C.R.V.
Seguir a @Mundotorocom

Es como si el eco nuestros problemas hubiera rebotado en cada ola del océano para llegar a México. Metido en mil reformas de todo tipo, este país sufre los espasmos de esa crisis global que lleva años en la piel de España y, en los dos lugares, percibo los  movimientos de salubridad social o de cambio. En ambos casos, el cambio ha de ser hacia una dirección. ¿Cuál es ésta?  Pues de eso se trata. De decidir que fiesta deseamos, hacia quien la vamos dirigir, que queremos ofrecer.

Mientras en España el toreo espera ese Plan Nacional como maná caído de un cielo que jamás hemos tenido, en México el toreo continúa con el ancla echada como el barco al pie de costa, sesteando en la hamaca de los mismos debates de siempre que siempre no han hallado solución. Quizá porque no son el problema de fondo: tamaño del toro y españoles.  Huyendo de paranoias peninsulares,  en cada viaje hacia aquí,  me topo de bruces con el enquistado debate sobre  tamaño del toro. Ese que España resolvió a principios de los setenta aumentando su genética hacia lo grande. De la misma forma, y ahora, con la camada de toreros del post-cavazismo, se debate sobre la idoneidad de la importación de españoles.

Respecto al tamaño del toro, chico o grande, pienso que es el mal de los tiempos que duran todas las vidas inútiles: porque no es mal de tamaño sino mal de origen y de bravura. México sufre en  apariencia por el tamañodel toro, pero tras esta neblina se halla el problema real: la escasez de bravura de forma continuada, la regularidad de la bravura en las ganaderías, los problemas de manejo de muchas vacadas. Insistiré  siempre que el concepto de trapìo visual no es el toro, pues el trapío en la plaza crece con la condición del toro, con su bravura, movimientos, fondo, raza. Embestidas. Ese es el trabajo de todos los ganaderos mexicanos: hallar de nuevo esa regularidad de embestidas duraderas, esa casta interna que alimente al trapío del toro.

Hay una pasión en los ganaderos mexicanos tan incuestionable como despistada, una especie de debate entre tamaño y toreo. Y quizá deberíamos concluir que tamaño y trapío no es lo mismo nunca, como concluir que la selección del toro saltillo por tantas décadas no buscó en las caras que éstas salieran hacia adelante. Porque el toro mexicano , como saltillo, las abre o las estrecha en la sienes, y pierde lo que creo debe tener el toro: perfiles. Es un toro visto de frente , de respeto, y otro de perfil: no se halla su cara, restándole “plaza”. No soy yo quien para afirmar que se puede buscar ese toro de pitones hacia adelante sin contaminar la esencia de la selección de un toro cuya seña de identidad es casi la contraria. Pero de la misma forma que toreo, suertes, público, estética, emociones, han evolucionado en un siglo, quizá el tipo en el toro debería haberlo hecho de la misma forma. Porque todo es un conjunto en la fiesta. Y en la evolución, la imagen, la apariencia del toro,  ya se hizo esencial. Pero su imagen no es el tamaño, sino su aspecto de seriedad. 

En cuanto al debate entre españoles si o no, es como debatir sobre el mar y los peces. Españoles si cuando aporten. Muchos aportan muchísimo porque son grandiosos toreros aquí, allí y en donde salga un toro. Ellos, salvo excepciones de autoridad mal entendida en la elección de las corridas, no son los que idean el toro mexicano. Ellos no son los que han ausentado al público de sol de las plazas.No. Es justo el “ españolismo” gestional,  la ideología y la forma española de hacer fiesta, una forma fracasada y en crisis grave, la que está dañando al toreo mexicano. Los precios de las entradas son altos. Hicimos allí una fiesta para pudientes y aquí, en México, sucede casi lo mismo. En Quito hicieron la fiesta para pudientes y cuando los pudientes de bolsillo vieron peligrar su verdadero bussines, la dejaron ahí. Donde está. No había pueblo que saliera a la calle a rescatarla.En México es vital la marca Bailleres, que apoya y no da la espalda, porque da respeto y marca cuidados económicos y políticos, pero hay que regresarle más la fiesta al pueblo.

Hemos desterrado al público de sol. Y toda cultura que no cuente con el pueblo es una cultura entre interrogantes y al borde del precipicio pues socialmente pierde apoyo y apego, políticamente se desprotege pues el político sólo atiende al voto, a  la ira  o al beneplácito del pueblo. Económicamente, porque se pierden recursos. Y desde el punto de vista de la imagen, eliminar al pueblo del sol es mostrar una plaza medio llena o medio vacía. Sólo desde la esquizofrenia se puede entender que, en una ciudad de unos 25 millones de habitantes como es México DF , haya entradas de 3000 gentes. Pero no se reflexiona sobre ello.

Y entonces se recurre a lo manido:  dicen es por su toro, que quita respeto. Miremos al toro que sale casi siempre en Guadalajara, plaza del toro que se supone, el más grande : entradas paupérrimas menos los días como el pasado de Juli y Morante. No. No es el tamaño del toro. Es la ausencia de lógica. La carencia de esa jerarquía razonable de un coso como referencia y faro que no es DF y que debería serlo. Es, como en España, la ausencia de imagen, de comunicación, la ausencia de ofertas nuevas, de precios competitivos, de apego social de la raza, del pueblo. Es el escondido de muchos toreros, un manejo de su imagen en los medios nefasta, alejada de los espacios mediáticos populares . Populares. Pueblo. Fuerza. Ese es el único problema de tamaño que tenemos, no el del toro, sino el tamaño del toreo. que somos menos y que las gentes ya no nos van a ver.

Twittear