Hablemos de sexo I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

C.R.V. > Madridlinea-pie-fotos-noticias

 

La literatura es escribir en un pozo oscuro de pánico por donde se nos puede ir la vida entera a ríos desangrados y silenciosos. Y lo es porque es un imposible rozar entre la yema del dedo que crea las palabras y yema de los dedos de la mano entera que enumeran  la realidad .

Si palabra y realidad se identificasen , el mundo dejaría de ser perfectible porque sería perfecto. Por tanto la literatura es la palabra de lo imperfecto imaginado. Y la realidad la imperfección de la imagen. Imaginar e imagen. Tan distintas. Tan separadas. Tan condenadas a no rozarse. Torear, por ejemplo, es imaginar. Jamás podrá ser imagen.

Y si la literatura es arte y creo que es, junto al toreo,  el arte más imposible en la historia de la sensibilidad humana ( el porcentaje en millones de aprendidos a leer y escribir es ínfimamente superior al hábil aprendido o estudiado con un pincel , por ejemplo )  es lo  imperfecto imaginado,  que trata de distanciarse de la imagen o realidad. Como el toreo, la literatura, todo arte, modifica la realidad,  la construye de nuevo,  la inventa,  la discute,  la provoca,  la juzga,  la condena,  la salva,  la acusa,  la mece,  le canta una nana. El arte a la realidad. El artista al mundo.

La sensibilidad inteligente está en constante peligro de hundimiento. Es como el tiburón condenado a moverse y moverse en las aguas,  so pena de irse al fondo si se queda quieto. La sensibilidad inteligente es la que anima al animal humano serlo por encima de todo en pasión, sexo, ira, entrega, generosidad, llanto, risa. Moverse siempre para no hundirse. Para no llevar al fondo a eso que el animal que soy y somos  llevamos  dentro para siempre : una inteligencia voraz que sensibiliza hasta las  pestañas con la misma certeza que el sol del desierto anula el agua.

Este animal que soy no sobrevive,  no se agita,  no  culebrea ni se mueve por sí mismo, por mi condición de animal,  sino para proteger y dar cobijo a la sensibilidad humana que llevo dentro de mi inteligencia. Eso me diferencia de todo animal no humano.   Que lo soy animal no por serlo sino  para salvaguardar y trasladar y hacer transcendente el tesoro de mi especie: la creatividad del arte.  La capacidad de arte. La posibilidad de arte.  Hace tiempo que  pasamos de ser animal más o menos habilidoso y gregario (homo erectus) para ser homo sensibilis.

Dimos ese paso por una cuestión sutilmente humana y evolutiva que nos diferencia para siempre de los animales salvajes y de los  domésticos o mascotas,  que ahora tratamos de que obtengan los derechos del humano: la transcendencia de muerte. Por mucho que indaguen, obscenen, griten, vendan, negocien los mascotistas, por mucho que obtengan de esta sociedad que elige el abrazo a un eunuco llamado perro que de perro tiene solo la apariencia externa , por mucho que redacten nuevas leyes y códigos y constituciones, jamás tendrán transcendencia. De vida y de muerte.

Jamás la tendrán. Y por ello jamás buscarán consuelo,  preguntas y respuestas en el arte. En la poesía. En la literatura. En la pintura. En el toreo. Por eso no tendrán la urgencia angustiosa de elaborar y crear y hacer antes de que se le finalice el tiempo. Por eso somos humanos,  tan distintos en gozar. Reir. Amar. Llorar.

El sexo de un animal salvaje lo es porque la natura creo en él un celo periódico con la finalidad única de prolongar su especie. El humano transciende el  sexo útil  para  procrear y lo convierte en uso apasionado brutal talentoso y hasta artístico. También en una muestra de amor. Esa es la pauta sexual del animal humano y la del animal salvaje. ¿La mascota?
 La mascota no hace uso de  ninguna de las dos causas de sexo: es castrada.

 Ya no es animal porque su dueño  le anula la naturaleza instintiva del sexo en celo para procrearse.  Le es controlada su natalidad. Matando el instinto natural que le dieron sus orígenes. Negando a la naturaleza el albedrío de lo natural en una hembra y un macho.  El peor y más brutal egoísta y malvado de los mal tratos. Y aún más obsceno al decir que se hace por su propio bienestar. La crueldad no tiene vergüenza dialéctica.

