icono-sumario Hoy hablamos largo y tendido de Manuel Escribano y lo hicimos de la mejor manera que se pueda hablar de la sangre honrosa: estuvimos una hora en silencio

icono-sumario Me conmueve Escribano, le digo a mi café cortado, frío,  mudo y atento, pero sin sentir piedad o lástima.

icono-sumario ‘Son de otra pasta’ es la forma vulgar de afirmar que el toreo es a pesar del cuerpo

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Siempre imaginé el paraíso como una especie de biblioteca al lado de una plaza de toros. Por el camino, pocas cosas. Un estanco donde abrevar tabaco y  un parque donde cabe el mundo entero: desde un amanecer hasta la tentación de un bien andar femenino. Poco más.  Una mesa de bar en donde inventar la vida cada día dialogando monólogos con un café cortado sobre Capote o Rulfo, mientras el café me responde a las preguntas que no supe  responderme en la plaza de toros. En ese paraíso imaginado me defino como un ser humano. Una especie de antología de contradicciones buscando la esquina en donde aparcar mi locura.  Loco, pero con sentido ético: ni el café ni yo admitimos mascotas en ese parque paraíso.

Hoy hablamos largo y tendido de Manuel Escribano y lo hicimos de la mejor manera que se pueda hablar de la sangre honrosa: estuvimos una hora en silencio. Cuando no se tienen palabras hermosas para sustituir al silencio, mejor callar. Las palabras tiene dos amos: el que las pronuncia y el que las escucha, y, excepto mi café cortado, no todos los que escuchan hacen de las palabras algo más hermoso que el silencio. Nos dijimos esas palabras que se quedan en la retina que contempló unos hilachos de venas al viento  dejando el albero mal regado de sangre. Mi café, con los años, soporta menos su retina saturada de esa sangre honesta de los toreros. Me rectifica.

No es que no la soporte. Lo que no soporta es la ingravidez moral y la desdicha ética que supone contemplar el  certificado de defunción del ser humano. Una sociedad que no concede precio de diamante a la sangre consciente, a la callada, a la sin ruido, a la consentida, a la sangre humilde, la sincera, a la sangre sangrada sin boato, sangre sin primera plana, la de los héroes olvidados, la sangre sin memoria, sangre sangrada sin ira,  la que no atenta contra otro ser humano, la esforzada, la de con principios, esa sangre que observa azarosa, amenazante y probable, todos y cada uno de los sueños de un toreo para cobrarle el duro peaje de soñar, es una sociedad sin biblioteca, sin parque donde amanece, sin mesa de bar en donde inventar la vida cada día. Y esa sociedad, a mi café y a mí, nos importa un carajo.

Mi café y yo vamos a llamar su puerta para decirle: está usted despedida. Porque no nos interesan esos mensajes que obligan a un hombre a hacer de uno mismo una bestia. Los animales desconocen el dolor de ser un hombre. Y mi café y yo afirmamos que un ser humano evolucionado, libre, sensible, no es nada que no sea la conciencia de sí mismo. Por eso los toreros nacen tantas veces como tantas sangran. Por eso los seres humanos hombres y mujeres se fabrican así mismo cada día, se paren, se dan a luz con el dolor del parto todos los días, para abrazar, para mirar a los ojos, para acariciar, para escribir poesía, para pintar, para crear todos los días un mundo en donde el ser humano se merezca ese rango superior en el mundo. Para que se gane cada día el derecho a ser llamado por su nombre: ser humano.

Me conmueve Escribano, le digo a mi café cortado, frío,  mudo y atento, pero sin sentir piedad o lástima. Me conmueve esa forma de caer hasta un palmo donde la muerte le ha aguardado dos veces ya, y su  forma de  decirle no. No es tu día. Y nadie se muere la víspera. Me conmueve esa forma que tienen los toreros de hacer de la fecha de la sangre el día de antes. Nadie se muere el día de antes. Eso dice el destino. Y creo, con la mayor de las convicciones, que el toreo es el equilibrio perfecto entre el libre albedrío  y el destino. Una contradicción antológica entre aceptar y rebelarse. Respecto a su propia sangre.

Dice el café cortado que cree que los toreros nos muestran que el cuerpo no es más que un medio de volverse temporalmente visible. Que el toreo es a pesar del cuerpo. Que sangran el cuerpo, y duele, claro, pero que torear no es a propósito del cuerpo. La gente no sabe expresarlo así, pero cuando se insiste en que ‘son de otra pasta’ es la forma vulgar de afirmar que el toreo es a pesar del cuerpo. Y, tantas veces, en contra de su cuerpo. Y está la recuperación, le digo al cortado. Es cierto que hay momentos en que uno cree verdaderamente no poder seguir más adelante. Pero después siempre se va adelante. En medio de una sociedad que va hacia atrás. Si. Mientras nosotros bajamos del árbol, esta sociedad sin bibliotecas, ni parques, ni toros,  ni tabaco, sin pasiones grandes, ni pasiones chicas, sin pasiones pecado, sin pasiones sangre, ha vuelto a la rama de los árboles. Vuelven a ser simios.

Por eso, con cada tiempo que pasa, el paisaje que tenemos alrededor aparece de improviso extraño, el cielo se vuelve bajo y negro, nuestro modo de sentir la vida sufre grandes mutaciones y nuestro corazón se vuelve completamente gris y anciano. Pero no es siempre así. Cada cornada acompañada de sangre que se acumula en la retina me hace sentir el valor de ser un hombre. El valor indescriptible de perfeccionar la sensibilidad heredada y evolucionada desde el origen del mundo. El orgullo de tener el derecho a ser llamado ser humano.

Sí. El paraíso que imagino es una plaza de toros al lado de una biblioteca.