El Taurino, El Corucho, El Patillas, Super, Tronquitoen los carteles. No son grandes nombres, conocidos apenas en una localidad donde su presencia causa más expectación que el mejor cartel de figuras. Un pueblo que cada 9 de septiembre se inunda de ilusión por ver a sus familiares, amigos o vecinos encarnados en la figura del héroe.

El terno: una camisa blanca, vaqueros, botos y gorra campera. Está cuidado al detalle como si fuera el mejor traje de luces para una ocasión especial. Vestido sin alamares pero que lucen con orgullo estos valientes aficionados -sin más, no conocen aquello del apellido práctico- de la localidad abulense de Sotillo de la Adrada que año tras año recuerdan que la Fiesta no es más que una identificación de las costumbres populares.

Desde meses antes del ‘acontecimiento’ ya empieza a recorrer el pueblo el run run… ‘¿Quién va a torear este año?’, ‘Dicen que va a torear el hijo de Camorra’, generando una ilusión que ni el mejor cartel con figuras. Pero cuando se va acercando la fecha, los mensajes cambian de la misma manera que el color de la cara de los púgiles que comienzan a darse cuenta de que aquello no es una broma. Desde los ‘Suerte’ hasta los que dicen sin reparo… ‘¡A ver si lo haces mejor que el año pasado!’ o ‘¡Hay que arrimarse!’. ¡Como si fuera tan fácil!

Aquí nadie se anda con medias tintas: todos deben estar a las 12 para que se celebre el sorteo. Sombrero cordobés y papel de fumar para anotar el número de los añojos. Miradas de responsabilidad -de miedo también- pero siempre con ilusión y ganas de hacerlo lo mejor posible.

Rompe el paseíllo. Clarines y timbales. Cuando todos pensaban que saldría el primer becerro, Luis, un niño al que le apasiona el toreo, se fue a chiqueros para recetar una larga cambiada a un carretón. Emoción en los tendidos. Su gesto los decía todo: había cumplido el sueño de salir en hombros después de demostrar su arte en los tres tercios. Y también había roto una barrera personal. El toreo, su toreo, había triunfado como terapia para olvidar el Sindrome de Down. Un ejemplo.

Peroademáshubo toreo, el de unos inexpertos y alocados aficionados que una vez al año rinden pleitesía y hacen disfrutar a su pueblo. El Taurino sacó una silla para iniciar su faena al más puro estilo Morante, El Corucho hizo vibrar al público en su ‘debut’, Tomás Ruiz se atrevió a torear de rodillas… Y cómo no con la ayuda de sus cuadrillas, varilargueros incluidos a lomos del burro ‘Sergio’, que intentan hacerlo lo mejor posible para sentirse protagonistas e incluso con la rivalidad de hacerlo mejor que las otras cuadrillas.

La cruda realidad es que la crisis y la imposibilidad económica de celebrar otro festejo taurino, hizo que se recuperara la tradicional becerrada local que fue eliminada para traer carteles que elevaran la categoría de la villa en la comarca. Una solución que trajo la ilusión a Sotillo de la Adraday mostró la realidad: la Fiesta es del pueblo. En definitiva, volver a las raíces que hicieron del toreo el espectáculo más importante de nuestro país.

PorMARCOS SANCHIDRIÁN
Seguir a @Todosalostoros

 

Twittear