Editorial511El mundo de los bisnietos I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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La ausencia de público en cualquier espectáculo, por supuesto en el de toros, se explica en cuestiones de oferta, cuestiones de producto/marca y cuestiones de comunicación y /o publicidad. Marca y producto/oferta/comunicación. La tauromaquia tiene pendiente estas tres asignaturas que no aprueba desde hace mucho tiempo. Cuando decimos que ‘no va la gente’ (a los toros) debemos preguntarnos la pregunta inteligente. No va la gente… A ver ¿qué? ¿Cuál es contenido de nuestro producto, qué queremos ofrecer?

¿Bajo qué ‘marca’ hemos de lanzar nuestro producto para ser identificados inmediatamente? ¿Cómo hemos de comunicar ese producto y esa marca hacia los públicos? Más aún ¿Qué quieren los públicos de 2017 y los de los años venideros? Comenzamos hoy con una entrega de tres artículos de fondo que meten mano a estas tres patas que no nos funcionan en la actualidad. La primera: nuestro ‘producto” y sobre qué ‘marca’ encajamos ese producto. Algo esencial en lo que no pensamos pues, básicamente, ofertamos un contenido idéntico al que ofrecimos a nuestros bisabuelos, sin tener en cuenta que el mundo de los bisnietos es radicalmente distinto. Y quizá no hemos pensado en ellos.

Hasta la llegada de la democracia en España, teníamos un producto más o menos definido en donde la palabra ‘Fiesta’ era la clave. Fiesta igual a toros en cada ciudad y pueblo. La fiesta (festividad, alegría patrono, calor,…) era un tipo de toro y una forma de torear adecuado a esa fiesta en donde todo cabía. Existía una natural funcionalidad del llamado ‘rigor’ (ninguna marca del mercado tiene rigor de marca en el sentido que le damos hoy, sino calidad de marca, buen producto) porque ese producto de ‘fiesta’ se angostaba en Madrid, donde no había ‘fiesta’, sino otro toro, y en ciudades festivas pero con un ‘sello o marca’ propio, como Bilbao…

Por otra parte, dentro de lo festivo había una coalición entre gentes de la intelectualidad/lo público/cultura/, de tal forma que el producto ‘Fiesta’ (Hemingway tituló así su novela mas internacional) se comunicaba como algo válido para el divertimento, para lo étnico o nacional, para gentes de la cultura…haciendo que esta actividad tuviera interés en todos los medios de comunicación. Entre otras cosas porque era una fiesta transversal donde existía un público de sol, el pueblo, el de sombra, el de la cultura...Poco antes de la democracia este producto comenzó a cambiar. Dejó de ser ‘fiesta’ para ser ‘feria’.

El producto ‘feria’ es una mezcla de modelo económico y de variación de identidad. El toro deja de ser un reclamo para ,definitivamente, ser ya el torero conocido quien marque la pauta del reclamo. El toro (fiesta … de toros) pasa a ser elemento clave y esencial para una faena cada vez mas perfeccionada. De alguna forma, la emoción comenzó a valorarse con el rigor de lo ‘perfecto’ y no con la calidad de lo ‘imperfecto’. Se perfecciona la faena de muleta en parámetros de ‘limpieza’, dotando al toreo de una pulcritud de trazo en donde el trazo en sí mismo era lo esencial. Dotar de perfección a la emoción es tan irracional como antagónico: la perfección de un muletazo reiterada una y otra vez por días, semanas, ferias, años… nos ha traído de pago a la previsibilidad del toreo.

Lo previsible es la negación de la emoción. Saber qué va a pasar tantas veces es tanto como decir que no hace falta que el público vaya tantas veces a la plaza a ver lo que tantas veces pasa. Además, se eliminó la imperfección en el toreo desde dos puntos de vista: El del rigor, es decir, el del ‘aficionado’ y el del público que no buscaba el rigor. La pereza que conlleva lo imperfecto domó al toreo y lo hizo dócil y fácil de ver con los ojos, y le negó la visión emotiva de lo imperfecto, lo imprevisible. El toro se hizo regular y el toreo y sus formas, regulares. Todo uniforme: un toreo de servilleta, mesa y cubiertos educacionales.

