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No somos sociólogos, pero los festejos de Madrid, Málaga y Sevilla en Semana Santa, obligan a una reflexión sobre el tercer actor que ha de tener una corrida de toros: el público. Un común denominador de los tres festejos señalados fue que todos colocaron el cartel de No Hay billetes. Más técnico que de apreturas, más de decoro que de ca. Otro fue la escasa bravura de los toros. A partir de ahí las reacciones de los públicos fueron muy distintas. En Madrid se siguió al pie de la letra lo que pasaba en el ruedo: el público reaccionó con frustración, con desagrado y hasta con cierta ira. El público fue protagonista. Eso no quiere decir que se esté de acuerdo con todas las manifestaciones. Pero las reacciones fueron naturales y guardaron relación con el índice de ilusión/desilusión que habían creado los que fueron a la corrida.

En Málaga y en Sevilla no sucedió asi. El público de  La Malagueta acudió para reaccionar sólo a lo positivo. Fue tan positivamente a la plaza que, incluso sin la faena de Perera, no habría habido protesta o reacción de frustración. Es una forma escasamente apasionada de ir a los toros pues,  si no se puede hacer el toreo porque los toros no son bravos, apenas hay señales externas de frustración. Y eso no es natural. Los públicos que así reaccionan, sin dar rienda suelta a su felicidad o a su frustración, no protagonizan nada. No son protagonistas del toreo, excepto si el toreo les place. Ahí sí se rompen. Pero al toreo no le podemos quitar la gran bronca. El ruido del cabreo. Los sonidos de la frustración. 

Ese ruido nada agradable para el torero es, sin embargo, parte esencial de la fiesta. Y hasta positivo. Porque todo lo que no se retiene en la plaza, todo lo que se exterioriza in situ, es bueno. Sucede la bronca y, como diría Belmonte, la tormenta pasará. Porque van a volver a la plaza. Y volverán con pasión porque,  pase lo que pase, en la plaza van a exteriorizar sus sentimientos. De grado, agrado o desagrado. Los suspensos son para los malos estudiantes ylas broncas para los buenos toreros.

Pero estamos haciendo un público espectador del no espectáculo, un público silente que ama a medias a un torero bueno: porque no abronca al gran torero en una mala tarde. Es como si jamás les produjera frustraciones. Solo gozo. Pero, ¿cuál es el gozo que no lleva implícito una posible frustración? No existe. No existe en la vida, en el amor pasional, en todo lo humano que se precie. Y si no existe,  lo natural y lo apasionado del toreo es que exista la belleza torera e inenarrable de una majestuosa bronca.Hasta a Morante ya se le han matizado las broncas. Y estas son de una belleza torera impresionantes. Necesarias. Genuinas.

El toreo y la corrida han de ser el escenario de la propia vida, su fiel reflejo: una mezcla de silencios, ruidos de felicidad y de desencanto, y de cabreo, y de admiración, y de ira. Porque el toreo, como manifestación de los grandes sentimientos y pasiones del ser humano, ha de ser espejo de la vida del hombre. Igual que al amante, al hijo, al padre o al amigo se les enfrenta a reacciones prontas de distinto signo, así ha de suceder con el toreo. Porque en todos estos casos, serán reacciones de una pasión y un sentimiento coherente, puro y a sabiendas de que una voz de cabreo no es otra cosa que el envés de un ‘ole’ desgarrado. Una bronca es el otro lado de la caricia.

Pero eso no sucede. No sucedió en Sevilla, en donde la cuestión fue más compleja y quizá muy en clave local. Sevilla se vive en contextos especiales. Por encima de amar o de ser partidario o de ‘tener’ a su torero, Sevilla es partidaria de sí misma. Y necesitaba volver a verse bella en el espejo tras la apología del mal gusto del que hicieron gala Canoreay Valenciael Domingo de Pascua pasado y de la estrambótica feria de pésimas combinaciones. Una cosa es la precariedad y otra el mal gusto. Lo primero puede ser soportado en Sevilla, lo segundo jamás.

En Sevilla los toros se ven y se viven en una clave de pasión de larga duración porque su puesta en escena es distinta. El lugar importa tanto que no se puede ir de cualquier forma. Se va a la plaza a ver y a que se te vea, lógico en aquellos que no dudan de su belleza ni de su tronío ni de su buen gusto vistiendo. Es lugar apropiado para largar de y que larguen de ti sin que sea pecado, con naturalidad. Es un largue de buen gusto. Ó sea, puede que no tenga ingenio, pero es un largue a juego con el contexto.

Al respecto y entre paréntesis, este buen gusto discrepa de forma evidente con la moda de llevar de la mano a todas partes a una almohadilla a rayas. Una nueva mascota (la almohadilla hembra tiene las rayas más finas que la almohadilla macho) que se sostiene y no se abandona, aunque no haga juego al lado de traje de sastre o del vestido de estreno, hasta las horas de la madrugada de la post corrida. Pero eso es otra cosa. Aunque, sinceramente, mover un abanico y portar un bolso o ponerse unas gafas de sol se puede hacer con arte. Algo que dudamos pueda haber en sacar a pasear para pis a un perro o sacar a pasear a la mascota de rayas.

El domingo de Pascua en Sevilla se juntaron  tres argumentos no necesarios. Planteada una corrida para Manzanaresy Morante,se llegó a la despedida de Espartacoy a la alternativa de Borja, por eso del uno por delante más que por cuestiones de sentimiento. Añadimos también el argumento del torero más de Sevilla ahora mismo, Manzanares, que fue de luto.  

La empresa puso tres argumentos para animar al público a ir a la plaza. Da la impresión de que la dupla que manda desconoce lo que manda. Bastaba con un reclamo, pues Espartacofue el epicentro de la corrida en cada segundo. Espartacofue argumento, reclamo, excusa y hasta justificación de honor para que el público volviera a verse y a llenar la plaza después de un año.Consistía en dar una excusa o argumento honorable para que el público de siempre volviera a la plaza a verse de nuevo. A decirse qué bonita y hermosa es Sevilla. Y la plaza. Y el toreo. Y todo lo que significa el toreo en esta ciudad.

Había un gran motivo, porque este figurón del  torero, que en su día fue culpado de mal gusto toreando, se merecía un reconocimiento público y en activo. Toreando. Y asi sucedió. Todo lo demás sobrabay,  por eso, un festejo de tres horas donde solo Espartaco fue argumento de sostén, se vivió con cortesía exquisita, pasión matizada. Siempre a la espera del gran júbilo que fue todo para y porEspartaco.

Estas tres formas de ir a la plaza de los públicos y las tres formas de reacción de los mismos sí merecen una reflexión. Sinceramente es más lógica y humana la reacción en Las Ventas. Nos parece muy displicentela de Málaga y cercana al espejo por el espejoen Sevilla. Creemos que el público tiene que ser el tercer protagonista, justo o no, duro o frágil, ovación y bronca. Palmas y pitos. Pues si la vida también es de grises,en los sentimientos lo tibio es el amaneramiento de la sensibilidad. Es decir. La sensiblería. Y eso le haría mucho daño al arte del toreo. Sólo las pasiones crean adicción y adictos fieles. El público del tenis que decía Romero, ni siquiera le gustaba a él. Sólo era una forma de hablar. Nadie como Curro vivió más y mejor y peor al lado de la pasión del tercer hombre de la fiesta: el público.

 

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