editorial-14-9-15-511La muerte del humanismo I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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Como en tantas cuestiones, el mundo del toro es el banco de pruebas de situaciones sociales que se debatirán en un futuro cercano. Y el debate que nos ocupa es el del animalismo y sus pretensiones sociales, ideológicas, políticas y económicas. Un debate que, en el fondo, está poniendo fin al logro más social y sensible del ser humano, el humanismo, para ser relevado por el denominado ‘animalismo’. Recordaremos que el humanismo es la corriente filosófica avalada por la ciencia y hasta por las religiones, que sitúan al ser humano como centro de todas las vidas, animando al desarrollo de su inteligencia, sensibilidad y creatividad. ¿Qué es el animalismo? Es una corriente que niega al antropocentrismo para igualar al ser humano con todas las especies de seres vivos. Igualar significa hacerlos iguales de derechos (no en deberes) y lograr su inserción social a todos los efectos.

Si alguien ve exagerada esta afirmación, me basta con recordar que se manifestó más gente a las puertas de la enfermera contaminada de ébola pidiendo que no se sacrificara a su perro, que amparando a la mujer que se había contagiado y cuya vida corría peligro. Ahí están las imágenes, que no mienten. O basta con recordar que asociaciones animalistas se congratularon públicamente con el dictador y asesino de masas, el presidente de Zimbabue, Mugabe, cuando anunció medidas protectoras para sus leones, tras la noticia de caza y muerte del famoso Cecil. Esos son datos objetivos de las reacciones de los colectivos animalistas, cuya capacidad de movilización se dirige sólo a la defensa de cualquier animal, menos del animal humano. Ésta es una realidad incuestionable. El afecto al animal es una cosa, su cuidado es una cosa, y la extrapolación de ese sentimiento hacia la igualdad, es otra. Coincidir con alguien antiguo como Esopo en el buen trato a un perro no tiene nada que ver con igualar en derechos a mi perro.

¿De donde parte el animalismo? Es un movimiento de ciudad, muy conservador, alentado desde las leyes por personajes históricos que negaron el humanismo y a los derechos de los seres humanos. Todo el mundo cita una y otra vez la primera ley avanzada de defensa de los animales, promulgada en París antes de la Revolución por el General Grammont. La cita a esta ley obvia dos cosas. Una, que en la capital francesa había un parque de perros de alta sociedad de unas 3000 cabezas (el general tenía más de una veintena), y que la ley se basó en su bienestar. Otra, que, en esos días, el citado promulgador pertenecía una sociedad y a un gobierno absolutista que sacaba la caballería a las calles para sofocar a golpe de sable y bayoneta las protestas de ciudadanos sin trabajo, sin pan y sin derechos. Situación extrema que desembocó, pocos años después, en la Revolución Francesa. Esto no es demagogia, son datos históricos.

Una revolución, considerada madre de todas las libertades europeas y atlánticas en las que se hizo proclama del humanismo con la primera declaración de derechos de los hombres y las mujeres. Un paso social y humano del pueblo. Las siguientes leyes o propuestas legales hacia el bienestar animal se asignan a personajes del mismo perfil: de clase alta privilegiada y apegados al poder absoluto o no democrático, nulo apego a los derechos de los hombres y hasta protagonistas de infamias contra la humanidad, léase Hitler o Stalin. Les guste o no a los animalistas activistas, estos dos personajes promovieron las leyes de bienestar animal más “avanzadas” de la historia. Recordemos que Hitler prohibía fumar delante de su perra. No es demagogia, son datos objetivos.

¿Estamos equiparando sensibilidad hacia los animales con personajes convictos de crímenes contra la humanidad? En absoluto. Estamos alertando con datos históricos que los radicalismos que extrapolan el llamado buen trato al animal hasta su igualdad con la raza humana, cometen una perversión histórica que nace y se fomenta desde y por sujetos que negaron el principio humanista de igualdad de derechos del ser humano. Estamos diciendo que el animalismo militante es una deformación de la natural bondad del humanismo, que no necesita ley para bien tratar a animal cualquiera, una negación de la evolución de Darwin y la negación acientífica de la superioridad intelectual y moral del animal humano sobre otras especies.

