GIF-sangre-articulo-carlos-511x320Hola I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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El toreo educa para lo que no estamos educando. Se comprometen verbal y cínicamente a educar a esta sociedad sobre el mundo nuevo, maravilloso y sin espinas que jamás va existir. Se comprometen, políticos nuevos, periodismo de siempre, ideólogos de pesebre, tertulianos reiterados  de a tanto la palabra, a ofrecernos la meta copiada una y mil veces de la Arcadia Feliz y su concepto utópico de oro del moro. El que usó el Renacentismo para su fracaso histórico.  Se comprometen a lo mismo. Nos educan para lo que ya fracasó. Su meta es una mentira de proporciones cainitas.

El toreo jamás se comprometerá con esa educación que fabrica  eunucos mentales, que produce gentes sin capacidad para sufrir ni talento para gozar. El toreo educa para que a nadie se le caiga de golpe su castillo de barro cuando comprueba que no existe esa Arcadia. Que jamás existirá. Educa para la posibilidad  de ser feliz usando la inteligencia de nuestra raza de humanos: una moral solidaria que no se doblega ante el dolor, que no se asusta ante la visión  de la sangre, que la palpa, la saborea, que la llora para reirla luego. El toreo es una ética para día de la semana

Que es posible sólo lo que uno se gana en batalla. Que nada que no cuesta importa un carajo. Que lo gratis es despreciable. Que existe el gozo de lo cuesta:  el hermano solidario humano, que es posible que jamás te derroten, que es posible perderlo todo si buscas llenar ese pozo vacío que es la necesidad de una pasión, de una fe. Que existe el hermano, el amigo, el igual a ti, igual al otro, el igual a yo. El toreo educa para todo eso. Su compromiso es la batalla del ser humano para seguir siendo un ser humano. No tenemos  más meta que seguir avanzando. No hay más días vividos que el que hoy estamos viviendo.

Nos caen los días gota a gota en esta sociedad educada para comprender al yihadista, para abrazar al perrito, para copular amor con el gatito, para llorar lágrimas de azúcar química por la mascota que se nos fue, educada en la debilidad de los amores que no se pelean, de los penes reiterados, la que usa la cultura para hacernos más incultos. Nos cae esa palabrería de un idilio que pretende la cópula entre el orangután  y la cabra por razón de no especie. Gota a gota, como cae la sangre de una cornada queriendo hablar. Gritar. Queriendo decir algo.

Me hablan desmemoriados  de la  “memoria histórica” con una osadía de truhanes sin gracia. De catetos autoproclamados progres, de expendedores oficiales del carnet de digno y de culto y de ético. Y me frustra y me irrita hasta el desprecio. Les da miedo el individuo, les da pánico el que torea, el que escribe libre, la poesía que los retrata como gentes sin alma. Les provoca temor que existamos. Que exista una escuela de vida llena de musculo, hueso, sangre, neuronas, valor, coraje, amistad, lealtad, fuerza.  Una escuela orgullosa de su llanto y tantas veces temerosa  de su risa. Honesta en su derrota. Orgullosa en la pelea.

La lucha, imbéciles, estúpidos, desmemoriados, analfabetos, es el hombre. Que hombre no lucha. Que mujer que lo es no lucha. Educad entonces para ello: barro, agua, tormenta, paz, abrazo, dolor, risa. Que todo eso somos. Que todo eso es. Y todo eso será y seremos. Meteros por cueva de las posaderas vuestro mundo ofrecido de mentira, la Arcadia copiada  y fracasada. Por ahí mismo meteros con holgura vuestras promesas de hombres castrados, esterilizados, impotentes, traslúcidos, blanquecinos, pusilánimes. Nunca lograréis esa sociedad del todo.

No mientras exista este territorio. El lugar de encuentro de los que creemos que tener no es poseer, que pelear es ser generoso, que cada sol tiene un precio, que la luna no es gratis,  que amar se pronuncia haciendo, que un hombre no es lo que dice sino lo que  hace.  Este territorio donde ni siquiera morir es infalible. Donde no existe el tiro de gracia. Donde los hombres  y las mujeres se hacen de nuevo, se nacen de nuevo, se paren de nuevo para verse, para abrazarse. Para torear de nuevo.

Hola de nuevo. David. Saúl.