No fue el bisonte o lo que fuera que fuera , quien pinto las paredes de Altamira.  Lo fue otra raza. Para la posteridad, para   la transcendencia de muerte. No es el perro quien nos castra para controlar nuestros instintos y creatividades y albedríos. No es el gato quien escribió lo que pensó Sócrates,  ni quien dio con la penicilina o quien llamo padre por primera ver a un padre,  o abrazó a una madre por vez primera. Fue un ser humano hace tanto tiempo. Esta sociedad inculta, iletrada y por tanto, tan susceptible de manipulación, necesita de una rebelión.

Es el arte el que ha de rebelarse contra el mascotismo y el falso animalismo anti ecológico que mal trata al animal para esclavizarlo y domesticarlo en una urbe.   Es el arte quien debe rebelarse contra un mercado que factura ya 70.000. 000 millones de dólares anuales en el mundo. Es el arte quien ha de dar la cara denunciado la aberración de un planeta en el que  su biomasa cifrada en 1.000,  se reparte así. 100 los animales naturales salvajes,   300 el ser humano. Y 700 las mascotas.  El arte sensible humano ha de denunciar que solo los 150 millones de mascotas de EEUU necesitan ya, para cubrir sus necesidades básicas de alimentación (carne y cereales) un país imaginario quinto en el mundo,  después de China,  Brasil,  India y EE UU en conclusión reciente de un estudio de la UCLA en Los Angeles.  En el contexto de planeta de hambrunas continuadas en ancianos, mujeres, niños.

El arte ha de denunciar que la huella ecológica de un asiático humano es de 0,35 hectáreas y decreciendo. Que la huella ecológica de un humano de un barrio pobre de Madrid es del 0,65 y que la de un perro mascota mediano es de 0,85 y uno grande de 1,25. Hemos de denunciar que la raza humana se ha traicionado a sí misma, en un cainismo bíblico, víctima de una cobardía llamada inhumanidad que ha elegido a otras especies excluyendo de sus recursos , inversiones , sanidad , ocio, alimentación a otro ser humano.

Denunciar que hay un negocio millonario que nos destruye y nos excluye y que se basa en congelar los índices de natalidad en el mundo para disparar la tenencia sustitutiva de las mascotas. Un mercado que ya controla quien puede nacer en humanos y mascotas.  Denunciar que,  en pocas décadas derecho,  leyes,  religiones,  arte,  talento,  sensibilidad,  inteligencia : humanismo , será asunto del pasado porque el mascotismo como modelo de sociedad no solo no los necesita,  sino que les causa el malestar del rebelde.

Nadie apenas sabrá quién fue Shakespeare. O Cervantes o Platón o Lorca.  No será necesario.  El 70 por ciento de la generación actual de los 18 años, según  encuesta virtual,  no sabe quién fue Averroes.  El 67 no sabe quién fue Seneca.  Lorca es inexistente para un 23 por ciento. Este ya es un mundo que gasta recursos en enseñar a leer para inmediatamente, animar a desaprender a leer a quienes pensaron por el hombre, sufrieron por el hombre, crearon por y para el hombre. Esta sociedad ha desaprendido a leer a quienes nos hicieron mas trascendentes, más humanos, más solidarios, mas padre, más madre, hijo. Más abrazo.

Es el arte quien ha de plantar cara a esta mercadería modelada para el negocio de la deshumanización.  Pintores. Poetas. Toreros. Como hacerlo es cuestión de valentía.  En una humanidad cada día más cobarde y más eunuca no es tiempo de medias tintas. Me declaro humano amigo del humano y abrazo sus expresiones artísticas que crean en mi una transcendencia sobre la idea mortal de mi vida. Y esa sabiduría sobre mi final y el final de quienes amo,  la que me provoca ser solidario. Con otro humano,  tratando de crear por y para él. Con un animal,  defendiendo su derecho natural a una vida para la que nació y no obligarle a cumplir el deber de una vida impuesta. Creando una raza nueva de millones de eunucos en los que ya gastamos 70.000.000 millones de dólares al año.

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