C.R.V.
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Madrid (España) El periodismo se llama Gabriel.  Mi periodismo se llamará así hasta el final. Tendrá el sabor  de las almendras amargas,  el olor de la densa e indomable humedad del Caribede sus recuerdos escritos y sonará al  murmullo de las noches de Macondo y los llantos flacuchos que ladran  esos perros noctámbulos del pueblo dormido . Cada vez que esta profesión  de creatividad ingrata para la que se nace, como se nace para ser pintor,  torero, o poeta, muestra su inquebrantable definición ( el periodismo es mirar a un cielo que siempre muestra una constante amenaza de tormenta) me basta con abrir al azar el libro más gastado que tengo, Cien Años de Soledad, leer un pedacito que ya leí cientos de veces con cientos de ojos idénticos, para hallar la razón de seguir. En el fondo,  el periodismo es esa novela, un relato compasivo del mundo como “Cien años…” es el relato compasivo del pasado de Gabriel.

El periodismo es la historia de la soledad perpetua,dura más que la Soledad novelada, que tiene un tiempo de Cien años. Los periodistas  noticiamos un mundo a diario, a sabiendas que jamás nos va a pertenecer y que, raramente nos admitirá. Nadie admite a su relator, no sea que vaya a redactar las causas de su tormenta. No se nace al periodismo, sino que se nace o no  se nace  periodista. Eso afirmó  él,  Gabriel, o Gabo, en una jornadas sobre la profesión en un pueblo de Madrid. Desde que tuve cierta idea de este arte, miro compadecido a quien dice que quiere ser periodista y nació para abogado o para recepcionista. Eso nos ocurre ahora cuando vemos el deseo apenas deseado de quien quiere ser torero y no nació para ese arte. 

Todos tenemos una causa oculta por la que un día decidimos mirar al cielo para ver el futuro que nos íbamos a dar.  Mi razón también se llama Gabriel y se apellida García y Márquez y fue parida en la Colombia de toros, selvas, mujeres icono de todas las Evas  y la Colombia del vallenato y el Caribe. A cierta edad andamos con la femoral latiendo a temperaturas que no se miden en centígrados y esa temperatura leí los “Cien años…”La había escrito un periodista de nacimiento, con el adn del periodista y era  y será la novela a la que siempre acudo para hallar dos sentimientos Uno de paz: merece la pena el periodismo. Otro de confesable envidia frustrante: yo no se escribir. El si. El es la escritura, la literatura. Yo, al lado cualquier pedacito  de texto de ese milagro escrito, recalentado por unos ojos que ya lo leen de memoria, apenas junto letras. 

En este mundo donde la osadía  de escribir y publicar tiene la misma obscenidad  consentida y hasta alabada que la de pintar, la de torear, no habiendo nacido para ello, siempre hemos de tener al alcance de la mano un algo que, aunque sea de noche y en soledad, nos avergüence o sonroje el hacerlo. Y nos haga querer nacer de nuevopara poder torear, pintar, escribir, como si nos hubieran parido para ello. Como le parieron a él. Hay un lugar no descrito de encuentrode todas las profesiones creativas llamadas artes: llega un momento que no sabemos discernir si es, si son, o si  somos lo que sea que somos, por demencia o por felicidad.

La respuesta la tiene nuestro tótem de referencia, el mundo creado por un dios al margen de Dios, el de Cien años de Soledad. En esa novela, en cada una de sus líneas que son verso y prosa y memoria compasiva y relato periodístico, se encuentra la frontera de delgada línea y sutil trazo que separa nuestra demencia de nuestra felicidad. O nuestra cordura de nuestra infelicidad. El candor de la primera vez. El pudor de la primera vez. Noticiar como noticiamos la primera vez que fuimos periodistas. Torear como la primera vez que se  fue toreo. Amar con la misma torpeza pura de la primera vez que amamos. Ese es el toreo, esa es la literatura, eso es amar.

Quien un día trazó esa línea que disculpa los devaneos humanos entre felicidad y demencia se ha muerto en México. Dicen. No es cierto. Escrito está en “ Cien años…” que la soledad nos concede ese pudor de la primera vez para escribir, para pintar. Para torear. Para amar.  La primera vez nunca muere. Periodismo y toreo son siempre hechos con la pureza de la primera vez. O no lo son. 

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