Curva de entrada a Estafeta I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

ARTÍCULO DE C. R. V.> Madridlinea-pie-fotos-noticias

 

Las protestas de los corredores en Pamplona tienen el sonido del lamento por una ausencia. Han perdido algo que les es vital, quizá la piedra angular de su correr. Han perdido al toro. No cogen toro, no encuentran toro para introducirse unos segundos en sus amplias cunas. No hay espacio por el que entrar frente al testud. Los cabestros son un muro en veloz movimiento que hace de la manada un algo infranqueable, una especie de formación de tortuga de las legiones romanas, pero en veloz movimiento. El suelo no resbala. La curva de Estafeta ya no provoca caídas de inercias que rompían el compacto de la manada y la fracturaban con toros en soledad.

Tienen razón. Sus protestas me inspiran cierta ternura. El encierro de Pamplona es un algo gigantesco en el que poco o nada importa que unas decenas o centenares de personas hagan una carrera cabal. Añoran algo que les sucederá cada vez menos y que se valorará cada vez menos: la carrera al coger toro. Hace años hablé de las consecuencias de una usurpación antinatural que a los propios corredores les sentó como mancha en su blanca vestimenta. La usurpación llegó cuando se magnificó lo que no era magnificable, el encierro; y, a la vez, se hacía menor lo magnífico, la corrida. Hoy lo puedo afirmar con la tranquilidad de que nadie me volverá la espalda.

Este argumento que antes provocaba tantas iras en contra de los corredores (los que van a buscar toro, no los que están por allí para no buscarlo) nos une ahora. Cuando afirmé, como ahora, que el encierro no es magnificable, no le estaba restando nada de valor e importancia natural. Jamás. Al contrario, lo protegía de ser devorado por su desnaturalización. Por natural esencia, el encierro es un traslado, un medio para el gran fin, la corrida de toros, lo magnífico. Y en ese traslado el pueblo y su sangre joven, se tutean unos minutos con el toro, lo acompañan, sienten sus latidos, olores, miradas… Grande. Valeroso. Gallardo. Vean imágenes de hace tres décadas en el mismo recorrido y verán carreras hermosas en su esencia natural. Un encierro.

Mantengo hoy la misma convicción sobre el asunto de las desnaturalización del propio encierro. Los Sanfermines no son un encierro. O no sólo son un encierro. O no tienen ya al encierro en su natural discurrir. Los Sanfermines son, desde hace tiempo, un gigantesco plató de televisión de pegada internacional, un parque temático mediático que ampara, desarrolla y produce la línea de negocio más importante de Pamplona y una de las más importantes de la Comunidad Foral desde los años setenta. Hay encierro, claro. Hay corredores, hay toros, hay cabestros, hay salida de un corral y llegada a una plaza. Claro.

Pero cuando algo pierde su naturalidad inicial, lo hace por algo y este algo jamás resulta gratis. Nadie podría pensar que los Sanfermines iban a alcanzar este potencial mediático económico. Es un gigante que, para serlo, entre otras cosas, hubo de devorar a la corrida. De tal forma que hoy los toreros desean estar en el encierro porque su alcance mediático en unos minutos es superior al alcance de un triunfo en la plaza. Los corredores ‘divinos’ se creyeron su divinidad y el adorado, el torero, se puso el pañuelo y bajó al adoquinado, como símbolo de igual con el que corría. Una desnaturalización encadenada.

El encierro sigue, claro. Sigue de la forma contraria a como siguen todos los encierros en todas partes de España, en donde los corredores no tienen estos problemas. Tendrán otros, pero estos no. Cogen toro y los toros cogen. Por supuesto, también hieren en Pamplona, sin duda. Quienes se quejan de falta de ‘emoción’ pueden quedar al descubierto en el siguiente encierro, porque la cornada, el golpe, la caída y la muerte es una posibilidad tan intrínseca como azarosa. Pero la emoción no es ‘mi’ emoción desde dentro del recorrido. La emoción importante es la de vista desde afuera. Desde casa.

San Fermín no es un madrugar para trasladar al toro. No. Es una fiesta de facturación de siete días mas adyacentes, un negocio desde un ocio. Un gigante. Todos los negocios se protegen porque el dinero es miedoso: hasta que punto el negocio basado en lo mediático admite cuanta sangre, que herida, y cuanta muerte. Un equilibrio de riesgo/consecuencias ampara al parque temático. Lógico. No existe espectáculo televisado alguno en el que los partes facultativos y los balances de heridos formen parte esencial para la audiencia. Nunca pensamos en ello, pero eso no quiere decir que no sea así.

Qué mas da lo que diga uno de los centenares de corredores que, desde dentro, no pueden ver toro. Lo importante es que desde fuera, desde USA, Lepe o Bruselas, se vea esa marabunta una y otra vez. Dos o tres minutos de carrera para horas de consumo televisivo. Horas de consumo para sostener a una línea de negocio genialmente creada. Rotos los equilibrios, nos queda lo otro. Lo que no es natural pero es tan necesario para muchos. Regresar a la infancia es imposible

Lo que se ve en le tale y lo que pasa en los apenas 900 metros de recorrido es grande, importante, genial… pero digo lo que decía. Una vez el encierro devoró a la corrida con la complicidad de los que ahora se quejan. Pero ahora comprueban que el propio encierro se está comiendo al encierro.

Suelos de buen agarre, cabestros que nacieron para dar paz y temple en el campo se pervierten (no se convierten) en atletas increíbles, los toros igual. Formación romana de tortuga. Los corredores, cada vez más fuertes, más atletas, más entrenados. Nada que ver con el resto de encierros de España, anónimos, desconocidos, sin tele, sin un solo fotógrafo. Sin negocio. El gigantismo y el ingreso tiene un precio. Los Sanfermines jamás morirán de éxito, el encierro o parte, sí. Si tal y como añoran los que añoran un encierro que no hay en Pamplona. El éxito siempre pide alimento. Primero devoramos la corrida. Ahora…

Ahora sabemos que Saturno siempre devora a sus hijos. No es lamento. Es mera descripción de un algo real que cada cual contará a su forma. A mí es que Hemingway me parece un escritor nada magnífico afuera del ‘El viejo y el Mar’ . Cualquiera de la ‘Generación Perdida’, desde Dos Passos hasta Faulkner, pasando por Steinbeck o Fitgerald, incluso por el desconocido Caldwell, fueron mil veces mejores escritores que Ernesto. Ya ven. Se magnifica lo que no es magnificable.