El turista y el viajero I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

C.R.V. > Méxicolinea-pie-fotos-noticias

Hay una sutil diferencia entre un turista y un viajero. El turista, el guiri, sabe dónde va, pero jamás sabrá donde ha estado. El viajero nunca sabe hacia dónde va, pero siempre sabe donde ha estado. Porque les separa la idea de recuerdo, el sentimiento de recordar. Mientras al primero todo le puede resultar uniforme, al segundo ningún paisaje que él no quiera, se le duplica. El viajero hace de un paisaje miles, de un valle un centenar, de una tarde de lluvia en la ventana de un tren, la espera infantil y pura de un nuevo arco iris.

El toreo no es para guiris. No quiero decir que incluso no puedan emocionarse a su manera con un algo de la tauromaquia, pero el toreo requiere en su percepción de una cuidadosa y elaborada evolución sensible. De otra manera, sin la sensibilidad, no se podría apartar a un lado los interrogantes sobre la presencia de la sangre. De esa parte de barbarie supuesta que lleva las letras “m” en su arranque onírico. Matar. Morir. No me gustan ninguna de las dos, me parecen la antesala de lo obsceno, el arranque de lo prescindible, el prólogo de lo innecesario.

Y sin embargo, morir y matar forman parte misma de la escena de lo humano. Lo que menos nos aquerencia con el ser humano, pero son su escenografía real, el otro lado de las palabras nacer, y vivir. El otro lado de la puerta, sol y luna. Hay en México una cultura de la muerte muy del día a día. Viaja en el sudor y en el frío de cada hoja de calendario, no tiene la sutileza comprada de lo europeo. Morir, matar, incluso matar por asesinato, forma parte de una apaciguada forma de interpretar la vida y el nacer.

A veces creemos que el toreo es para todos los públicos y nos mentimos, como la poesía no cala en todos los corazones, o la literatura es rechazada por millones de pupilas. No lo es, y así debemos saberlo y vivirlo, pues, insisto, hay una sutil diferencia entre el turista y el viajero. Todos optan sin esfuerzo a turistas. Viajar es otra cuestión, apta para unos cuantos. El turista sabe dónde y cuándo ir a una corrida de toros, pero pocas veces recordará lo que vio más allá de lo evidente, que incluye matar y morir. El viajero sabrá dejar a un lado la memoria del matar y morir cuando alguien desliza un paño con la lentitud del paso de un caracol que deja tras sí una estela de recuerdo imborrable en la arena de los corazones.