Mónica P. Alaejos
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Dependiendo de la fuente a la que acudamos veremos clasificaciones diferentes de las industrias culturales y creativas que se han ido modificando a lo largo de los años en base a la ampliación del espectro de modalidades que han sido consideradas por los teóricos como tales. Son industrias culturales y creativas la literatura y las publicaciones entre las que se incluye a la prensa escrita, las artes visuales como la pintura, la escultura o la fotografía, el patrimonio cultural donde enmarcamos a los museos, las bibliotecas y la arqueología y el conocimiento tradicional en el que queda catalogada la artesanía, por ejemplo. También es una poderosa industria cultural el sector audiovisual y los medios de comunicación además de todos los multimedia que incluyen el software y los videojuegos. No podemos dejar fuera el diseño de interiores y el sector publicitario pero sin duda, lo que más de cerca nos toca son las artes escénicas. Todas las industrias culturales hacen referencia a la generación de contenido simbólico, su producto representa, al menos en potencia, una forma de propiedad intelectual y se hace bastante complicada su valoración económica.

Es necesario aclarar que en las industrias creativas la cultura se convierte en un ‘input’ del proceso productivo y aunque la economía es una variable importante en su definición es preciso subrayar su valor social. ¿Dónde encajamos a la Tauromaquia? ¿Tiene ésta ese valor social?

Se concibe como ‘arte escénica’ a toda manifestación artística que se inscriba en una escena, es decir, un espacio donde los artistas representan la acción a la vista del público. Teatro, danza, ópera, comedia musical, circo, conciertos musicales y performances integran el espectro de las llamadas artes escénicas, cada una con sus múltiples manifestaciones y sus características propias, pero con un elemento común: la copresencia entre el artista y el espectador. Las ferias y los espectáculos taurinos cumplen estos requisitos además de compartir con ellas, el ritmo, la expresión corporal en los movimientos y la técnica al servicio de la creación. Clasificaciones aparte, los  toros como espectáculo no se parecen al teatro y en esencia poco tienen que ver con la danza ya que lo que hace única a la Tauromaquia es la base de los valores sobre los que se asienta. Para avanzar, también deberíamos hacernos preguntas sobre nuestra percepción de la fiesta, sobre si realmente es cultura o no lo es, sobre ese territorio poco definido en el que nos movemos y empoderar una economía de la cultura taurina lo suficientemente relevante como para que los informes anuales sobre la cultura española incluyan a la Tauromaquia entre sus ítems de análisis.
 

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