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Un adulto puede pintar Las Meninas, pero jamás podrá hacer un tren  con latas de espárragos. O imaginar una batalla de dragones de plastilina o navegar pirata en un barco de papel. Y quizá, por ser tan para los niños, las Navidades tienen ese milagrear que consiste en que el mayor rescata al niño que fue. Y se hace más sensible, más abierto al abrazo, más permeable a las ilusiones.La Navidad cabe en copo de nieve, incluso aunque no nieve.

Cada alegría tiene su agorero, como cada Navidad tiene a su Grinch. Ese personaje de color verde amargado que trata de zarandear a la Navidad sin conseguirlo. Los Grinch siempre son los mismosy se sabe su respuesta, que es siempre un No sin posibilidad de un quizá. Twitter está lleno de ellos. Nada que les venga les viene bien y nada que se opine les parecerá opinión  sino maldad y perjuicio. Les ofreceremos un copo de nieve en un sobre dorado para desearles Feliz Navidad. Seguro nos acusarán de soborno en las redes. 

Como es Navidad y queremos rescatar al niño que jamás debió de abandonarnos, les diremos un secreto: no se crean distinguidos o ilustrados por ser enemigos invariables de nuestras opiniones. Nosotros mismos, al rato de escribirlas, podemos serlo. Nada más juicioso que la duda. La del niño que no sabe si el tren de cartón que hizo con cajas de cerillas puede soportar el peso de su soldado de plomo. Esa duda es el origen de la pureza de su arte. Los Grinchde mundotoro, como los de la Navidad, prefierenque no haya trenes de cajitas de cartón ni soldados de plomo. Que no haya niños. Que no haya arte. Que nadie ilusione.

No importa. Nosotros nos ilusionamos por ellos. Por ellos y por otros ilusionaron hace pocos días unas 250 personas en Sevilla. La ilusión de juntos es posible, la ilusión de que, copo a copo se hace nevada. A pesar de que faltaron los de siempre. A pesar de que los que llamaron a la unidad desde una rueda de prensa en nombre de ANOET, no fueron. A algunos les entendemos: demasiada tierra de por medio para ser recorrida entre la Venta de Antequera y el centro de Sevilla. Uf, que esfuerzo. Quizá resulte que para ellos la unidad es sólo un ejercicio matemático para cuadrar números de balance.

La matemática cuenta lo que pasó en un balance. No contará lo que pasará en los próximos balances de los próximos años como la historia puede contarnos lo que sucedió, pero sólo la poesía nos dice  lo que debió hacer sucedido. El toreo tiene excedente de historia y escasez de poemas. Demasiados Grinchy pocos niños. Excesiva producción de monólogos a los que pretendemos llamar diálogo.

Por tener, tiene hasta exceso de buena educación, algo que raya la definición de pusilánime: el silencio educado o auto-secuestro o autocensura que los organizadores han tenido para los que han faltad. La educación excesiva es, o temor, o agresión a la inteligencia. Ni se  nombran a los que faltan ni se dice que han faltado, no sea que se enfaden los que ni están ni se les espera. A sabiendas de que hay contentos que no existen. Unidades que desunen y pieles de imposible roce.

Es como pretender que a Mr Ginch le guste la Navidad. O pretender rescatar al niño que fuimos para seguir haciendo espadas con mondadientes y crear selvas de mil colores verdes soñando con los ojos abiertos. Al toreo ya le sobran mayores y le faltan niños. Niños para decir la verdad sin temor a que el soldado de plomo haga derrumbarse a la locomotora de su tren de cartón.

Feliz Navidad.