José Montes entró en el cartel por sustitución de José Luis Triviño, y quizás éste fuera el motivo por el que olvidó afilar la tizona, ya que de haberlo hecho, podría haber cortado un trofeo de cada uno de sus oponentes. Lo que no olvidó Montes fue una disposición absoluta de la que hizo gala toda la tarde. Recibió el tercero de hinojos a porta gayola, algo que repetiría en el sexto, y en ambos casos se estiró a la verónica. Su primero no andaba sobrado de fuerzas y éste fue el motivo por el que la faena no alcanzó cotas más altas, a pesar de que el novillero echara siempre la muleta hacia delante intentando hacer las cosas bien. El novillo se fue rajando y la faena fue a menos; levantó el ánimo del público con una tanda de manoletinas, pero un pinchazo y después una estocada trasera y caí
a dejaron el premio en una vuelta al ruedo. El sexto fue un ejemplar grandullón y desrazado, que embestía con la cara por las nubes, al que José Montes exprimió, sacándole todo lo que llevaba dentro. Faltó profundidad a la faena, la que el astado no puso por su condición. Volvió a pinchar en éste y dio otra merecida vuelta al ruedo.

A Luis Vilches le tocó en suerte un primer ejemplar complicado, que rebañaba quedándose corto, con el que estuvo firme pero fue imposible el lucimiento. No mucho mayor fue el recorrido del cuarto, lo que le impidió rematar los muletazos, debido a la escasez de fuerzas del astado. Sostuvo la muleta a media altura y la faena se desarrolló fría sin llegar a romper.

En el segundo, Alberto Álvarez pechó con un ejemplar peligroso que tiraba derrotes, sobre todo por el pitón izquierdo, y que acabó distraído con el que se mostró voluntarioso. En el quinto volvió a intentarlo, pero la falta de casta del animal hizo que se fuera rajando cada vez más y las intenciones del novillero cayeran en pozo seco.