Es decir, estamos ante un radicalismo que quiebra la evolución social, que niega la filosofía, la ciencia y la evolución del ser humano de los últimos 500 años. Y esa quiebra significa romper el equilibrio natural de la humanidad. Para que los animalistas comprendan, romper el equilibrio evolutivo de la Tierra. El animalismo extremo que vivimos hoy en las ciudades europeas, es una misantropía radical, casi una especie de ejercicio de autoexculpación del mal humano por ser mal humano, un infantilismo mental, que como todo infantilismo, suele ser objeto de manipulación fácil y devenir en un extremismo. De hecho, ya es un extremismo. Romper un mitin de forma violenta o atacar a un político o a gente aficionada a los toros, son actos que, no por ser consentidos, dejan de ser delitos.

Hace apenas cuatro décadas, ¿dónde estaba la mascota? Sólo en las ciudades y sólo con la gente de clase media alta. Era un signo distintivo de clase y un ‘síntoma’ diferenciador de una mejor moral, de una superioridad ética,  el hecho de  tener una mascota y tratarla como a ‘uno de los nuestros’. Es decir, fue una práctica de una clase social nada de izquierdas, nada obrera. Esta significación de una mejor ética a través de una mascota y su trato humano (somos mejores humanos si tenemos una mascota a la que tratamos como a un ser humano), se ha extendido a todas las clases sociales del mundo occidental, de tal forma que el índice de natalidad es 75 veces superior al indice de nacimientos de humanos. Hay familias que hacen el mismo esfuerzo económico para convivir con  un perro como lo hacen con un hijo.

Una natalidad, no obstante, controlada. ¿Por quién? Por las transnacionales del gran negocio en que se ha convertido la mascota, sobre el que no voy a incidir porque ya hemos publicado tantos datos que están a disposición de quien quiera en este medio. Por las grandes multinacionales del negocio mas floreciente de los últimos 20 año, a decir de los economistas, capaces de encauzar  y derivar el mensaje del buen trato al animal (humanismo) hacia la necesidad de la igualdad de la mascota con el ser humano (animalismo).  Hacer a un animal un igual en derechos a un humano. Derechos significa inversión para  recursos: alimentación, medicinas, ocio… Todo lo que consuma un ser humano.

Tampoco vamos a tratar aquí asuntos de maltrato animal con la mascota, como la castración  o vaciado de hembras (en la Tierra, más animales castrados que enteros de algunas razas u especies). Un maltrato que se obvia en función del bienestar animal, castrar para que la mascota sea mas feliz, pero que, como todo este asunto, significa la desnaturalización y la quiebra de lo que ha sostenido al planeta Tierra: el equilibrio. Y el equilibrio ecológico. Los animalistas se han equiparado falsariamente a los ecologistas. Pero no son lo mismo. No sólo no son lo mismo, sino que son extremos opuestos.

Ecología no es igualdad por razón de especie. Al revés. Una y otra vez las asociaciones animalismas y las transnacionales del negocio, han tratado y logrado fundir ecologista y animalismo. Esta fusión trabajada, elaborada comunicativa y publicitariamente, es la que ha generado una corriente de adeptos en la sociedad. Pero un ecologista lucha por un equilibrio sostenido del planeta, dando a cada especie su función natural, en donde depredador y presa son exactamente igual de necesarios. El animalista prohibe al depredador.  Por cierto, nada más ejemplificador del equilibrio ecológico que una dehesa de bravo. Esta usurpación de lo ecológico por sus “enemigos” más evidentes, el radicalismo animalista, es la derrota de un trabajo arduo de décadas por parte de científicos y seres humanos que han dedicado su tiempo y talento en hacer de la Tierra un planeta duradero. Equlibrado.

