Portagayola en Céret I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

JAVIER VILA > Céretlinea-pie-fotos-noticias

 

Mientras unos cuantos catalanes y catalanas andan a tortas con unas urnas vacías de talento gestionadas por mentirosillos que prometen futuros inciertos , otros se van estos días a su exilio particular al otro lado de la Jonquera, al lado de la frontera con Francia, a poder ejercer libremente su libre derecho de ir a los toros. Ariel fue, el sábado, una de ellas.

Y es que esta mujer que se llama como la sirenita del cuento preferido de mi hija Blanca (que pena que con lo que le gusta esa historia, su madre , ha decidido que se lo pueda contar menos noches de las que a Blanca le gustaría), es una de esas catalanas que, ante mi insistencia, decidió dar un paso adelante y, olvidándose de prejuicios, sentarse en un tendido por vez primera a escuchar como esos catalanes de más allá de los pirineos tocaban els segadors en el mismo instante que una señera hacia el paseíllo del miedo a hombros de un francés con apellido de brandy y con los cojones de los que tomaron la bastilla.

Y, Ariel, acostumbrada a ir al Español las tardes de domingo, entendió durante la mañana de ayer lo que significa sentarse en un tendido. En un mundo de mentiras y verdades a medias, lo que pasaba allí dentro era ante todo verdad, y comprendió casi sin explicación por mi parte porqué los toros deben ser picados, banderilleados, y la pureza y riesgo que existe al matarlos de frente y no por detrás en la soledad de un corral. Y percibió que los toros cogen para matarte como cogieron a García Navarrete, y que hasta el miedo se asusta cuando ve a tíos como ese Solera estar así con una novillada de Raso del Portillo muydelgustodeceret con lo que eso implica

A la vuelta a Barcelona, me preguntaba si esto es siempre así, si las ciudades y pueblos se vuelcan de esta manera en los días de toros, y si este espectáculo es tan verdad como se había visto en una mañana con algo de viento y de novillos fuertes. Y le puse la cara que le puse a ese juez que me trató como si fuese menos que una madre que definitivamente no era más. Y busqué refugio en mi amigo Daniel que andaba guatsapeándose con una francesa catalana, pero él tampoco supo que decir. Son tantas las veces que leemos que es todo mentira, y que oímos el fueracacho y crúzate y que vemos los pitones despuntados que ya ni los que creemos en Dios pensamos que realmente resucitó…y ante una pregunta sencilla, la respuesta nos parece complicada.

Pero mi padre me enseñó que en la vida hay que simplificar, y, sobretodo, centrarse en lo importante. Así que la miré a esos ojos azules y le dije que sí. Que la gente en los pueblos y ciudades donde se dan toros desde hace siglos no concibe sus fiestas sin encierros ni corridas, y que, a pesar de ser un negocio donde unos ganan y otros pierden, esto es un espectáculo ante todo cierto. Que aquí se muere de verdad como desgraciadamente hemos podido comprobar en estos últimos tiempos. Y que mientras haya un ganadero que críe un toro que embista a los vuelos de una muleta y un tío, como Maxime, dispuesto a jugarse la vida para dejar esos vuelos en un hocico con olor a hule y cloroformo, nadie, ni de dentro ni de fuera podrá convencerla de que las emociones que vivió ayer por la mañana no eran reales.

Le aconsejé también que a partir de ahora bloquee sus entradas a las redes sociales donde se hable de toros, bien o mal, y que se limite a subir cada año a Ceret, que le pilla cerca y donde se habla catalán que es su lengua materna y la de todos sus hermanos que el viernes le decían que estaba loca por sentarse en un tendido.

Me acaba de llamar, ayer cenó con ellos. Me ha contado que se emocionó hablando de toros como si hablase de amor. Y me ha dicho que cree que el año que vienen se irán con ella. Que les convenció su emoción. Y es que, en esta sociedad de mentiras, todos nos ilusionamos con las cosas que tienen pinta ser de verdad.

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