Por MÓNICA ALAEJOS
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Está de moda hablar de la Tauromaquia en términos de industria cultural sin saber lo que incluirla en ese sector supone y presupone, pero para poder explicarlo debemos remitirnos a los años 40 cuando la Escuela de Frankfurt comenzó a explicar la relación estrecha entre la economía capitalista y la producción cultural.

Las industrias culturales nacen cuando el capitalismo se desarrolla de tal manera, que la industrialización pasa a ser un proceso característico de la sociedad. Estaríamos hablando de la fiesta de los toros como una producción masiva donde las mercancías, en este caso, serían las creaciones culturales que de ella se desprenden. El arte pasa a ser una mercancía más y pasa a quedar atrapado dentro de la racionalidad instrumental. La Tauromaquia como cultura de masas lo que propone es una serialización y una masificación de sus productos, llevándose a cabo una estandarización en la oferta. Una oferta consumida por la mayoría y que a medida que crece, ese consumo abarata costes para sus productores, como en cualquier proceso capitalista de producción. Por eso esta cultura de masas es a su vez una mercancía que se vende y se consume dentro de un mercado donde lo que sucede es que se anula la capacidad reflexiva del aficionado y del espectador, que permite al sistema implantar una lógica puramente instrumental, siguiendo las tesis de Adornoy Horkheimer.

El problema que en la Tauromaquia se plantea es establecer el valor de uso de una faena, que sería la mercancía que compramos cuando vamos a las plazas, ya que la industria cultural tiene que proporcionar algún valor de uso a su público para generar un valor de cambio. ¿Se puede poner precio a una faena de Morante? Yo creo que la autonomía del valor de uso cultural no tiene un valor de mercado automático, sino que debería valorarse dentro del contexto específico económico, político y estético en el que se genera ese valor de uso.

Volviendo a la pregunta inicial o a la catalogación de la Tauromaquia como una industria cultural más, podríamos explicar porqué las grandes corporaciones controlan la distribución y por tanto el acceso al circuito, de ahí su poder sobre los productores culturales “independientes”. Los aficionados y los públicos también somos esa mercancía que en términos marxistas se ha desarrollado dentro de la cultura de masas y por eso, en ocasiones, los carteles repetidos y los productos de bajo coste y alto rendimiento para el productor han tenido en nosotros un efecto narcotizante.

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