Los ecologistas son contrarios a este animalismo que quiebra el concepto de equilibrio y evolución. La ecología nació en la naturaleza y trató de introducirla en la conciencia de la ciudad. Pero no alteró el orden de las especies. La ecología trata de un equilibrio natural en el planeta para que, en definitiva, el hombre siga subsistiendo y evolucionando cuidando ese equilibrio natural. Ecología es primar al hombre, responsabilizar al ser humano del cuidado natural de las especies. Es un humanismo de máxima evolución ética, moral y práctica.

Ecología no significa una superpoblación agresiva de palomas en la ciudad, no significa que sea inmoral atacar una invasión de medusas en una playa, una plaga de langostas, o que sea éticamente reprobable el consumo de moluscos. No. Su consumo no, su desarrollo en equilibrio, la no alteración de los ecosistemas, sí. El animalismo militante tiene un efecto devastador en la ecología, además de haberse convertido ya en un arma de uso político.  De uso en votos. Y de uso violento, pues, amparado por la supuesta sensibilidad hacia el animal, el hombre animalista puede ser violento con otro ser humano.

Nos enfrentamos a un problema superior al del toro. El toro es un banco de pruebas que se instala en una cuestión grave: si animal es igual a humano, ecologistas, científicos, humanistas y economistas se interrogan sobre cuál ha de ser el reparto de recursos que este planeta tiene. Ese reparto de recursos que, en nombre de una moral superior, hace que se inviertan miles de millones de euros en mascotas y su bienestar humano, mientras hay espacios geopolíticos en este planeta en donde el animal humano no tiene agua para su sed.

Sólo un dato: los españoles hemos donado para la lucha contra el ébola apenas 300.000 euros. Los españoles hemos gastado 65 millones de euros en arena para caca de gato mascota. ¿Esto es demagogia? No. Son datos de reparto de recursos que a nadie escandalizan. Son datos que certifican el desinterés por el cuidado del equilibrio (una epidemia y su solución) frente a un desequilibrio (la cría del gato mascota en una casa de ciudad)

Cuestión que, por supuesto, no se plantea como debate moral, el debate humano y lógico del  justo reparto de lo que producimos, del justo reparto de nuestros recursos como seres humanos. No interesa este debate porque afecta a la linea de flotación de un negocio. Es más rentable la caca del gato en una casa de ciudad que los miles de seres humanos muertos por ébola. Y no es demagogia, es cierto. Tan cierto como que las cifras de inversión en uno u otro caso son las que se han anotado. Cuestión de la que ya nadie duda, pero que se silencia porque hay dinero y votos en juego. Lo que consistía en un humanismo cultural del ser humano, lo que debería ser transmisible, educacional, metido en el día a día de la tolerancia y respeto a todas las especies, se ha convertido un extremismo histérico y radical, una pseudo-cultura que prohibiría, por ejemplo, no sólo el toreo, sino el uso de animales para fines experimentales que solucionen enfermedades y sufrimientos al ser humano.

Esta pseudocultura que el político trata de rentabilizar en votos de forma irresponsable, consiste en la autoexculpación de las perversiones propias. Por ejemplo: el medio más usado por animalistas y veganos es internet, que consume ya el 10% de toda la energía del planeta y está acelerando el cambio climático. Se autoexculpan del debate entre fármacos curativos y experimentación con animales. Se autoexculpan del fin de la dehesa y su ecosistema frente al fin de la tauromaquia. Se autoexculpan de millones de castraciones de mascotas frente al supuesto bienestar de los animales. Se autoexculpan de la desnutrición y hambre en el planeta frente a la derivación de recursos hacia los animales.

Son inocentes confesos del final de la evolución del ser humano, de la evolución de Darwin, de la ciencia y de los derechos intrínsecos al ser humano, que han de ser compartidos a partes iguales con los animales. Se han autoexculpado de idear y de obligar a la sociedad y al político a someterse a una crisis ética que pone el principio del fin a un equilibrio que el talento del ser humano, el del humanismo, el del ecologismo, habían logrado introducir con tanto esfuerzo dentro la mente del ser humano. El animalismo extremo que vivimos estos días es, sin demagogias, el principio del fin de la biodiversidad. De la ecología y del equilibrio natural del este planeta.