mas de una década. Y los mismos quizá que vieron los revolucionarios que firmaron no sé que pacto en esta ciudad, al lado del año 1910.

Los árboles necesitan del orgullo de su nacionalidad porque no les queda otro remedio. No facturan maletas, no empacan mochilas. El toreo es lo más parecido a un árbol y a un ser humano. Tiene de árbol que es más de lo mismo en el sentido de que la verónica o el volapié se parió para ser contado por esas mismas gentes de al lado de 1910, y sin embargo, tiene de ser humano que los toreros han de ser hijos de sus tiempos. Una verónica no tiene nacionalidad ni es argumento de nacionalismo alguno, no tiene patria en el sentido de tierra. Se hace el lance aquí, y allá, lejos cada aquí y cada allá.

El toro aún tiene menos sentido o necesidad de nacionalidad o nacionalismo, a pesar de ser apegado a la tierra. Son los que lo narran, los que cuentan al toro, los que apelan al nacionalismo del toro. En México hay una especie de mirada a lo ‘tlaxcalteca’, hacia el toro español. Anda de moda una muy buena ganadería, la de Jaral de Peñas y han estigmatizado a la Teófilo. Bien. Vi la del pasado domingo en CDMX y luego de un gran toro, más enrazado que bravo, de emotiva movilidad y pujanza, y toro también para poder reducir la embestida, pues metía la cara con el pitón de dentro. Pero los otros… luego fue una corrida más.

En las ganaderías hay toros buenos, españoles, cruzados, puros, mexicanos y medio pensionistas. No hay nacionalidad para la bravura ni siquiera, si me apuran, para una ganadería o incluso, para una camada. Luego de dos corridas muy buenas, saltará el toro malo. Que se crió con el mismo celo y cuidado que el bueno. La bravura no tiene nación en una ganadería sino en cada toro. Es una buena vacada la de Jaral, claro. Está en manos de una casa de manos ganaderas. Pero no compró la denominación exclusiva ni del trapío de ni de la bravura. Ni de la españolidad del toro, ese que demandan en México las narrativas de las almas ‘tlaxcalteca’.

No soy árbol condenado a vivir allí donde me plantaron. De una parte de donde procedo y vengo, el toro jandilla/juanpedro está estigmatizado. Y el purismo narrativo pide el toro de saltillo/santacoloma. De la otra parte de donde no procedo pero en la que me encuentro, el saltillo de ganaderías como Teófilo ya están satanizadas. Y se pide lo español de jandilla/juanpedro, eso que el español purista denosta y rechaza. Allá, España, se acusa del monoencaste al toro que se pide acá donde me encuentro, México, en donde el monoencaste es saltillo. Osea que los conceptos de pureza dependen de las naciones en donde se hable de pureza. Que extraño.

Pero estos ‘purismos’ sólo son la visión del árbol. El árbol de allá. Y el árbol de acá. Los árboles no viajan, no caminan, no observan, no se preguntan, no leen poesía.

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