Iván Fandiño I ROCKOlinea-punteada-firma1

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Por el Albaicín nocturno en Granada. Perseguido por el eco de unos pasos que son míos y que pesan plomo de muerte. Busco el Duende de Lorca que de razón a tanto derroche de vida. A tanto desperdicio de grandeza en este muladar social de alfalfa caducada. La feria con su noria y sus bailes al otro lado de la ciudad. Por estos adoquines empinados caminó con su poema a cuestas Lorca. Pero no encuentro el Duende, que debe de andar a estas horas por Aire sur L’Adour jugando a poemas con el alma detenida de Iván Fandiño. Hace unas horas creía que no merecía la pena. Tanto derroche de vida, miel para boca de asnos. Pero entonces recuerdo la mirada determinada de ese torero vasco, laberíntico y en criptograma, acero sin forjar y duelista de honor.

Qué bonito, me digo, que pienso aún que es bonito que exista ese hombre con su pistolita de duelista de un solo disparo (que siempre yerra), pecho frente a pecho, para defender honroso su derecho. A amar. Pensar. Creer. Principiar. Su derecho a torear. Que defiende mi derecho a escribir. Ese hombre alcanza la gloria de reinar en el Pais de las Ultimas Cosas, un reino exento de mapas al que llegan sólo los que hacen que la vida se defienda hermosa, pecho a pecho, a veinte pasos caballerescos, con una pistolita de duelista frente al ejército de la persecución y la intolerancia. En este país están censados los toreros muertos, los atardeceres de la Alambra, las puestas de sol de las selvas, los sonidos de los deshielos que dan agua y vida, las barcas de los pescadores al regreso, las canciones de cuna de todos los tiempos, los poemas de Miguel Hernández, Lorca, Alberti, entre otros.

Están censadas las lágrimas de las madres, padres, esposas, hijos e hijas de todos ellos. Censado está el olor a pólvora del disparo que jamás hirió. En el censo de este mi País de las Ultimas Cosas censados están los últimos alientos de los toreros que han muerto y los que aun habrán de morir. Merece la pena. Por eso el Duende juega al duende con Ivan, camino del País de las Ultimas Cosas, en el vagón de un tren que mueve los arboles al pasar.

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