Julio Cortázar, en el Diario de CRV desde México I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

CRV > Méxicolinea-pie-fotos-noticias

Ni el mejor olfato de perro sería capaz de seguirles el rastro laberíntico e interminable. A ríos de vida se llegaron a México cientos de los mejores de todos los artistas más talentosos e inteligentes de todos los mundos. Y aquí andan aún, por estos pagos se sigue el rastro de los caminos cruzados de los mas grandes genios de la inteligencia sensible. Mario Bellatin, D H Lawrence, Roberto Bolaño, García Márquez, Vargas Llosa, Jean Kerouac, Malcom Lowry, B Traven, Antoni Artaud, Andre Breton, Carlos Fuentes, Aldous Huxley, Julio Cortázar, Willian Burroughs, Jean Marie G Le Clezio, Juan Gelman, Remedios Varo, Zach Condon, Rene Redzepi, H G Wells, Aldecoa, Alan Riding…

Tantos en tantos años que el mejor perro con el mejor olfato se pierde en la intención casi lunática de hallarlos. En una elipsis brutal, eliminados de su existencia todos estos y otros tantos artistas puros de la faz de la tierra, suprimiendo su nacimiento, el mundo no sería el mismo. Por ende, el mundo del arte no sería el que es este país tan extraño, hermoso, duro, brutal. México es una inimitable espuela de algodón. Una espada de seda. Una bala de plata. Un toro con recuerdo de unicornio. Una realidad con narrativa de cuento sin final feliz.

Bretón parió el surrealismo a fuerza de clamar con esta afirmación: ‘México es el país surrealista por excelencia’. Cuando García Márquez llegó al entonces DF, Álvaro Mutis le entregó un librito de apenas sesenta paginas que es la chingadera universal de la literatura universal, ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo. Se lo dio así, en mano: ‘Nomás pa que aprendas a escribir’. Olé. México, con sus cantinas, peleas de gallos, corridas de toros, sus paisajes reincidentes, sus desiertos helados, sus mares, su DF que es una ciudad que tiene mil ciudades en su barriga, sus selvas de indios, su mestizaje, sus españolidad, su mexicanidad… Aquí vinieron para ser lo que fueron todos ellos.

Aquí un barbudo de ojos claros, con mirada de amanecer, pluma de tinta de oro y corazón letalmente sensible. Aquí mero un hombre nacido encima de un verso Dante, Julio Cortázar, que escribiera uno de los iconos de la Gran Literatura, Rayuela, escribió: ‘Se podrá hablar un día entero de la decadencia de la Tauromaquia, de lo mucho que hay de malo, de las famosas homilías sobre la crueldad, etc…, pero hay algo que queda en pie y es la hora de la verdad, es ese momento en que toro y torero están solos, y toda plaza guarda silencio hasta el minuto perfecto de torear ceñido, y los ‘olé’ que festejan sucintamente cada cita y cada pase’. Julio Cortázar, que envidia malsana y pendeja da no saber escribir así. Cortázar hablando de torear ceñido.

Pero hay una frase mejor. Mucho mejor. La que explica lo que uno deseaba escribir tantas veces para afirmar con la inteligencia sencilla y solemne, con la inteligencia irrefutable, que animal y hombre andan separados por la esencia. Tan separados. Tan humanos frente a la animalidad. ‘Estoy tan solo como este gato, y mucho más solo, porque yo lo se y él no’.

(Yo no se escribir).

linea-punteada-firma1