Simón Casas, durante la Gala de San Isidro 2018 I PLAZA 1linea-punteada-firma1

C.R.V > Madridlinea-pie-fotos-noticias

En tiempos de la posverdad (la mentira emotiva), Simón Casas discursó sobre la verdad o las verdades que la Tauromaquia tiene, frente a la mentira. No se sabe qué mentira o mentiras. Eso no me quedó tan claro. La mentira y la verdad, femenino, en el Día de Internacional del Femenino eterno, que es la mujer. Hablemos, entonces, de femenino y de verdad. En tiempos de populismo político, legal y social, basados en la posverdad, que, insisto, es la mentira emotiva dirigida a la sensiblería y la incultura, Simón Casas hizo retórica notable sobre la verdad. 

André Mourois dijo que la verdad no necesita de retórica, afirmación que abrazo ciento por ciento, y, añadió que la única verdad absoluta, es que la verdad es relativa. Pirandello, que habla poco y escribía corto, fue conciso: a cada uno, su verdad. Tan cierto como que Gonzalo Caballero apeló en retórica a su verdad y Casas a la suya, de tal forma que ninguna de las dos verdades eran mentira. Por la sencilla razón de que existen tantas verdades como inteligencias. Solo que algunas verdades son más ciertas que otras. Y, posiblemente, las verdades más ciertas son las que la Tauromaquia no expresa justo dónde y cuándo hay que expresarlas, cuando los focos y los medios están a la espera de quién va a decir su verdad.

La feria de San Isidro posee todas y cada una de las verdades que Simón Casas afirmó. Claro. Porque el toreo posee todas y cada una de ellas. Haciendo la salvedad que toda tauromaquia es cultura y no toda tauromaquia es arte, términos que se confunden y andan por ahí, errando disparos discursales, cuando tenemos tan pocas balas. Pero resulta que las verdades que se suelen hacer en discursos sobre el toreo, silencian siempre, a otras verdades que, si se dicen, son consideradas como herejías o, incluso, supersticiones. Y, resulta que, cuando tenemos la dicha de tener algo parecido a los Oscar de Hollywood, día en el que las gentes de la cultura y la industria del cine, no precisamente radicales, mandan sus verdades reivindicativas, el toreo las calla. 

Porque las verdades, la de Gonzalo Caballero y la de Simón Casas son suyas, son ciertas, y, atención, son compatibles. Cada cual dijo la suya y no mintieron. Porque es de ley que asistan gentes como SM El Rey emérito Don Juan Carlos I, faltaría más, o el presidente del Senado, Don Pío García Escudero, faltaría más. Pero reconocerlos, halagarlos, premiarlos, no puede ser incompatible con otras verdades, como son las de reconocerlos legítimamente. Porque no es herejía ni el momento inadecuado o no políticamente correcto de insinuarle con arte que tenemos, al Rey emérito que, por favor trate de hacer que su hijo cumpla funciones de Rey y acuda de vez en cuando a los toros. Que no era incompatible ni descortés ni una herejía ni una grosería ni una superstición, decir delante de Pìo García Escudero que cuándo un Gobierno va a hacer efectiva la Ley de Patrimonio Cultural de los Españoles. Por qué Cataluña y sus autoridades se mean en la Constitución y, a pesar del fallo del Tribunal, las autoridades no dejan dar toros.

Porque no es una herejía ni una superstición ni un mal gesto de educación decirle al poder judicial de este país, alto y claro, que somos un colectivo agredido y perseguido por el delito de incitación al odio. Porque no es una herejía decir, alto y claro que la feria de San Isidro, las anteriores, las que vengan, son fruto de varias verdades, las verdades ciertas que discursó Simón Casas y otra muy callada, pero más cruel. Que el pliego de condiciones económicas de Las Ventas es la verdadera (de verdad, femenino) causa de cada feria y de cada cartel. 

Porque si nos llegamos a la retórica cierta del arte y de la cultura, hay que decir alto y claro que una actividad cultural cuyos costes de producción destinados a lo no creativo, son muy superiores a los costes de producción dirigidos a la creatividad (toro y toreros) , esto no es cultura. Es un paludismo decadente. Porque si fuera al revés, si los costes y sus destinos se invirtieran, se podría hacer una programación en donde todos los públicos variopintos del toreo tendrían sus ofertas. Porque pondríamos fin al inmovilismo predecible que nos obliga a hacer retórica de ocurrencias para decir nuestra verdad.

Porque entonces podríamos ir pensando en modificar las pautas de medir presencia de figuras, de hacerlos entrar en la lid de espectáculos sin finalidad de orejas ni rabos ni estadísticas nada cultas, sino el de lidiar el toro por el toro. Y, ahora, digan, cuánto de lo escrito en los párrafos anteriores, no es verdad. Pero no se dice porque en el toreo unas verdades sirven de catarsis frente al silencio de otras verdades que, si se dicen, o si se escriben, como aquí, serían tachadas de herejías o supersticiones o rebeldías. 

Comparto, entonces, todas  y cada una las verdades del discurso de Casas que desembocan en ésta y en otras ferias de España. Pero compartamos las otras verdades escritas aquí. Tan valientes como las que se pronunciaron ayer. Tan valientes y  modernas y actuales como la frase breve pero limpia de Lea Vicens sobre el respeto a la mujer. Una verdad no puede silenciar a otras verdades. Eso sería un machismo emocional y discursal de un femenino negando la existencia de otro femenino. La verdad no es un arma de agresión. Ninguna verdad es un arma de guerra en origen. Porque es compatible agradecer el apoyo a una autoridad, y, al mismo tiempo, decir que las condiciones de explotación de Madrid, de Zaragoza, de El Puerto, son medievales. 

La verdad jamás es un acto de herejía ni de mala educación ni de superstición. La verdad o las verdades no matan. Se puede morir junto a ellas, pero no matan. Y no hay nada más cierto y honroso que la verdad impida que una mentira muera de vieja.