En ese tiempo, el toreo de ‘feria’ abandonó al resto de la Tauromaquia, lo popular, de forma casi elitista. Despreciativa. Se urbanizó, se hizo más caro en taquilla, se abusó de la eficacia pero falsa economía del pelotazo, comenzó a silenciarse al pueblo, al toro de las calles, y se hizo una fractura con fronteras en donde, de un lado, estaba la élite del toreo a pie en la ciudad (y el catetismo político rural entró al apoyo de la élite al eliminar actividades de la base para sustituirlas por corridas de renombre).

Ya no existía el producto ni su marca. Existían productos y marcas más o menos creíbles. ‘San Isidro’ era una marca. Sevilla. Pamplona. Los toreros tenían su producto (nominativo) pero jamás crearon una marca. Desde El Cordobés hasta José Tomás nunca un torero fue su propia marca. Tanto es así que hasta se varió el concepto y a toreros distinguidos tipo Morante, por estar en el entresijo descrito, se le eliminó la ‘marca’ para ser tratados como toreros de ‘sello’. Un sello artístico que no hace justicia a la capacidad creativa genuina, individual, inigualable de este torero. O el ‘sello’ de El Juli. Estos y otros toreros, tan buenos como los de la ‘Edad de plata’ nuestra, fueron engullidos por el concepto de ‘feria’. En tiempos donde el toreo aun era ‘fiesta’ el alcance de estos dos toreros y de otros de eta actualidad, habría sido magnífico.

El modelo ‘feria’ puso el acento en los ciclos continuados de corridas de las ciudades sin dejar un sólo verso libre. La economía de cánones, precios, subastas, fueron obscenos y cainitas, pues ya no se buscaba la fiesta del pueblo y para el pueblo, la del intelectual, la de la cultura, en la que el toro era irregular, el toreo imperfecto, la emoción casi virginal. Nuestro producto genuino, nuestra marca diferenciada frente al resto de ofertas. Y, perdida la base de lo popular, de la gente de sol que dejó de ir a los toros definitivamente con la crisis, el desafecto con los millones de hombres y mujeres de los festejos populares, elaboró una arrogancia fatua por la que el toreo a pie de la ciudad señalaba como ‘otro mundo’ esa otra forma de tauromaquia.

La corrida de la ciudad secuestró para sí misma el concepto de Tauromaquia, siendo más débil en numero, más débil socialmente, más vulnerable en lo político y en lo social. Una especie de egocentrismo elitista basado en la creencia de que ser aficionado o abonado de siempre a una marca reiterada (Sevilla, Madrid, Bilbao…) significaba ser alguien. Sin darnos cuenta de que la marca ‘toro’ y cada uno de los toreros que llevaban su propia ‘marca’ eran despojados del sentir de lo popular. Y despojarlos de eso fue lo mismo que despojarlos del apego de la cultura estable y de la intelectualidad pues cultura e intelectualidad se mueven en medio del pueblo. Como se movían Lorca, Hernández, Alberti, Hemingway, Welles,…)

¿Ahora? Ahora se trata de recuperar producto y marca. Hay un movimiento necesario en lugar un encuentro con el pueblo, pero más basado en necesidad de financiar que de esencia, de hermanamiento, de suma de realidades culturales y sociales. Pero es una de las premisas: recuperar el sol, la base popular. Ahí está el fondo de armario de la emotivo, de lo imperfecto, de la emoción. Es tiempo de detenernos sin dejar de trabajar y reflexionar sobre si hemos de volver un paso atrás o a hacia un lado (evolucionar se nos ha convertido ya en caminar en círculos) para recuperar el toro más imperfecto, unos modelos nada estipulados o estipulados sobre la bravura, parejos a unas tomas de torear que sean variables hacia las personalidades, formas para ser miradas sin el criterio de lo perfecto o limpio sino sobre lo que es el toreo, intención.

El toreo y su futuro de oferta y marca consiste en recuperar la identidad del toro. Su genética variable. Su condición variable. Y eso nos dará un toreo variable y rico, donde el toreo creativo sería de genios, los más gallardos tendrían su prosa, los más apicaremos, su poema. Un toreo a la medida de muchos hombres y no a la medidas sólo de nombres. Un toreo menos elitista, mas culto, más emocionante en todas sus versiones. La estética, la del drama, la del fracaso, la de la ira, la de la alegría. Animamos a reflexionar sobre nuestro futuro. El quizá el mejor comunicólogo y mercadotecnista del mundo moderno, Philip Kloter, afirma que ‘el marketing no es el arte de vender lo que uno produce, sino saber qué producir’.

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