Seguir a @Mundotorocom

Los adioses de los toreros que no son figuras, hacen el mismo ruido de la caída de una hoja seca al suelo. Hoja que cae en medio de la caída de miles de hojas al mismo suelo. Bien. Nadie puede obligarnos a desviar parte de nuestra inteligencia al análisis de las caídas de las hojas cada otoño. No podemos pretender eso. Una hoja más. Un torero más. No se puede exigir literatura o poesía a nuestra limitada sensibilidad. No se suspende como humano por ello.

Ni siquiera podemos pretender que la gente use un pedacito de su cerebro para reconocer que esas hojas fueron sombra y viento y oxígeno en el ciclo biológico. Que Leandro Marcos y muchos otros fueron ilusión, esperanza, realidad de la ‘cadena alimenticia’ del toreo. No hablamos de reacciones por la vía de los sentimientos, sino del reconocimiento de que una hoja marrón que cae al suelo, de que un torero que se echa a un lado, han sido elementos necesarios, útiles, piezas necesarias, para la existencia de un sistema. De un ciclo. Pero, tampoco podemos exigir eso. No se suspende como humano por ello.

No se puede exigir aquello que no sale de forma natural desde el cerebro o desde el corazón de las gentes. Pero, que eso no suceda, no resta certeza a que cada hoja que cae al suelo fue necesaria, vital, pieza única. Permitió sombra, oxígeno en el aire. Cada torero que se va, formó parte de algo que permitió que existiera un proceso en el que otros tuvieron éxito, alcanzaron fama. Es más, cada torero que se va sin haber logrado la púrpura, fue, en su origen, alimento de esperanzas, generador de ilusiones. Es decir, alimentó al toreo en su esencia.

Porque el toreo sólo  es la posibilidad que tiene un sueño de ser hecho realidad  por un hombre.  Tan convencidos estamos de que torear es eso , mucho antes que cualquier definición técnica o utilitarista, que nos rebelamos contra la falta de memoria y el olvido.

Como Jorge Luis Borges, pensamos que ‘somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos’. El toreo es una colección de espejos rotos en la que sólo algunos permanecen intactos. Pero, a fuerza de ejercer la falta de memoria y  de ser implacables con el olvido, el cristal del espejo más intacto se quebrará tarde o temprano. En una mudanza, en una faena de limpieza. En un giro de la vida o el azar.

El éxito, la fama, la gloria, son sólo el aplazamiento del olvido más amargo.

Por eso, quizá sea mejor tener memoria, ejercitar el recuerdo y dar a cada hoja que cae el valor de haber caído.

Twittear